miércoles, 21 de octubre de 2015

Capítulo 14: Amar, comer y rabiar








Capítulo 14
Amar, comer y rabiar



Ver a Rafaela y Valentín caminando por la playa era un espectáculo que el medio de comunicación que los cubría, no quería perderse. Se les notaba sonrientes. Se miraban y el sol parecía perder protagonismo ante aquellas miradas. Jugaban en la arena como dos enamorados y de verdad se sentían así: enamorados.
Ella aún estaba recelosa en cuanto a mostrar abiertamente sus sentimientos y Valentín no podía ocultar lo que Rafaela le provocaba. Era extraño volver a sentir aquello. Más extraño aún dejar de pensar en Antonia, al punto de culparse por olvidar su ausencia. Ella ya no lo torturaba, porque quien se había adueñado de sus pensamientos era Rafaela. Rafaela y su espontaneidad. Rafaela y su sonrisa. Rafaela y las noches en que de forma arrolladora le hacía el amor y caía rendida en su pecho para descansar. Rafaela y su cabello al viento mientras tiraba de su mano para seguir caminando por la orilla.
―Estaba pensando que podríamos dejar para después lo del supermercado y meternos al agua ―propuso la mujer con ambas manos en las caderas y mirando al mar que con estruendos se hacía notar.
―Se nos hará tarde y aún quedan algunos kilómetros por recorrer ―respondió él, jadeante por la carrera que habían hecho.
―Si vamos ahora, no podremos disfrutar del agua… ―reclamó y se quitó la solera para dejar notar su cuerpo cubierto con un diminuto bikini amarillo. Ella sonrió, él no tanto―. No te cuesta nada. Será solo un ratito.
A regañadientes, Valentín accedió a la petición. La vio zambullirse en el agua y luego agitar una de sus manos para invitarlo a seguirla.
Una vez que estuvo cerca de Rafa, la apegó a su cuerpo. El roce hizo que contuvieran el aliento y Valentín fijó su vista en las gotas de agua que se escondían en el escote de la mujer. Ella miró lo que tenía a Valentín idiotizado, al notar lo que era, se ruborizó.
Las mejillas avergonzadas de Rafaela encendieron aún más al escritor, quien con sus manos recorrió el contorno de la delicada cintura de la mujer. Detuvo el recorrido en cuanto llegó a sus caderas y luego de echar un vistazo a su alrededor, siguió bajando. El nivel del agua en donde se encontraban, les permitía cierta intimidad… y él la aprovecharía.
―Después de todo es una buena idea dejar las compras para después. ―Valiéndose de que sus manos estaban ocultas bajo el agua, le acarició de forma insolente los glúteos.
―Te lo dije… ―contestó ella, temblando mientras jugaba con algunos vellos rebeldes que se asomaban en el torso de Valentín.
Él la miraba a los ojos, mientras exploraba lo que la tanga ocultaba e intentando descifrar sus reacciones ante aquel contacto. Ella solo logró arañarle la espalda antes de cerrar los ojos.
―Shh… Tranquila, me harás daño.
Era tan difícil quedarse quieta mientras las manos de él recorrían su intimidad. Rafaela separó sutilmente las piernas y él dejó que el deseo lo dominara. La arrastró hasta lo más profundo y allí, en medio del mar le demostró que él también perdía la tranquilidad si la tenía enfrente. Las manos de él la mantenían suspendida en el agua mientras le robaba besos. Con uno de sus brazos le rodeó la cintura para levantarla y así ella pudiera enredar sus piernas alrededor de su cadera. Con la mano que le quedó libre, liberó su erección para luego apartar la tanga que hacía de barrera. Entró sin medir fuerza y poco a poco el ritmo de las olas se mezcló con el que ambos creaban al unir sus cuerpos. Rebalsados de deseo continuaron su danza, mientras que la adrenalina se volvía protagonista.
¿Qué estarían fotografiando? ¿Desde la orilla se podía ver lo que ambos estaban haciendo en el mar?
Rafaela respiraba con dificultad mientras seguía meneando sus caderas. Uno de los últimos rayos de sol le impedía abrir los ojos, y la verdad, es que no quería hacerlo. Solo quería sentirlo. Sentir esas manos que la recorrían. Sentir los labios de él que con lentitud le acariciaban los propios. Sentir… Solo quería sentir y no pensar. Estaba pasando días maravillosos y no quería que se acabaran. ¿Él seguiría siendo igual una vez que volvieran a Chile? ¿Él se quedaría en México o la seguiría? No. Eran muchas preguntas cuyas respuestas podían doler. No pensaría… sentiría y explotaría en sus brazos como lo venía haciendo.
Un gruñido contenido murió en la garganta de Valentín y ella inclinó la cabeza porque la cima que él había alcanzado, Rafaela estaba a punto de descubrirla. Cerró los ojos, aún más fuerte, y su corazón, latiendo a toda velocidad, resonó en su boca cuando intentó pronunciar el nombre del hombre que ahora apoyaba su frente en uno de sus hombros.
Se tomaron unos segundos para tranquilizarse. En sus cuerpos aún quedaban restos de la electricidad que sentían estando juntos. Emociones, muchas, hacían eco en cada poro de la piel de Valentín y Rafaela.
En silencio, Rafaela bajó las piernas que había mantenido enredadas en las caderas de Valentín. Y así, sin decir nada, se volteó para mirar cómo el sol se escondía en el mar. Él la rodeó con sus brazos y tan solo sus respiraciones, aún agitadas, y las olas reventando en la orilla, acompañaron ese momento.
―Creo que ya nos quedamos sin cena también. ―Al escucharla, él sonrió.
―Fue tu idea…

Habían estado todo el día intentando levantarse de la cama para poder ir por algo de comida. Entre la siesta, los mimos y un poco de risas… siempre hubo algo mejor que comer. Y ahora, se habían detenido en medio del mar para darle rienda suelta al deseo. Porque se deseaban, de eso no había duda.
Salieron del agua con miradas cómplices y tomados de la mano. Irían hasta el pueblo que quedaba a tan solo unos minutos e intentarían encontrar algún lugar donde comer.
Estaban empapados y la arena se les pegaba al cuerpo. Aun así, continuaron caminando.
―Podríamos arrendar un auto, esto de caminar nunca se me ha dado bien ―dijo Rafaela, que iba sobre unas sandalias altas.
Él se detuvo un momento para mirarla, vio su calzado y largó una carcajada.
―¡Solo a ti se te ocurre venir así!
En cuanto Valentín lo dijo, Rafaela rememoró aquel primer sueño. Cerró los ojos y sonrió para que él no notara lo raro que se sentía escuchar aquello en la realidad.
―Si hubiese sabido que iba a caminar tanto, no habría usado estas sandalias. ―Recitó modificando partes del diálogo que había usado en aquel sueño.
Él, como ya se esperaba, la tomó y la subió a su hombro para avanzar más rápido. Ella no sabía si reír o llorar. Era tan extraño todo. Aun así, aprovechó la vista que le otorgaba esa posición. ¡Qué buen trasero tenía Valentín!
Encontraron un pequeño lugar en el que ofrecían cena. Se sentaron uno frente al otro. Él miraba cómo Rafaela frotaba sus manos por el frío.
―¿Quieres un café? ―ofreció.
―Sí, me muero de frío. ―Rafaela asintió mientras hojeaba la carta―. Yo voy a comer una ensalada. ¿Tú?
Valentín la miró unos segundos. Se había perdido en los gestos que Rafaela hacía para elegir su pedido.
―Lo mismo que tú…
―¿Seguro? Porque mi ensalada tiene camarón. Después no digas que yo fui la culpable…
―Olvídalo. Camarón no.
―¿Qué ocurre, Valentín? Te veo desconcentrado… ―Lo miró pícara mientras que con uno de sus pies comenzó a acariciarle una de las piernas.
―Basta… ―reprendió entre dientes.
El camarero llegó justo para tomar sus pedidos e interrumpir el juego que Rafa había iniciado. Cuando quedaron solos, él preguntó:
―Bueno, Rafa... quiero conocer más de ti. ¿Estás en pareja? ¿Sales con alguien? ¿Cuántas parejas has tenido?
Rafaela apoyó con delicadeza sus codos sobre la endeble y rústica mesa y luego, con la serenidad que poco la caracterizaba, contestó:
―No. No. Y eso no es de tu incumbencia. No sé qué tipo de hombre seas tú, pero yo no estaría aquí contigo ni tampoco hubiese hecho todo lo que hice si otro hombre me hiciera compañía. Claro que no todos nos movemos bajo los mismos parámetros. ―Lo miró muy seria, casi despectivamente y luego continuó―. En cuanto a contarte cuántas parejas he tenido... No tengo memoria. Al igual que los caballeros, yo soy una dama. ¿Te disparó la pregunta el hecho de comprobar que de virgen yo no tenía nada? ―Levantó una de sus cejas y con mirada inquisidora esperó a una respuesta.
Valentín bajó la vista, movió la cabeza y sonrió. Definitivamente esa mujer tenía respuestas para todo. Era una ternurita cuando quería, pero siempre estaba alerta... Y le encantaba. Como no respondió, ella volvió a hablar.
―Ya veo que además de desconcentrado, estás mudo. ¿Qué hay de ti? ¿Tienes pareja?
―Cuando dije que quería estar contigo, lo dije de verdad. ―El lado romántico de Rafaela pudo haberla hecho suspirar corazones, pero estaba lo suficientemente concentrada en saber más de la vida de Valentín como para permitírselo.
―¿Y tu pasado? ¿Cuál es tu pasado, Valentín? ―Las preguntas iban dirigidas de tal forma que no daban espacio para alguna escapatoria. Aunque la punzada en el pecho aún le recordara al hombre que ese era algo sensible y no quisiera hablar de ello, sus gestos ya le habían demostrado a Rafaela que ese tema no era grato―. Si no quieres compartirlo... no pasa nada... Después de todo yo tampoco...

―No es un tema fácil ―la interrumpió y apartó la mirada―. Es algo que aún no resuelvo del todo.
El pedido llegó rápido y se concentraron en sus platos. ¿Qué cosas podía preguntarle sin que él desviara la conversación? Conocía poco de él... y entonces decidió preguntar algo referido a su carrera.
―¿Cómo comenzaste a escribir? ―pregunto mirándolo a los ojos a la vez que se llevaba un poco de ensalada a la boca. Él sonrió y siguió el recorrido del tenedor. Como otra vez el ceño de Valentín se vio afectado ante una de sus preguntas, Rafaela concluyó―. Ya veo, otro tema difícil. ¿De qué te puedo preguntar sin que por tu cabeza se disparen un montón de contradicciones?
―Háblame de ti. Yo no tengo nada bueno para contar.
―¿Nada bueno? ¡Eres un famoso que se roba todas las miradas y gana millonadas! Lo que es yo, soy una cesante que por necesidad debí aceptar un trato del que me avergüenzo. ―Tanta sinceridad sin filtro a Rafa le pasaba la cuenta. Y este era uno de esos momentos. Valentín se puso serio y contestó.
―El dinero no lo es todo... Necesario, sí... mucho. Pero al fin y al cabo no lo es todo. ―Rafa no podía entender que esas palabras salieran del arrogante hombre que había conocido. ¿De verdad había creado un personaje frío para mantenerse en las altas esferas de la farándula mexicana? ¡Era buen actor! Ella creía igual. El dinero ayudaba pero no lo era todo. Sin embargo, quiso saber la reacción de él, la cual le sorprendió―. Y en cuanto a que te avergüenzas del trato que ambos pactamos. Me apena. Pensé que eso ya lo habíamos dejado claro. Lo haríamos real.
―Real o no, lo hicimos cuando nos odiábamos. Engañamos a la gente aunque en el camino las cosas cambiaran. ―Lo que decía coincidía con lo que pensaba. Había sido errado engañar a tanta gente con una relación que desde el principio no existía. Recordó cómo empezó todo y sin querer se le escapó una risa. Sonido que llegó para cortar la tensión que se había formado en el ambiente.
―¿Qué es lo gracioso? ―Él degustó parte del simple plato que había pedido. Carente de camarones y abundante en verduras.
―Lo pasaba muy bien. Era divertido enfrentarte.
―No, para mí no lo era. Estuviste a punto de matarme por llevar a cabo una de tus venganzas. Que fue infantil. Muy infantil. ―Puso énfasis en la última frase mientras se apoyaba sobre la mesa con uno de sus brazos.
―¿Has hablado con Ciro? ―preguntó ella dando por terminada aquella conversación.
―No. Como no tenía señal apagué el celular.
―Acá debe haber. Encenderé el mío.
Valentín hizo lo mismo. Esperó a que su celular se conectara y, entonces, los sonidos de ambos móviles retumbaron en el pequeño local de comida.
Cada uno se entretuvo en contestar mensajes. Rafaela pasó de largo los emails que le había enviado su antiguo jefe. Envió un escueto mensaje de saludo a sus amigas por WhatsApp y revisó los que Ciro le había enviado. Era un compilado completo de las revistas, fotografías y videos que habían filmado desde la Cadena Televisiva que había comprado la famosa "reconciliación".
―¡Esto es horrible! ―exclamó ahogando un grito―. No es posible...
Valentín también tenía en su bandeja de entrada la evidencia de todo lo que estaban viviendo, pero no entendía la molestia de Rafaela. Es más, en una foto en especial era ella quien había osado a robarle un beso.
―¿Qué ocurre?
―Los voy a demandar. Esto no estaba en el contrato. ―Giró el celular y le mostró específicamente la foto en que ella había sido la causante del beso.
―¡No reclames que ese me lo diste tú!
―¿No podían haber sacado de otro ángulo? ¡Me veo gorda, terriblemente gorda! ―De un tiempo a esta parte se había puesto vanidosa. Más al lado de ese hombre que mirara para donde mirara tenía una mujer dispuesta a... todo.
―No seas exagerada. Te ves... bien.
―¿Bien? ¿Solo bien? No es justo... Ya no como más... Mañana los diarios dirán hasta qué comí. ―Fue directamente hasta la página en donde ellos salían besándose y el subtítulo decía: "La dura pelea con los kilos que deberá enfrentar Rafaela, la nueva conquista de Valentín".
Abrió los ojos muy grandes. Valentín ya había visto esa frase pero no había querido decir nada. La prensa rosa era muy cruel con las mujeres del espectáculo. Debió haberle advertido.
―No les hagas caso, Rafa... ―intentó que se calmara.
―¡Ciro me va a escuchar! Además se supone que no hace falta que te pongan a ti para saber quién soy. Ya con el tema de los kilos me mataron, ahora además debo llevarte de apellido.
Ella exageraba con sus manos y él intentaba contener la carcajada. Después de todo, a ella también la invadía la vanidad.
Rafaela se levantó de la mesa, descolgó el bolso que había dejado en el respaldo del asiento y salió. ¡Y no pagó la cuenta! Que lo hiciera Valentín por incitarla a comer.
Con la paciencia que no sabía que tenía, el escritor pagó la cuenta y la siguió. Cuando abrió la puerta la encontró agitando su celular para obtener un poco de señal.
―Esta porquería no funciona. ¡No funciona! ―Rafa estaba demasiado molesta como para calmarse. Que ni se le ocurriera a Valentín pronunciar la palabra "tranquila" porque le tiraba el teléfono en medio de sus piernas. ¡Aunque después se arrepintiera!
―Tran...―Valentín no pudo terminar la frase. Ella se giró y le tiró una de sus sandalias.
―No me pidas que me calme. A ti no te han dicho públicamente que duraste menos de diez segundos.
―Eso dolió. ―Hablaba del golpe que le había proporcionado con la sandalia y también el que le volviera a recordar aquel "mal momento". ¿No podía olvidarse de aquello después de todo lo que le había demostrado que era capaz de hacer? ¡Mujeres! Todas, absolutamente todas tienen una memoria increíble para traer en los momentos de crisis esos sucesos en los que alguna vez fallaron.
―Es un golpe al ego de una mujer. ¡Eso es muy feo! ¡Qué les interesa si peso diez o veinte kilos más! Ciro debió velar porque cuidaran de mí.
Mientras ella golpeaba contra su mano el aparato, Valentín se sentó sobre una gran piedra, con paciencia.
―Vende... Que estés más delgada a nadie le importa, pero si subes dos gramos eso a la gente le gusta saberlo ―explicó mientras se miraba las uñas.
―¡Qué mal concepto tienen de las personas! ¿De verdad creen a la gente tan ignorante como para que solo quieran comprar sobre temas así de superficiales? Bien, ahora le digo a Ciro que a cambio de nada les digo a los de la revista que el soltero más codiciado de México no rinde bien en la primera cita. Porque claro, ¡eso vende!
La paciencia se evaporó y Valentín se levantó para enfrentarla.
―¡Ni se te ocurra!
―¿Por qué te alteras, Valento? ¡Total, el tema vende! Hay que quedarse tranquilo, ¿no? ―Rafaela mantuvo la voz serena pero la furia le quemaba la piel―. ¡No me vengas con excusas baratas, Valentín! Se me faltó el respeto. Eso no era lo acordado. ¡Y este puto teléfono no funciona! ―Listo. No aguantó más y lo estrelló en el suelo. Se calzó nuevamente la sandalia que había usado como proyectil y caminó sin mirar atrás.
No supo cómo pero encontró el camino de regreso a casa. ¡Ni siquiera un vehículo habían dispuesto para que se trasladaran! ¿Era parte del trato para que se les viera caminando juntos? Bien, ella rompía el trato. A la mañana siguiente se volvería como fuese al aeropuerto. Que los medios de comunicación ahora dijeran que se iba porque la encontraron gorda. ¡Le daba igual! Mientras pasó por la playa y vio cámaras grabándola, se tentó en desnudarse al completo para ver si ahora cambiaban el titular por "Rafaela, la nueva conquista de Valentín ahora utiliza las playas de Acapulco como playas nudistas". Pero al final no lo hizo porque se acordó que tenía un par de estrías que podían salir y no le beneficiaban en nada.

Cuando llegó a la cabaña, la noche ya la había encontrado. Como Valentín no la siguió, ella se encerró en la única habitación que tenía cama. Le daba lo mismo dónde él dormiría, ella ese día quería dormir sola. Preparó las maletas, apagó la luz y se olvidó del mundo.

Valentín la hubiese seguido, sino fuera porque justo en ese momento recibió un mensaje de la enfermera que cuidaba a su amigo... Si es que podía seguir llamándolo así. Para no perder la señal, no se movió del lugar hasta que pudo contestar. El correo informaba que su amigo había tenido un salto en su memoria. Le había comenzado a hablar de la relación que Antonia había sostenido con el escritor y de lo bien que se veían. Le contó a la enfermera a modo de secreto, que Valentín tenía intenciones de pedir su mano.
«Llego en cuatro días. Mantenme informado. No tengo mucha señal pero intentaré venir a diario al pueblo para saber de novedades. Otra cosa... ¿Ha llamado mi hermana? No le cuentes nada de lo que te diga Orlando hasta que yo llegue. ¿Es solo eso lo que ha recordado? Llama al doctor y cuéntale que ha recuperado información. Pregúntale si es posible que recuerde algo más... Gracias.»
La respuesta fue inmediata.
«Su hermana no ha llamado. Le hablé ayer al médico en cuanto el señor comenzó a relatarme lo contento que estaba porque usted decidiera casarse. Según lo dicho por el doctor, deberán hacerle estudios nuevamente pero es bastante difícil que recupere la memoria completamente. Lo mantendré informado.»

Agitó su cabeza y se quedó pensando. ¿Cómo enfrentaría a Orlando cuando recordara que por culpa de él Antonia había muerto y que traicionó a su amigo, quitándosela el mismo día en que debía llevarla al altar para casarse con Valentín? Era una realidad difícil de sobrellevar, y dolorosa. Muy dolorosa. Orlando había quedado inválido, perdido la memoria y sido mantenido durante años por el hombre al que traicionó. Su hermana no estaba al tanto de todo lo que había sucedido. Nunca dio detalles de la carta que encontró una vez que volvió a su departamento. Era su mejor amigo, ya bastante se había desilusionado él y estaba seguro que si Karina se hubiese enterado de la verdad, no habría aceptado que Valentín gastara lo que no tenía por ayudar al traidor.
Los recuerdos le trajeron angustia. Un peso enorme volvía a su espalda y la aflicción volvía a adueñarse de él. Fueron tiempos muy duros y solitarios. Fueron días sin dormir aferrado a una botella. Fueron meses donde tuvo que asimilar la muerte y deslealtad del amor de su vida, la ingratitud de su mejor amigo y el deplorable estado en el que éste había quedado. Orlando estaba solo, la única familia para él era Valentín... y Valentín vivió su duelo, su pena y su rabia totalmente aislado, en silencio. Allí fue como entre sueños la psicóloga llegó para ser sus oídos. La sentía como a una amiga de esas que no quieres que te reprochen nada. En la vida tenemos muchos amigos, los que son nuestra conciencia y otros, como la psicóloga imaginaria de Valentín, que cumplen la función de solo oír. Le contó su vida entera como si se tratara de personas ajenas a su entorno. Le habló sobre un hombre que sufría y ella escuchó, solo escuchó sin emitir comentario.
Rió sin ganas cuando recordó el sueño que había tenido en donde su inconsciente le había puesto la cara de Rafaela. ¡Era una ironía! Esa mujer no dejaba de hablar, imposible que fuera su amiga muda de los sueños.
Caminó a paso rápido. Se estaba oscureciendo y no quería que a Rafaela le pasara nada. No la encontró. Cuando llegó a la cabaña, las luces estaban apagadas y la puerta de la habitación, trabada.
Golpeó pero nadie le contestó. Salió del inmueble para rodear la fachada y así llegar hasta la ventana del cuarto. Ahí estaba ella, descansando su cabeza en una almohada y arropada hasta el cuello. La dejaría descansar. Él tampoco estaba para fiesta de reconciliación esa noche. ¿Qué hizo? Bueno, Rafaela finalmente se salió con la suya y él terminó pasando una noche maldiciendo en el sillón.



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