Luego de meses de espera, ya está publicada la historia que surgió en este blog.
Espero la disfruten.
SINOPSIS
Marlen tenía una vida perfecta junto a John, pero lamentablemente el destino vino para destruir todo aquello que creía seguro. El mundo siguió girando, había que seguir viviendo y levantarse no era una opción, sino una obligación.
Como madre se aferró a sus hijos y lo hizo muy bien, sin embargo, jamás pensó que volvería a reconstruirse como mujer.
Sin saberlo, o sin querer creerlo, la oportunidad de volver a sentir estaba más cerca de lo que imaginaba.
―Te quiero ―dije aferrada a él. No
lograba comprender esa necesidad que me llevó a decirlo sin pensar. A no
filtrar, a por primera vez decirle esa frase que cada cierto tiempo se me
quedaba atrapada en la garganta. Pero ese día la dejé escapar porque no lo
vería en cinco años más, y se lo merecía. Se merecía mi cariño por todo lo que
me ha apoyado, acompañado.
Abrazarlo en el aeropuerto me trajo
de pronto la imagen del último abrazo que le di en ese mismo lugar a John.
Debí soltar a Peter y alejarme sin
decir nada más. John me rondaba los recuerdos, pero cuando le dije a Peter que
lo quería, John pareció alejarse unos minutos de mí. Éramos por primera vez
Peter y yo. Fue un instante, un pequeño momento de amnesia y anestesia. Olvidar
el dolor por John para dejar entrar una tristeza distinta, y esa tristeza no
era por mi marido, sino por aquel hombre al cual me aferraba.
Pude escuchar el reclamo silencioso
que me dirigió con su mirada cuando me alejé. Caminé con la vista fija en mis
niños que iban unos pasos más adelante que mí junto a Sara, entonces lo sentí.
Sentí la mirada de Peter. Me giré lentamente y simplemente pude sonreír.
Hubiese querido volver tras mis pasos y abrazarle una vez más. Aún no me iba y
ya lo extrañaba por alguna loca razón que no entendía.
―Muy buenas tardes ―miré a la
policía que me indicaba la fila que debía hacer. Iba a contestar cuando escuché
una voz masculina a mis espaldas.
―¡Marlen! ―Enmudecí y me giré al
instante. Vi a Peter extendiendo sus brazos a unos pasos de mí.
Era un loco. Corrí con celeridad para
corresponderle.
No lograba entender el porqué de su
llamado y esa muda necesidad de abrazarnos nuevamente.
―Yo también te quiero ―dijo y a mí se
me detuvo el mundo. Otra vez. Llevó con lentitud sus manos a mis mejillas y me
dio un lento beso en mi comisura izquierda. Fue un beso extraño y
extremadamente largo. Pero no me alejé, no levanté murallas, dejé que lo
hiciera y sin que me soltara aún, ya comenzaba a añorar su contacto.
Fue él quien me soltó por completo y
pronunció un triste «Lo siento». Me
quedé clavada en el piso frente a él. Sentí el temblor de unas lágrimas que
advertían una caída libre, sin embargo él con dulzura las retuvo para luego
besar mi frente y dejarme partir.
Sara no me dirigió la palabra hasta
que estuvimos sentadas en el avión, y los niños dormían plácidamente.
―¿Estás bien? ―La miré y no supe qué
responder. Tenía mi cabeza repleta de preguntas, y las respuestas se habían quedado
abajo del avión.
Me encogí de hombros y volteé mi
cabeza hacia la ventana. Tenía tan fatigada la mente que ni siquiera me acordé
del miedo a volar. Me perdí en las nubes que dibujaban en el cielo un colchón
esponjoso y tuve la extraña necesidad de dejarme caer en él. Estaba en el
cielo, donde se suponía estaba John, sin embargo quería bajar a la tierra y
volver a encontrarme con el hombre que había dejado atrás. ¿Qué me estaba
pasando? ¿En qué minuto comencé a necesitarlo tanto como para no concebir estar
tan lejos de él?
Aterrizamos en Chile y el descenso
me devolvió el temor. Me sostuve de la mano delicada de Sara y ella solo
sonrió.
―Esto es lo peor ―musite entre
dientes.
Retiramos las maletas y una persona
de la agencia nos esperaba para llevarnos a un departamento que ocuparíamos
hasta que la casa que John compró estuviera totalmente habilitada.
Llegué tan cansada y los niños
estaban inquietos. Nos pasamos toda la noche intentando hacerlos dormir, pero
no lo conseguimos hasta las primeras luces del alba.
―Ve a dormir, Sara. Ha sido todo tan
agotador, yo me quedo pendiente de los niños por si despiertan ―dije con café
en mano.
Se resistió un poco pero luego
aceptó irse a descansar. Yo, sin embargo no podía dormir a pesar del cansancio.
Me senté en un pequeño sillón que había al lado de una mesita de luz.
Durante el viaje comencé a analizar
la razón por la cual me inquietaba que Peter se quedara tan lejos. Se suponía
que dejarlo atrás también era una forma de volver a empezar. Por alguna razón comencé
a depender de su compañía, pero no lo descubrí hasta verme lejos de él.
Sin embargo entendí que el motivo
radicaba en todo el tiempo que pasábamos juntos en Boston. Se convirtió en
familia y a la familia se le extraña. Sí, eso era.
Me di vueltas y vueltas en el
sillón, sin embargo no podía apartar de mis pensamientos a Peter. Y eso me
enojaba, me enojaba en lo más profundo porque él no debía tomar por asalto el
espacio que John ocupaba. No podía adueñarse de mis pensamientos que deberían
ser dirigidos solo a John.
Me levanté ofuscada y busqué sosiego
en la paz de mis hijos durmiendo. Entonces allí también me invadió Peter,
porque comencé a recordar el cariño con el cual los trataba. Las veces que les
enseñó a dar sus primeros pasos. Y volví a enojarme, esta vez no con él sino
conmigo, porque le dejaba irrumpir con vehemencia en esta nueva vida.
Me di una ducha rápida y después,
busqué refugio ordenando las cosas más importantes de John que guardé en mi
maleta. Sí, allí me sentía segura, protegida y colmada de él. Suspiré evocando
su presencia. Seguía doliendo, pero podía sobrevivir. Ahora sí me daba cuenta
que el mundo seguía girando, más lento, pero girando para mí.
Con la pesadez en los ojos por no
haber dormido, caminé hasta mi habitación una vez que el rincón que había
elegido de forma exclusiva para John estuvo ordenado. Y entonces, por fin, pude
descansar.
Desperté cuando ya eran más de las
tres de la tarde. Los niños ya habían comido y Sara jugaba con ellos en el
diminuto living.
―Buenas tardes ―saludé robando una
manzana del refrigerador. Gracias a Dios los de la agencia se habían encargado
de todo.
―Hola, ¿cómo dormiste? ―preguntó
Sara con aire preocupado.
―Descansé, que es lo bueno. ―Sonreí
sin ganas. Algo en mi estómago se había instalado y no me dejaba ser cien por
ciento feliz en este cambio. ¿Angustia talvez?
Sí, era probable que así fuera. En
dos días debíamos presentarnos en el local que ocuparíamos para impartir clases
de Yoga. Por las fotos que nos dieron, era bastante amplio. Por la dirección
que nos entregaron, quedaba demasiado cerca.
―¿Llamaste a Peter para decir que ya
llegamos? ―Y la pregunta me causó una punzada que me recorrió el cuerpo hasta
que encontró mi alma.
―No ―me sinceré sin mirarle
siquiera.
―Debe estar preocupado…
―Puede ―respondí escuetamente―. De
todas formas sabe que estamos recién instaladas, no creo que esté esperando una
llamada de nosotras todavía.
Sara solo me miró unos segundos para
después desaparecer a su habitación.
―Pero si quieres llámalo tú ―sugerí
alzando la voz. No respondió.
Me acerqué a los niños y jugué con
ellos. Les hablé con cariño, les aseguré que seríamos felices y aunque no
entendieran nada, les aseveré que solo nos necesitábamos nosotros para ser
feliz. Lo que no sabría decirles, es si eso último era una excusa o una
afirmación.
―Papapa… ―balbuceó John y yo salté
de alegría.
―¡Síiii! ¡Sara! ―grité para que se
acercara―. Sara, ven. Ha dicho papá, John ha dicho papá.
Corrí en busca de una foto de mi marido.
Sara no llegó, pero yo pude enseñarles a mis niños la foto y repetir una y otra
vez:
―Acá está papá. Pa – pá.
De pronto, con teléfono en mano,
Sara llegó a la sala y preguntó qué ocurría.
―Ha dicho papá, ¿puedes creer? ―dije
sonriendo y detuve la mirada en el teléfono. ―¿Con… con quién hablabas?
―pregunté apuntando lo que tenía entre las manos.
―Con Peter ―respondió sentándose en
posición india frente a los niños y sonriéndoles.
―Ah… ―expresé intentando ocultar el
dejo de decepción. ¿Por qué lo llamó ella y no yo? Bueno, mejor…
―Dijo que esperaba tu llamado. Te lo
dije.
La miré y tomé en brazos a Mark.
―Pero ya lo has llamado tú, no es
necesario que lo llame. ―Le esquivé la mirada de reproche que me entregó como
respuesta y concentré mis caricias en mi niño.
―¿Qué ocurre? ¿Por qué de pronto le
rehúyes? ―No sabía qué contestar. Ni yo tenía respuesta a esa pregunta.
―Estoy agotada y seguro querrá
hablar horas, ya sabes cómo es. Lo voy a llamar en un rato. ―Seguía sin
mirarla, estaba segura que no me había creído.
―Es mentira, no lo llamé ―confesó a
la vez que yo solté un suspiro de alivio. ¿Por qué?―. Era la directora de la
academia para saber cómo habíamos llegado. ―Comenzó a reír sin sentido―. Te
hubieses visto la cara cuando te dije que llamé a Peter.
―Son cosas tuyas.
Fue todo cuanto dije.
Llegó la noche y… debí hacer lo
inevitable. Peter se merecía un llamado mío. Era mi amigo y se había portado
muy bien, se lo debía.
Esperé a que todos durmieran para
coger el teléfono. Sonó dos veces y entonces él contestó.
PETER
La vi alejarse y no comprendí cómo
tanto vació creció en mi interior. Volví a mi casa sumido en una sensación
nueva y extraña. Sí, ella y los niños eran extremadamente importantes en mi
vida, pero ¿en qué minuto se volvieron tan necesarios como para sentirme el
hombre más abandonado de la tierra?
Esa noche dormí pegado a la almohada
y pegado también al recuerdo de ese «te quiero», aferrado a la imagen de Marlen
temblando cuando la llamé para darle un último beso, uno tímido pero
significativo. Uno que me pareció eterno y a la vez mortal. Le vibraban las
lágrimas en las pupilas y yo solo tuve la necesidad de secárselas, de que no
las derramara, no por mí.
Me odié porque me parecía una
estupidez extrañarla tanto. Yo no debía extrañarla así, yo no debía necesitarla
como si fuera mi aire. Ella era la mujer de mi amigo, yo solo era el amigo que
admiraba ese amor y que decidió cuidar de ella como amiga, sin embargo la
estaba cuidando y añorando como si fuera mi otra mitad, como si fuera una
extensión de mí.
Golpeé con fuerzas la almohada con
la cabeza, para quitarme de la cabeza sus ojos tristes que clamaban que la
siguiera, porque yo debí haberla seguido hasta el fin del mundo.
Me levanté al sentir que la sangre
me bullía y no me dejaba el cuerpo quieto. Se me asfixiaba el alma con la
necesidad de saber de ella. Debían estar recién en la mitad de su vuelo, sin
embargo yo ya quería traerla de regreso.
Abrí el grifo y serví agua. La bebí
rápido, para ahogar la intranquilidad que me recorría las venas. No lo
conseguí. Me senté en la mesa de la cocina y abrí el ordenador. Tenía trabajo
pendiente y necesitaba quemar mis neuronas en otra cosa y no en el sentimiento
absurdo que se me estaba gestando en el lado izquierdo de mi pecho.
Las horas parecieron avanzar. Sin
embargo al consultar la hora, ni siquiera habían transcurrido cuarenta minutos.
Cerré todo y volví al dormitorio,
debía dormir, descansar.
A la mañana siguiente, decidí salir
a correr como hace mucho tiempo no hacía. Lo hice. Corrí sin rumbo, o por lo
menos eso creí. Y entonces, mis pies traicioneros me llevaron hasta la casa
vacía que antes fue el refugio de una amistad.
Pateé el letrero que decía que
estaba en venta, y me acuclillé tomándome la cabeza.
Cinco años, cinco años sin ellos. No
podía doler tanto. No podía hacerme falta. No debía sentir lo que estaba
sintiendo. No así, no ahora, no con ella.
Volví a casa peor de lo que salí, me
di una ducha y esperé enfriarme con el agua los pensamientos. Era su vida, no
podía inmiscuirme en su vida, en su decisión. No podía rogarle que volviera, no
después de todo lo que le costó ponerse de pie. No podía siquiera aspirar a que
me mirara como la estaba mirando yo, porque ella era la esposa de mi amigo, de
mi mejor amigo ¡maldita sea!
Aun así, la busqué entre las
llamadas perdidas de mi celular. Ni siquiera allí la podía encontrar. Y no la
llamaría, por John que no la llamaría, no la buscaría. Porque en mi loca forma
de razonar últimamente, estaba seguro que si escuchaba su voz otra vez después
de ese «te quiero», sería para rogarle que volviera. No le pedía nada más que
eso, que me dejara seguir acompañándola. Que me dejara seguir siendo la persona
a la cual ella acudía cuando necesitaba un hombro para llorar, una mano donde
sostenerse. Desde lejos, pero muy cerquita.
No pasaron muchas horas hasta que el
celular me sacó del aturdimiento. Era ella. Marlen.
Tomé el celular con manos
temblorosas, no sabía si contestar o no. Y la verdad es que necesitaba
escucharla, saber que habían llegado bien. Escucharla, solo escucharla para
volver a sentirla cerca.
―Hola ―murmuraron al otro lado del
auricular, y entonces, me bailó el alma y me dolió la conciencia.
―Hola. ―Conseguí decir luego de unos
segundos.
Y entonces, no existió nada más. Se
me borró el pasado, se me borró el miedo y apareció una sonrisa de dudosa
procedencia. De esas culpables, de esas mismas que lucía Marlen cuando reía y
pensaba en John. Así mismo, así me sentía yo.
Desde lejos la observé. Estaba en el
ante jardín de la casa mientras el camión de mudanza daba las órdenes para
comenzar todo.
Había llegado hace una hora y la
encontré sellando las últimas cajas. Al parecer ya no había vuelta atrás, y con
solo recordar lo que sentí el día que me lo dijo, se me estremeció el alma sin
una explicación lógica.
Dije que la apoyaría y es por eso que
estaba allí, pero una pequeña parte de mí se removía inquieta hacía cuatro
meses, cuando tomó la decisión.
Cerré los ojos mientras le daba una
calada a mi cigarrillo y volví a aquel día.
―Ya lo he pensado ―me dijo
acomodando con delicadeza uno de sus mechones por detrás de la oreja derecha. Escondió
la mirada y supe que ya había encontrado la forma de volver a empezar.
¿Qué iba a hacer? Con la nostalgia
anticipada por lo que significaba que ni ella ni los niños estuvieran en mi día
a día, me acerqué despacio para aferrar una de mis manos a la mano izquierda
que descansaba a un costado de su taza humeante, la cual contenía uno de los
cafés más dolorosos que hemos compartido. Uno de los tantos después de que John
se fue.
―Fui a verlo ―pronunció al descubrir
mi mirada perdida en esa casa que alojaba tantos momentos.
―Yo también he ido un par de veces.
Extraño esas conversaciones que teníamos, en donde nos proponíamos cambiar el
mundo. ―Sonreí a la vez que le confesé que seguía necesitándolo, lo que no le
dije fue que al irse ella también, la melancolía volvería para asecharme con
mayor violencia.
―Te voy a extrañar, Peter ―susurró a
la vez que con su otra mano atrapó por completo la mía, esa que la retenía pero
que a la vez le infundía fuerzas para que se fuera.
La miré y sonreí. No dije nada, nada
de lo que dijera lograría hacerla cambiar de opinión y si eso llegase a ocurrir,
no me lo perdonaría nunca. A Marlen le había costado levantarse, más aún
enfrentarse a su temor de volar y de empezar una vida sin John. No, no podía
ser egoísta y gritarle que por alguna razón que no terminaba de comprender, la
necesitaba allí conmigo. Que ella me mantenía en pie porque sabía que me
necesitaba para ella también estarlo. Nos necesitábamos, la necesitaría.
―Peter, ¿Me ayudas a bajar unas
cajas de la habitación de los niños? ―Abrí los ojos en cuanto la escuché, me
giré y la vi sonriendo. Ella estaba bien, pocas veces la veía llorar y eso por
lo menos me tranquilizaba.
―Claro ―respondí al instante que
aplasté la colilla de cigarro y entré a la casa.
La seguí hasta la habitación en la
que Sara terminaba de vestir a los pequeños. Les acaricié la cabeza y mientras
Marlen le indicaba a niñera que ya partían al aeropuerto, jugué con ellos. Los
iba a extrañar, en eso no había dudas.
Jamás me he querido comprometer con
nadie porque no me gusta iniciar lazos que de un momento a otro se pueden
romper. Sin embargo, con Marlen, John y los niños, estreché una relación que me
hacía sentir dependiente de su compañía. Mi vida y mi mundo prácticamente
giraban en torno a ellos. No tenía ni la menor idea de lo que sería de mí
cuando cruzaran esa puerta y la cerraran para siempre.
Recorrí cinco veces el trayecto
desde la habitación de los niños hasta el camión de mudanza que llevaría todo
hasta un conteiner en el cual se llevaban más que objetos.
Los niños ya estaban sentados en sus
sillitas de auto, Sara les ofrecía su biberón y los de mudanza estaban cerrando
el camión. Yo decidí ver todo ese panorama desde la ventana de la que había
sido la habitación de John y Marlen.
―Ya tengo que cerrar ―Por el reflejo
de la ventana pude ver que estaba detrás de mí, con la vista fija en sus manos
y casi podía oler la misma tristeza que llevaba yo. Era inevitable, era casi
parecido a lo que sentí cuando John... nos dejó para siempre.
―Prométeme que me llamarás ―solicité
escondiendo mis manos en mi chaqueta, tenía que esconderlas antes de usarlas
para retenerla.
―Te lo prometo. No creas que me voy
a olvidar de ti, Peter. Ya te lo he dicho, eres muy importante para mí y los
niños.
Cuando escuché el temblor de su voz,
no aguanté más y me giré para mirarla a los ojos.
―¿Sigues con esa idea de que no te
lleve al aeropuerto?
―No me gustan las despedidas.
―Aquí o allá, nos tendremos que
despedir ―contraataqué a su justificación.
―Déjame... hacerlo a mi manera, por
favor. ¡Vamos! Que nos volveremos a ver. ―Sonrió intentando ocultar en la curva
de sus labios, las lágrimas que se le agolpaban en los ojos―. No me pongas más
nerviosa, ya suficiente estoy con saber que tendré que viajar tantas horas
sobre un avión. Sabes que los odio.
No, no lograba ocultar esa pequeña
preocupación que se le escapaba por el temblor de su voz. Extendí mis brazos y
la refugié tanto como pude. Entregándole incluso las pocas fuerzas y la casi
nula entereza que me quedaba al verla partir. La verdad es que nunca sabré si
la abracé para consolarla o para consolarme.
―Te voy a extrañar. ―Volvió a repetir mientras sorbía su nariz. Sabía cuán difícil
era irse, pero también conocía muy bien cuán doloroso era quedarse. Eso lo
sabíamos tanto Marlen como yo―. No he dejado de llorar desde que comencé a
hacer las maletas y quité cada recuerdo de aquí.
―Vamos ―dije con la voz ahogada.
Puse mis manos sobre sus hombros y la guie, bajando las escaleras, hasta la
salida de la casa.
La vi tomar aire, secarse las lágrimas
mientras que con su miraba inspeccionaba por última vez su hogar. Una que otra
vez su rostro se volvió dulce, pero muy cerca de la escalera, sus ojos se
detuvieron y un destello de desolación se apoderó por completo de sus
expresiones. Y entonces recordé que allí, en donde su vista se había posado
dulce para luego distorsionarse en una profunda tristeza, habían estado los
globos de bienvenida para John.
Y luego una punzada también me
dominó a mí cuando a mi mente vino la imagen de ella con el alma hecha pedazos
en el piso, rodeada de todo aquello.
―No te martirices más ―sugerí.
Insisto, no sé si los consejos eran para ella o para mí. Me miró, se puso de
puntillas y besó mi mejilla de forma fugaz. Me paralicé hasta que sentí que una
de las lágrimas que habían rodado por sus mejillas, también había dejado
rastros en la mía.
―Gracias. ―Tomó mis manos y me
mantuvo la mirada. ¿Esperaba que allí me despidiera? ¿Quería dejarme allí,
donde dejaba todos los recuerdos de la vida de la cual ese día se estaba
despidiendo? ¿De eso se trataba?
―No lo hagas ―le dije sin pensar. Me
miró confundida. ¿Qué le estaba pidiendo? ¿Que no se fuera?
―¿Cómo?
―No me dejes encerrado aquí como si
me quisieras dejar también en el pasado. No lo hagas. Deja que te despida como
lo hacen los buenos amigos. Aprovechando hasta el último minuto, para que el
tiempo sin verte sea menos extenso.
No dijimos absolutamente nada. Ella
se apartó unos centímetros, volviendo a poner distancia entre los dos. Tomó la
manilla y supe que era el momento de irme. Caminé sin mirar atrás hasta el auto
en donde los niños descansaban. Lamenté no haberlos cargado más tiempo entre
mis brazos. Sara salió del auto y me permitió tener unos últimos minutos de
intimidad con ellos. Eran como mis hijos y me los estaban arrebatando. Aunque
no tuviera ningún derecho, me dolía sobremanera.
―John, Mark, tienen una misión ―les
dije muy bajito. Eché un vistazo al exterior y vi a Sara conversando con
Marlen.
Los niños, por supuesto no me
entendían. O sí. Sus ojitos se clavaron en mi boca, aparentemente atentos a lo
que saldría de ella.
―Deben cuidar de mamá. Su padre me
lo pidió a mí y yo se lo pido a ustedes. Cuídenla porque yo estaré lejos.
La atención que me habían puesto se
esfumó en cuanto un juguete fue más interesante que yo. Simplemente sonreí y
les besé la coronilla.
―Sean buenos chicos y díganle a mamá
que me envíe fotos para ver cómo van creciendo.
―Pepepe... ―entonó de forma
cantarina Mark.
―Papapa ―le siguió John y yo me
paralicé.
―¿Qué dijiste, John? ―Le pregunté
tomándole ambas manos y acercándome lo que más podía. Él no me miraba, tenía la
vista absorta en una luz brillante que navegaba por el techo del auto, producto
del sol y algún material reflectante.
Un golpe en la ventanilla terminó
con el momento y... con el dolor de mi alma volví a besar por última vez a los
pequeños. Descendí y Marlen me esperaba.
Me llevé las manos al pelo, luego
miré a Sara. Iba a abrazarla y entonces Marlen me habló:
―¿No dijiste que había que disfrutar
hasta el último momento? ―Aquello fue un pequeño alivio. Me volví y no reprimí
ningún abrazo, la hice girar en el aire y luego al ver su gesto me arrepentí,
temeroso a que se retractara.
―Perdón...
―Bien, vamos... es tarde.
Me concedieron la oportunidad de
irme atrás, con los chicos. Manejó Sara y Marlen se volvía cada tanto para ver
cómo los pequeños jugaban con su tío.
En cuanto llegamos al aeropuerto,
una persona de la agencia de viaje y una encargada de la academia de Yoga
esperaban a Marlen y Sara. Les di su espacio y me concentré en disfrutar a los
bebés. Reían y lloraba, ajenos a todo lo que estaba cambiando su vida. Ajenos
al dolor que causaba alejarse de lo que más se quiere. Ajenos a la impotencia
silenciosa que llevaba en la sangre.
El tiempo pareció escurrirse entre
mis dedos y el llamado a abordar fue inminente. Apresé entre mis brazos a los
niños de forma alternada. Abracé a Sara y le susurré que ante cualquier cosa,
no dudara en llamarme. Después fue el turno de Marlen.
Le tomé las manos, las tenía frías y
le temblaban. Yo también temblaba pero no de frío. Le miré unos segundos en
silencio y luego, con sinceridad, le expuse:
―Me enorgullece cómo te has
levantado. Vas a ser muy feliz, Marlen. Tus hijos serán tu motor, y tanto John
como yo estaremos velando por ti, de distintos lugares, pero por ti.
Marlen hizo un movimiento para
apartar su melena y a pesar de que las lágrimas le anegaban el rostro, se
mantuvo mirándome, entrelazando mis dedos. Mi corazón se aceleró de forma
indescifrable y llevé una de mis manos a su mejilla empapada.
Soltó la única mano que la mantenía
atada a mí y rodeó con cariño mi cintura. Descansó su rostro en mi pecho y temí
que escuchara mis latidos que golpeaban mi pecho para pedirle que se quedara.
Pero entonces, lo que parecía una carrera galopante en mi interior, se detuvo
cuando escuché salir de su boca dos palabras.
―Te quiero.
Se alejó, la vi irse y caminar junto
a Sara y los niños.
Lo último que escuché de ella fue la
frase que en todos los años de amistad jamás me había dicho. Lo último que vi
fue su sonrisa tímida cuando su cabeza se giró para comprobar que yo aún seguía
ahí, viendo cómo se iban y yo no podía hacer absolutamente nada.
Desvié mi mirada del sector de
Policía Internacional, para dirigirla al techo y buscar las fuerzas para ahora,
también reconstruirme yo.
Llevaba
más de un año intentando ponerse en pie. El dolor ya la había desarmado por
completo, ¿qué quedaba luego de eso? Buscar la mejor forma de comenzar desde
cero.
Una
de las cosas que le impedían levantarse por completo era vivir en la misma casa
en la que pasó tantos momentos con John. Además, los niños estaban creciendo y se
volvían cada día más demandantes, por lo que necesitaba a Sara durante la noche,
pero el espacio no se lo permitía. Debía tomar pronto una decisión en cuanto a
su residencia.
―¿Cómo
están estos niños? ―exclamó Peter al entrar en casa.
―Ma,
ma, ma. ―Mark se asomó desde la sala agitando un juguete con su pequeña mano.
―Hola,
mi amor. ―Marlen le sonrió y se agachó para quedar a su lado―. ¿Cómo estás?
¿Dónde está John?
Lo
único que diferenciaba a los hermanos, era un babero que llevaban con su
inicial correspondiente.
―¡Mama…
mama! ―Se sintió el gritito de John, precedido por la aparición de Sara con él
en brazos.
―Acá
está. ¿Cómo les fue?
―Genial…
―respondió Peter.
―Traje
todo. Estaba pensando que quizás sería mejor instalar la mesa en la sala, está
más calentito y no serán muchos niños los que vienen.
Marlen
hacía una semana que había comenzado a organizar el primer cumpleaños de sus
niños. Sus hijos eran los únicos que lograban darle calidez a su mirada y su
voz.
―¿Son
compañeritos? ―preguntó Peter a la vez que comenzaba a ordenar todo.
―Sí,
cuatro o cinco.
Los
bebés asistían a una guardería desde hacía cuatro meses. Le costó mucho
separarse de ellos pero comprendía que era lo mejor. Además, ya era hora de
comenzar a buscar trabajo, cosa que había pospuesto mucho tiempo, y mientras no
tuviera claro qué sucedería con el cambio de residencia, tampoco buscaría
ningún empleo fijo. Por el momento, se conformaba con impartir algunas clases
de Yoga que le servían además para canalizar sus emociones.
El
Yoga siempre había sido su pasión, pero lo postergó tanto tiempo que ya se le
había olvidado. Sin embargo, Sara volvió a solucionarle la vida. Le comentó de
unas clases a las cuales asistía y que la profesora no podía seguir impartiendo.
Con solo escucharla, se le iluminaron los ojos. Era una oportunidad y la
aprovecharía.
Así
lo hizo y hoy por hoy, lo que había logrado, era precisamente por aquella hora
diaria que dedicaba exclusivamente para su cuerpo y su mente.
A
medida que los amiguitos y las mamás de ellos iban llegando, tanto John como
Mark se emocionaban. Les encantaba además los colores de los globos y por eso
cada tanto, estiraban sus manitos para que Peter los cargara en brazos y así
alcanzar esos objetos redondos que llenaban la casa de color.
―Ven
acá, campeón. ―Peter alternaba a los gemelos y los elevaba unos centímetros
para que alcanzaran su objetivo.
―Goooooooobo ―decían mientras los
pinchaban con sus dedos y sonreían a la vez.
Desde
lejos, Marlen los contemplaba contenta. No sabía qué sería de ella si Peter no
le hubiese ayudado tanto. Quería a los niños y también demostraba cariño y
respeto por ella.
―Se
ve que es un gran papá ―comentó una de las madres a su espalda. Cerró los ojos.
No le gustaba que sacaran esas conclusiones, que John no tuviera su lugar.
Marlen
solo miró hacia un estante en el cual descansaba una foto de ella embarazada,
siendo abrazada por John.
―Oh,
lo siento… ¿Él no es el papá? Disculpa es que como lo veo tan apegado a ellos.
Marlen
no contestó, simplemente forzó una sonrisa que muy pronto hizo que la
imprudente mujer desapareciera.
Sara
se acercó con una bandeja de panecillos y la encontró contrariada.
―¿Todo
bien?
―Sí,
no te preocupes. ¿Necesitas ayuda?
―Solo
con la torta, ya es hora de cantar el cumpleaños.
La celebración
siguió su curso y los más felices fueron los niños.
Ya
de noche, cuando habían ordenado todo y los bebés dormían; tanto Peter como
Sara y Marlen compartieron una cerveza.
―Buen
trabajo ―dijo Peter chocando las botellas de ambas mujeres.
―Estoy
agotada. Creo que ya es hora de irme ―expresó Sara.
―Vamos,
yo te llevo. Para mí también es hora de partir ―dijo Peter levantándose y
consultando su reloj.
―Los
acompaño a la puerta. ―Marlen se desperezó y despidió a ambos―. Muchas gracias
por todo, chicos. ―Apoyó su cabeza en el umbral de la puerta y sonrió. Y
mientras Sara agitaba su mano desde lejos, Peter se volvió para tomar ambas
mejillas entre sus manos y besar su frente.
―Descansa…
―susurró para luego alejarse sonriendo.
Al
día siguiente, mientras Sara hablaba por teléfono, Marlen, que permanecía sobre
la cama recostada con sus hijos, les enseñaba una fotografía.
―Papá...
―decía Marlen y los niños repetían.
―¿Papá?
―El pequeño John tomó entre sus manos el marco de foto y se lo llevó a la boca
para dejar en él un beso y rastros de saliva.
Mark,
simplemente aplaudió y luego intentó quitarle la fotografía a su hermano.
―Vamos,
John... deja que tu hermanito lo vea. ―Acarició la espalda de su hijo y con
cariño quitó de sus manos el retrato para ponerlo en las de Mark.
En
eso estaba, cuando Sara apareció con una sonrisa y comunicó:
Me
llamó el dueño de la academia de Yoga.
―¿Algún
problema con las clases?
―No,
nos citó a reunión. A todos.
―Mmm...
¿Habrá sucedido algo? ―preguntó extrañada. Se levantó de la cama y volvió a
preguntar―. ¿A qué hora?
―Mañana
al medio día. ¿Cómo lo haremos con los niños? ―Quiso saber Sara un poco
afligida. Marlen se quedó en silencio mirando un punto fijo. Tenía la vista
perdida y abría y cerraba la boca sin lograr decir nada.
―¿Crees
que estoy abusando mucho de Peter?―dijo por fin.
―A
él le encanta estar con los niños...
―Pero
tiene su vida... No puedo disponer de su tiempo siempre. Ya veré cómo lo hago.
Y
Peter no dudó ni un minuto en cuidar un par de horas a los gemelos.
―Cualquier
cosa, me avisas. Mil disculpas, te prometo que es la última vez que...
―Anda
pronto que llegarás atrasada. ―Se acuclilló en medio de los niños y tomando una
mano de cada uno mientras las agitaba, dijo―: Bye, mami.
―Gracias...
―susurró sonriendo, mirándolo a los ojos y cerrando la puerta.
La
reunión se extendió por dos horas, en las cuales la Directora y el dueño de la
academia de Yoga dieron a conocer el nuevo plan de trabajo y la posibilidad de
expandirse a otros lugares del mundo.
Marlen
escuchaba atenta, admirando las sonrisas de todos los miembros que se sentían
complacidos por viajar. Entre ellos, Sara.
―La
idea es que algunos de ustedes vayan a iniciar las distintas sedes que
pretendemos inaugurar y luego de cinco años regresen con la experiencia de
haber dejado funcionando al cien por ciento las academias de Yoga.
Marlen
alzó la vista en cuanto escuchó cuántos años serían. Quizás ella no estaba
contemplada entre los embajadores de Yoga y eso la tranquilizó un poco.
―La
decisión final es de ustedes, pero es una gran oportunidad. Por el momento
serán países de Latinoamérica, entre ellos Argentina, Perú, Uruguay y Chile.
Otra
vez escuchaba ese país. Marlen se tensó y miró a Sara. Ella conocía sobre esa
propiedad que estaba a la espera de su respuesta.
―Tanquila,
de seguro a nosotras ni nos toman en cuenta. ―Sara apresó su mano y le infundió
calma. Calma que no duró mucho.
―Marlen,
sé que eres la más nueva de todas, pero también has demostrado mucho
profesionalismo en lo que haces. Sé que por tus niños puede ser difícil, pero
la oportunidad está. Puedes elegir ser embajadora en cualquiera de los lugares
que ya he propuesto y, como estamos en familia ―la Directora sonrió
complaciente―, irías con Sara si ella también acepta, sé que te ayuda con tus
niños y allá donde elijan lo podría seguir haciendo. Lo cierto es que necesito
a ocho personas para hacer que esta academia llegue a otros lugares. Los demás
¿algo que decir?
Marlen
solo escuchó murmullos y risas. Sara también estaba entusiasmada, sin embargo ella
no lograba ordenar su cabeza.
Le
gustaba el Yoga, viajar le aterraba, pero lo que más le preocupaba era que no
rechazaba la idea por completo. La decisión estaba en sus manos, podría decir
que no, como ya lo habían expresado dos de sus compañeras, sin embargo quería
tomarse el tiempo para pensarlo.
No
sabía muy bien si era porque veía a Sara feliz con la idea de hacerse cargo de
una academia en el extranjero o por la pequeña luz en su corazón que le hacía
ver esta oportunidad como una forma de renacer.
Salieron
de la reunión y Sara prefirió no comentar nada respecto a la posibilidad de
viajar. Tenían un mes para aceptar y tres meses para prepararse e irse si así
lo disponían. Sara ya había decidido que si Marlen prefería quedarse, ella no
se iría. Ya tendría otra oportunidad, pero no la dejaría sola, fuese cual fuese
su determinación.
Al
llegar a casa, Peter la encontró muy silenciosa. Miró a Sara y le preguntó con
la mirada si algo malo había ocurrido, ésta solo tomó de ambas manos a los
niños y los llevó hasta el jardín para jugar.
En
cuanto quedaron solos, Peter se acercó a la cocina y sirvió dos cafés.
―¿Me
vas a decir qué ocurre? ―preguntó con voz suave.
―Me
ofrecieron iniciar una academia de Yoga. Bueno… A mí y a varias personas más.
―¡Qué
alegría! ―Puso una de las tazas en la mesa de desayuno y esperó hasta que ella
se sentara para sentarse él.
Marlen
jugueteó unos momentos con la cucharita y cuando ya no aguantó más, levantó la
vista y dijo:
―En
el extranjero.
Ante
la sorpresa, Peter alzó las cejas y se refugió en su taza.
―¿Y
eso te tiene desanimada? ―preguntó luego de otro largo silencio.
―No
sé si estoy desanimada... Me siento extraña porque puedo decir que no, sin
embargo me lo estoy planteando.
―Está
bien que lo hagas... Si te hace feliz...
―Es
una forma de volver a comenzar ¿no? ―dijo moviendo las manos, nerviosa.
Él
solo sonrió y asintió.
―Me
alegra que lo veas así. ¿Dónde sería? ―Ella sonrió, agitó un poco la cabeza y
luego contestó.
―No
me lo vas a creer... Chile. Bueno, otros países, pero si decido irme, sería ese
el lugar que escogería. Ya sabes, por la casa que John...
―Entiendo...
―Tomó una de sus manos y se percató que allí todavía estaba el anillo de
matrimonio―. Lo que elijas, sabes que contarás conmigo siempre.
―Esa
es una de las cosas que extrañaré. Contar contigo, saber que estás allí
siempre. Tu compañía, porque no sabes lo importante que ha sido tenerte a mi
lado todo este tiempo. Has sido un gran amigo.
―También
te extrañaré. A ti, a los niños y a Sara. ¿Ella se iría también?
Un
poquito de emoción y nostalgia se agolparon en los ojos de Marlen y solo pudo
asentir sin emitir palabra alguna.
―¿Cuánto
tiempo? ―Quiso saber reprimiendo un suspiro.
―Bastante...
―Logró decir bajando la mirada―. Cinco años.
Peter
no imaginó que sería tanto tiempo. Algo desconocido le dolió en el pecho y solo
pudo aferrar con más fuerza la mano de su amiga y volver a prometer:
Aún no era medio día cuando el llanto de un bebé la despertó de su sueño. Aún no se acostumbraba a que ellos ya no estaban en su vientre y que ahora podía verlos, tocarlos y escucharlos.
Al abrir sus ojos, encontró algunas flores y globos en la habitación y, al lado de su camilla, dos cunas en las que dormían los pequeños John y Mark.
Se levantó con cautela, y acunó entre sus brazos a Mark quien lloraba desconsolado en busca de comida.
―Hey, comilón, ya estoy aquí… ―susurraba para no despertar al otro gemelo.
Después de que Mark volvió a dormirse, le tocó el turno de reclamar comida a John. Marlen, con el mismo amor, le entregó lo que con tanto ahínco pedía y luego de algunos minutos, lo dejó durmiendo en su cuna.
Consultó la hora en el reloj de pared y se dio cuenta de que estaba atrasada. En media hora le darían el alta y Peter, pasaría a recogerla.
Intentó ducharse de la misma forma que lo hacía antes de que nacieran los bebés, sin embargo debió acortar los tiempos. Sus hijos la requerían y ella aún ni siquiera se terminaba de lavar el cabello.
Suspiró. Muchas cosas cambiarían, su vida desde un tiempo a esta parte había cambiado constantemente. Y estaba agotada.
Se envolvió en una toalla y acarició la barriga de ambos niños.
―Ya estoy aquí… Dejen que mamá se vista.
No dejaron de llorar y Marlen poco a poco se desesperaba. Se vistió con lo primero que encontró e intentó calmar a los gemelos.
Tomaba a John, y quiso a la vez tomar a Mark, pero los brazos parecían no alcanzarle. No quería tomar a uno solo, se sentía mal dejando al otro sufriendo.
―¿Te ayudo? ―Peter se acercó, sacó de sus brazos a John y lo calmó en su regazo.
―Peter… ―Lo miró y sonrió―. Gracias… es que estoy… acostumbrándome.
El pequeño Mark se aferró a su madre y el olor que ella desprendía, lo tranquilizó por completo.
―Vas a necesitar ayuda, Marlen.
―Sí, lo sé… pero es que aún no encuentro a nadie confiable. ―Tomó uno de los bolsos y se lo colgó al hombro. Peter hizo lo mismo y ambos salieron hacia los estacionamientos.
―¿Cómo los llevaremos? ―preguntó asustada al ver que no tenían sillas para auto. Y que ahora no contaba con los brazos de Peter ya que él debía manejar.
―Umm… ―Se pasó la mano por la nuca, intentando buscar la manera―. ¿Tienes sillas de auto en tu casa?
Marlen negó con la cabeza. Se sentía una mala madre, no tenía ni la menor idea de lo que era lo básico que necesitaba un bebé y ella tenía dos, ¿cómo se supone que los protegería?
Peter, quien aún cargaba al pequeño John, se dirigió a la recepción de la clínica. Allí, les facilitaron en préstamo, dos sillas de auto para bebés. No era la primera vez que se veían enfrentados a estos casos y mantenían algunas de emergencia.
―¿Me podría hacer un favor? ―pidió al encargado de entregarle las sillas.
―Dígame, señor.
―¿Podría instalarme las sillas o sostenerme al bebé para hacerlo yo?
―No se preocupe, el auxiliar de mantención se encargará de las sillas. ―Peter respiró aliviado y el hombre sonrió al ver la desesperación del padre. «De seguro es primerizo», pensó―. Señor, ya se acostumbrará, a todos nos pasa cuando somos padres por primera vez.
―Oh… No, no, no… yo no soy… Son los hijos de mis amigos. ―Sonrió para luego caminar acompañado del auxiliar hasta el auto.
Encontró a Marlen contemplando a Mark. La vio tan serena, que hubiese querido no interrumpir, pero ella pareció advertir su presencia y giró para mirarlo, en cuanto lo hizo, sonrió al ver que Peter había encontrado solución.
―Muchas gracias.
Llegar a casa tampoco fue fácil. Debían acomodar a los bebés, pero no había comprado nada.
―Bien… por el momento creo que tendrán que dormir conmigo.
―Si quieres… puedo ir a alguna tienda y… ―intentó Peter.
―Oh, no… No te preocupes. Ya me las arreglaré. Muchas gracias, Peter. No sé qué hubiese hecho yo sola. ―Tomó sus manos y el contacto, a ambos, les pareció… acogedor.
―Quieres… ¿quedarte a almorzar? ―sugirió para agradecerle tantas molestias tomadas.
―Claro. Yo cocino, tú intenta descansar ahora que están durmiendo.
Sí, necesitaba descansar y mucho pero no quería abusar de la voluntad de Peter.
―No, por favor… Ya has hecho bastante por mí.
―En serio no me molesta, Marlen. ―Volvió a estrecharle la mano. Ella se quedó mirando aquella unión y no le pareció correcta.
―Yo… puedo hacerlo. ―Miró los ojos de Peter. ¿Qué era aquello que él quería decir y no se atrevía? Sabía que algo intentaba decir con esa mirada.
―Debes dejar que te ayuden. Déjame hacerlo, por favor.
Ella solo asintió con la cabeza y retrocedió algunos pasos hasta que sus dedos dejaron de rozarse. Giró y corrió escaleras arriba.
Se perdió mirando a sus bebés, su motor. Entonces, quiso que allí estuviera John. Un recuerdo llevó a otro y se encontró reviviendo esa voz que la alentaba durante el parto. ¿Se lo habría imaginado? Había sonado tan real, que deseó, aunque la tildaran de loca, que así hubiese sido. Que alguna fuerza sobrehumana le permitiera contactarse con él cada vez que lo necesitara. Porque lo necesitaría siempre, en la crianza de los niños y en ese momento en el que titubeaba si lo correcto era recibir la ayuda de Peter y todo lo que eso implicaba.
Despertó porque otra vez uno de sus hijos la necesitaba. Le pareció haber cerrado recién los ojos cuando ya debía abrirlos nuevamente.
Los dejó a ambos mudados y bajó para encontrarse a Peter terminando de cocinar.
―¿Cuánto he dormido? ―preguntó asomándose por la cocina.
―Umm… no más de media hora. ¿Cómo están ellos?
―Durmiendo por mamá. ―Sonrió y se sentó en la mesa del desayuno―. Huele bien, ¿qué es?
―Pastas con salsa de champiñones.
Almorzaron de forma relajada. Hablaban fácilmente de cualquier tema y sin que llegaran silencios incómodos. Hablaron de las compras que debía hacer ella y de las cuales haría acompañada de Peter, quien otra vez le ofrecía su ayuda. Hablaron también de que debía contratar una persona a tiempo completo para cuidar a los bebés. De pronto, un comentario respecto a una película que habían visto hace mucho tiempo en uno de esos viajes que mantenían ausente a John, hizo que Marlen estallara en una carcajada.
―Pero te acuerdas que te dije que eso iba a suceder… Es imposible que no te dieras cuenta desde el principio. ―Peter también se unía a la risa fresca de Marlen. Era increíble ver cómo se apretaba la panza mientras reía fuerte, agitaba su cabello y cómo ojos derramaban, por primera vez en mucho tiempo, lágrimas de alegría.
Pero ese instante de gloria no duró mucho ni para ella ni para Peter. Marlen miró al suelo, no quería levantar la vista y encontrarse con la expresión de Peter, que seguramente estaba tan contento como lo estaba ella hacía un par de segundos.
No. No podía reír, no podía reír si él ya no estaba. No podía mostrarse feliz como si la vida no le hubiese quitado lo que tanto amaba. No era justo que ella riera y él haya sufrido tanto. Era una mala madre y una muy mala esposa, porque además, estaba riendo con otro hombre.
―Deja… deja ahí, Peter… Yo me encargo. Muchas gracias por…
Peter no la dejó continuar. Tenía que ayudarla, dejarle ver que estaba equivocando el camino, que ella podía volver a ser feliz, que eso era lo que John hubiese querido.
―¿Por qué eres tan injusta contigo?
―Tú… Tú no tienes idea ―dijo en un murmullo―. Yo no puedo hacer como si nada hubiese pasado.
―Tú tienes que seguir adelante. Tienes que volver a sonreír sin culpas. Los niños merecen ver a su madre feliz. Hace un momento, volviste a reír… Déjame seguir haciéndolo, seguir demostrándote que puedes volver a sonreír, Marlen.
―¿Y quién te dijo a ti que yo quiero hacerlo? John no está aquí, Peter. No verá a sus hijos crecer y yo… Yo tengo que cuidar de ellos como lo hubiese hecho John. Y no tengo que olvidarme de que John…
―…De que John también quería que fueras feliz. Vivió para hacerte feliz, no dejes que ahora que está muerto, no pueda continuar con su objetivo. Tú tienes la decisión en tus manos, tú decides.
―Bien, yo decido que por favor… No me vuelvas a…
―¿Hacer reír? Por Dios, Marlen… Era una tontera que dije y te hizo reír. No te sientas culpable por encontrar algo divertido.
―Me siento culpable por reír sin que él esté aquí acompañando mi risa. Me siento culpable por parecer que estoy olvidando lo triste que debo estar porque él se ha ido.
―Eso no es justo para ti. No es justo que te responsabilices por eso… ―Peter le acarició el hombro y ella siguió hablando sin darle importancia a esa caricia.
―Tampoco era justo que se fuera… No así, no tan pronto… ―Pestañó para dejar caer lágrimas que se habían agolpado en sus ojos. Peter la vio tan frágil que quiso abrazarla, y lo hizo. Ella no se resistió, también necesitaba un abrazo. En silencio, él acarició su cabello y ella cerró los ojos. A medida que Peter se fue separando de su abrazo, fue acercando sus labios a su frente. Se detuvo en el momento exacto en que ella abrió los ojos y le rogó que se fuera.
Durante la semana, Peter volvió a tomar distancia. No quería incomodarla, no quería invadirla porque sabía que si lo hacía, ella se encerraría en sí misma. Entonces, hizo algo que nunca había hecho, le presentó a una de sus amigas. Quizás compartir con otras personas le haría bien.
―Ella es Kim ―le dijo el día que se reunieron para comprar lo necesario para los gemelos.
―Hola, Kim. Mucho gusto. ―Sonrió sincera y luego le susurró a Peter―. Lástima que John no está aquí para ver esto, todo un acontecimiento.
Él solo rio y tomó la mano de su conquista.
―¿Conseguiste niñera? ―preguntó a la vez que veía a los niños durmiendo en sus coches.
―No, aún no. Por cierto, fui a devolver las sillas esta mañana y les compré unas nuevas.
―Genial… ¿No tuviste problemas?
―La verdad, sí, unos cuantos, pero ya aprendí. ―Hizo una pequeña mueca divertida y continuó caminando hacia la entrada del centro comercial.
Compró todo cuanto requerían y la opinión de Kim, quien ya tenía una hija, fue de gran ayuda. Comieron en un lugar cercano y entre conversación y conversación, Kim le ofreció el contacto de una persona que podría ayudarle con la casa y los niños.
Ese día estaba en la planta baja de la casa jugando con sus bebés cuando el timbre sonó. Abrió la puerta y en cuanto la vio, supo que ella era la indicada. No tenía explicación, pero fue una conexión demasiado fuerte como para obviarla. Le tomó la mano y la dejó entrar.
―Adelante, tú debes ser…
―Sara. Mucho gusto. ―La joven le estrechó la mano.
―Asiento por favor… Dime, Sara, ¿cuántos años tienes?
―Veintinueve, pero tengo vasta experiencia en los cuidados de niños y los de una casa.
Marlen le explicó más o menos lo que necesitaba. La quería a tiempo completo pero la casa no poseía otra habitación, por lo que se tuvo que conformar con tenerla ocho horas diarias.
―Bien… ¿cuándo puedes empezar?
Sara sonrió y propuso:
―¿Ahora mismo?
―Si es así… te lo agradecería. ¡Necesito dormir!
―Son muy lindos sus bebés ―comentó observándolos.
―Son igual al padre… Mira… ―Marlen abrió un cajón y buscó entre algunas fotos―. Fíjate.
En una fotografía, salía John de pequeño, y era cierto, los gemelos eran idénticos a él.
―Debe estar muy contento… ―concluyó Sara.
―Sin dudas… ―Marlen cerró sus ojos y lo imaginó orgulloso con los bebés entre sus brazos.
―¿Él…?
Marlen no quería hablar del tema tan pronto pero tampoco podía ocultarle a Sara, quien pasaría gran parte del día con sus hijos y con ella, que John ya no estaba ni estaría.
Le contó brevemente lo sucedido e Sara sintió el dolor en cada palabra que Marlen le revelaba. Finalmente optó por no decir nada, sino que simplemente la abrazó.
―Gracias… ―murmuró Marlen.
―¿Por qué? ―preguntó confundida.
―Porque odio que digan esa cosas que se dicen siempre cuando saben que el otro ha perdido a un ser querido… Ya sabes «lo siento tanto». Cuando en verdad no lo sienten. ―Se encogió de hombros y apretó las manos de Sara―. Gracias.
La relación entre Sara y Marlen se fue haciendo cada vez más estrecha, y el cuidado de los niños pareció menos difícil a la vez que avanzaba el tiempo.
Un día en que uno de los bebés se enfermó e Sara estaba con su día libre, a Marlen no le quedó más remedio que volver a molestar a Peter.
―Lo siento, sé que es tardísimo pero es que…
―¿Le pasó algo a los niños?
―Mark está con fiebre y no deja de llorar. Intenté llamar al pediatra pero no me contesta.
―Buscaré a otro, no es conveniente que lo lleves a un hospital. Se puede contagiar con algo peor.
―Peter… Yo… Perdón por tantas molestias.
―No es nada, Marlen. Tú y los niños son mi prioridad.
Media hora después, un pediatra junto a Peter, entraba en la casa de los Hamilton.
―Muchas gracias por venir. ―Abrió apresurada―. Están arriba.
El médico revisó a ambos niños. Un virus comenzó a afectar a Mark y amenazaba con hacerlo también con John. Ya casi tenían dos meses de nacidos y su sistema inmunológico estaba siendo afectado.
―Peter… dime que están bien ―decía entre lágrimas Marlen, aferrándose a su regazo.
―Sí, tranquila. El doctor sabrá qué hacer.
―Es una infección estomacal viral y debe seguir su curso, sin embargo, de igual forma te dejaré algo para la fiebre.
Luego de una hora, el médico se retiró y los niños pudieron dormir plácidamente. Pero Marlen, no pudo hacerlo y Peter se quedó a hacerle compañía.
―Si quieres irte, por mí no hay problema.
―No quiero irme. Ven acá. ―La abrazó y sentados en el sillón se quedaron en silencio.
A la mañana siguiente, cuando Sara entró a la casa, encontró a Peter y a Marlen abrazados durmiendo en el sillón de la sala. No quiso hacer ruido y subió las escaleras con cuidado para dirigirse a la habitación que ahora ocupaban los gemelos. Estaban despiertos, pero no hacían ruido, se les veía decaídos. Miró la mesita que había cerca de las cunas y encontró una orden médica.
―Pobrecitos… ―susurró y los cobijó.
Bajó despacio por las escaleras y caminó hasta la cocina para preparar el desayuno. En cuanto lo tuvo listo, lo dejó sobre la mesa del café de la sala en la cual dormían Peter y Marlen.
―Hola, Sara. ―La voz de Peter la sobresaltó―. Lo siento, no quise asustarte ―susurró.
―¿Necesita que le sirva el café? ―preguntó con el termo en la mano.
―No, no te preocupes, esperaré a que Marlen despierte.
Sara solo asintió y volvió a subir las escaleras para quedarse con los niños.
Mientras tanto, en la sala, Marlen comenzó a despertar. Abrió los ojos y el olor de Peter se le coló por las fosas nasales. Sintió además el calor de su mano sobre su hombro, y sentirse protegida en brazos ajenos, otra vez la puso alerta, sin embargo, estaba tan agotada, que dejó de luchar.
―Sara nos preparó el desayuno ―dijo a modo de saludo sin soltarla.
―Eso es lo que tan bien huele. ―Miró hacia la mesita y descubrió que el café aún no estaba servido como para oler tan bien―. Deben ser las tostadas.
Se inclinó un poco para tomar una y la mordió con ganas. Pero entonces, al recordar a sus bebés, se levantó de prisa, dejó nuevamente la tostada en la mesa y corrió escaleras arriba.
―Shh… Se han vuelto a dormir. ―Sonrió Sara.
―Gracias. ―Marlen peinó con su mano su cabello y luego mencionó―: Tengo que darles su medicina.
―Ya lo hice, no se preocupe. Aproveche de descansar.
No le quedó más que sonreír agradecida. La ayuda de Sara era increíble.
Se fue a su habitación y se duchó tranquilamente, cuando salió y bajó las escaleras, Peter aún seguía allí y sin probar bocado.
―¿No desayunaste?
―Te estaba esperando.
Se sentó a su lado y comenzó a comer. Sirvió un poco de agua caliente en ambas tazas y compartieron un café.
―¿Qué tal Sara? ―preguntó para sacarle alguna palabra.
―Muy bien, ya viste lo atenta que es. ―Señaló la bandeja―. Y también ya les dio la medicina a los niños. Están tan decaídos ―dijo haciendo una mueca de dolor.
―Van a estar bien. ―Apretó con fuerzas su mano y no apartó la vista de los ojos de Marlen.
―¿Qué tal las cosas con Kim? ―carraspeó y preguntó para que dejara de mirarla así.
―Bien, somos amigos… Ya sabes. ―Guiñó un ojo y ella en realidad, no sabía a qué se refería.
―¿Amigos? Pensé que era alguna…
―Nada formal, Marlen. Lo pasamos bien, punto.
―Nunca has querido comprometerte ―concluyó a la vez que devoraba una tostada.
―Porque aún no encuentro…
―¿A la indicada? ―Malen sonrió―. ¡Vamos! Nunca encuentras a la indicada, nunca conoces a la indicada… Eso es una tontería.
―John era tu indicado. ¿Por qué yo no puedo encontrar a la mía? Quizás algún día ame como John te amó a ti y tal vez encuentre a esa persona que me ame tanto como tú amaste a John.
Marlen se quedó en silencio y suspiró.
―¿Crees que él quisiera que yo…? ―No supo por qué hizo esa pregunta, en realidad se arrepentía de haberla formulado y expresado abiertamente a Peter.
―¿Te vuelvas a enamorar? Él quisiera que fueras feliz, de eso no tengo dudas.
―A veces me siento culpable. ―Se sinceró―. No quisiera que él se decepcionara de mí por olvidar estar triste. Me refiero a que… yo no debería mostrarme contenta.
―¿Por qué no? ―Quiso saber.
―Porque se supone que he perdido algo muy importante en mi vida, ¿cómo reír después de eso?
La entendía, entendía por el proceso que estaba pasando. Era normal sentirse culpable pero en algún minuto tendría que volver a vivir.
―Dejando que suceda, supongo. ―Se encogió de hombros―. Viviendo un día a la vez y si hoy te apetece reír, no seré yo quien te juzgue.
―Yo soy quien lo hace, y a veces puedo ser muy cruel conmigo misma.
―¿Sabes qué podemos hacer? Ofrecerle cada risa a John, es como decirle: «de seguro te estarías riendo, así que riamos.»
―Me gustaría ir a verlo. ―Sentenció sin prestar mucha atención a la solución que Peter le daba. No era así, no tan fácil.
―Cuando quieras vamos.
―No… Quiero ir sola.
―De acuerdo.
Marlen seguía viviendo un proceso en el cual iba quemando etapas. Había pasado desde la desesperación a la tristeza y de la tristeza a la impotencia. Luego, sus hijos llenaron todo, sin embargo, Marlen, como mujer, se sentía culpable. Culpable por reír, por sentir y por plantearse seguir viviendo como si el mundo para ella no se hubiese detenido nunca.