Rafaela
―Rafa, ¿podrías venir a mi oficina?
―Claro, dame un segundo y estoy contigo ―digo en cuanto veo pasar a
Marco, mi jefe hace un par de años. No lo soporto, ni él a mí… pero nos debemos
respeto. Guardo el archivo en el que estoy trabajando y me dirijo a su oficina―.
Permiso, dime.
―Siéntate… ―Señala la incómoda silla frente a su escritorio. Esto me
huele mal…
―Rafaela, he recibido comentarios en la oficina; que ya no prestas
atención, que estás distraída… Creo que el temita de tu libro te tiene en otro
lado, y no aquí con nosotros.
¡Comentarios en la oficina!... Y este bruto se presta para eso. De
seguro Ágata está metiendo sus narices en esto. Respiro profundo, escarbo en mi
interior para buscar la tranquilidad que no poseo, y antes de lanzar cualquier
improperio, estiro mi mano y me bebo de un gran sorbo el agua de mi jefe, quien
atónito me mira. ¡Fue un error! ¡Un maldito error contar que estaba
escribiendo! Yo y mi gran boca. Ya decía mamá que yo era más bonita con la boca
cerradita. ¡Soberana estúpida fui! Respira, Rafa, Respira.
―¿Quién te hizo tal comentario?
―Da igual, pero me preocupa.
―Marco, no da igual… Si estás haciendo una acusación, mínimo debo saber
la fuente. Estamos entre adultos y aquí no voy a asesinar a nadie como para que
le resguardes la identidad. «Aunque me
muera de ganas de hacerlo.»
―No te lo diré, tómalo como una amonestación verbal.
Me levanto, enojadísima, buscando las palabras exactas para despedirme
de esta mierda de trabajo que hace tiempo me tiene hasta la coronilla.
―Dos cosas, Marco… No, mejor tres. ―Enumero con mis dedos… Ya estoy como
Leonela, mi protagonista… enumerando. ―Uno, un libro no se escribe en la
oficina… ¡Ya quisiera yo! Dos, para la próxima que hables conmigo, ponte
pantalones. ―Se mira, al parecer a parte de no tener pantalones, es estúpido―.
Tres, ¡renuncio!
Uf, qué bien sonó eso. Es como si mi mochila hubiese retirado toda su
carga… Me siento tan livianita «Y sin dinero
también». Ya, es cierto, no tengo dónde caerme muerta, pero no creo que me
cueste mucho encontrar un nuevo trabajo. En uno en el cual no diga ni mu sobre
mi doble vida… Aunque no haya escogido a tiempo un seudónimo para escribir, por
lo menos mantendría todo en secreto.
Salgo a paso firme, caminando entre las oficinas bajo la mirada de los
curiosos de siempre, de esos que no viven sin estar pendiente de la vida del
otro. Pero no miro hacia atrás, ya me decidí. Adiós a las sonrisas fingidas por
la mañana, adiós a las horas extras, adiós a cubrir turnos a gente que no lo
valora. Bienvenida, Rafaela, escritora…
Soy Rafaela, tengo veinticinco años, y se me ocurrió escribir… Sí, ya
sé, estoy medio loca, entera de loca a decir verdad, pero si no escribía lo que
mi muso me ponían en la cabeza, de seguro que más loca me colocaba.
Todo comenzó así…
Una noche tuve un sueño, y ese sueño consistía en que un hombre me
relataba una historia de amor. No, él no era el protagonista, pero cada noche
nos encontrábamos en sueños, él me contaba la historia y yo en cuanto
despertaba, escribía todo lo que durante la noche me revelaba. ¿Pueden creerlo?
Bueno, así fue como nos conocimos, Valentín cada noche me relataba la historia
de Leonela y Patricio. Una historia de amor con todas sus letras… ¡Hasta
envidia le tenía a esos dos, salvo por tan triste final…! Pero como decía
Valentín: «Cada cual tiene una historia
de amor destinada… no apures tiempos ni apures los de tus protagonistas».
¡Era un genio!
Tan solo con recordarlo, suspiro. Me tomo unos minutos para intentar
saborear un poco más aquellos recuerdos que me hacen tan feliz y luego vuelvo a
caminar a paso firme por la Avenida.
No, no tengo coche, así que levanto el dedito para detener un taxi.
―Buenas tardes, señorita, ¿dónde desea que la lleve?
―Avenida Reinald Mills, #0705
Cierro los ojos y comienzo a recordar mi primera cita con Valentín…
La luz me encandila, no me deja distinguir lo que tengo en frente, pero
una voz se roba mi atención.
―Hola... Te estaba esperando.
―¿A mí?... No te conozco. ¿Quién eres? ―Sonríe y me quedo sin palabras.
Comienzo a adaptarme a lo que me rodea: prado, rayos de sol y un joven
frente a mí que está sentado en la base de un árbol.
―Ven, Rafa... No temas, no te haré daño.
―Sabes mi nombre... ―digo en un leve murmullo, sin acercarme aún.
―Así es... ―Me mira unos segundos y luego con su palma golpea despacio
el césped que hay a un costado de él―. Insisto, siéntate.
―¿Dónde estoy? ―miro a todos lados, buscando un lugar que pueda asociar.
―Es tu sueño, tú has elegido el lugar. ―Se encoje de hombros, y me enoja
que me tome el pelo. Doy media vuelta, sin saber a dónde ir.
―Hey... No te vayas.
―Me estas tomando el pelo...
Intento avanzar hacia cualquier lado pero él se levanta raudo y me toma
el hombro, una vez que se asegura que no escaparé, estrecha su mano derecha
para recibir la mía. Su mano es suave, tan suave como inquiero que son sus
rubios cabellos que resplandecen con los rayos de sol. Miro sus ojos, son color
ámbar, luego me detengo en su vestimenta, totalmente blanca. Instintivamente miro
mis ropas… blancas, impolutas como las de él. Llevo un pequeño short y un top.
Por un segundo, miro al cielo y pienso que tal vez…
―No, no estamos en el cielo, Rafa. Este es tu sueño.
Luego de dejarme con la boca abierta, ya que por lo visto lo soñé con la
capacidad de leerme la mente, nos quedamos en completo silencio. Suelta mi mano
y se gira para caminar. Y bueno, le sigo.
Mucho tiempo caminando y en silencio, me aburre. Así que para conversar
algo, pregunto:
―Ya que no me dices dónde vamos, quién eres ni nada… ¿Podrías decirme si
falta mucho? ―Se detiene un segundo para mirarme y yo, quejumbrosa, digo
apuntando a la tierra―: Es que vine con tacones…
Su carcajada deja una pequeña vibración en el aire que me emboba por un
rato, hasta que logro escucharlo decir:
―Solo a ti se te podía ocurrir soñar con un lugar como este y venir con
esos zapatos.
―Créeme que si hubiese sabido cuánto caminaríamos… me soñaba descalza ―digo
empezando a cojear por el intenso dolor. Y entonces, el señor incógnito me toma
de tal manera que cuelgo por su espalda.
Me dirige por la hierba. No hay caminos trazados, pero sus pasos me
llevan a un lugar totalmente desconocido y que quizás, en un futuro, se
convierta en uno de mis favoritos.
―Señorita, hemos llegado.
El chofer del taxi se detiene frente a un edificio. Miro por la ventana
y en el tercer piso, una ventana abierta, y una cortina color sandía que se
mueve con el viento me dan la bienvenida. ¡Hogar, dulce hogar!
Cancelo la carrera y entro al edificio.
―Buenas tardes, Rafita. ―Él es Sebastián, el atento recepcionista que
cada día tiene una sonrisa para mí. Debe tener la edad de mi padre o quizás es
que al no tener al mío cerquita, en él veo a un ser protector.
«Lo siento, Seba, hoy no es un buen día para
charlar».
Tan solo le entrego una sonrisa que me cuesta esbozar y sigo de largo.
No tomo el ascensor, hoy quiero usar las escaleras. Caminar lento, disfrutar
cada paso y ojalá que al dar cada uno de ellos, dejar atrás esa amargura que se
me instaló desde que me di cuenta de que renunciar había sido el peor de los
impulsos de mi vida. Es decir, desde que salí de la oficina.
Abro la puerta de mi departamento y me encuentro con un desorden
monumental. No, no me habían entrado a robar. Aunque mi mala suerte me acompaña
este día, no puedo atribuirle a mi nube negra el desastre que tengo ante mis
ojos. Había sido yo esta mañana. Desperté demasiado tarde y tiré todo por todos
lados mientras me maquillaba y vestía para irme a trabajar.
A mi derecha, podía ver mi ordenador aún encendido. Mi vida era un
completo desorden y eso se notaba tanto en mis horarios, en cómo organizaba mi
departamento y para ponerle la raya a la suma, desde hoy agregaba mi cesantía.
Me dejo caer sobre el sillón que hay en la sala y cierro los ojos.
Extraño esos momentos en que todo parecía andar normal. Esos en los que pasaba
como una mujer común y corriente, con un trabajo común y corriente y con una
vida bastante plana. Y mis pensamientos me llevan otra vez a Valentín. Todo
cambió cuando él apareció. Cada minuto de mi vida fue distinto desde aquel día…
Llevo caminado… o mejor dicho colgando del hombro de ese hombre un par
de minutos hasta que por fin me baja. Sus manos casi envuelven la totalidad del
contorno de mi cintura y me hace tocar el suelo tan delicadamente que pareciera
que soy de cristal.
―Listo ―dice y vuelve a sonreír.
―Rafaela, mucho gusto. ―Estrecho mi mano, otra vez.
―Ya nos habíamos presentado.
―Pero aún no sé cómo te llamas.
Mira a un punto fijo hacia la derecha. Traga saliva y su nuez de adán
sube y baja con el movimiento… y yo, parece que me pierdo.
―Es bastante solitario acá ―dice al fin―. ¿Corresponde a un terreno familiar?
Me mira. Me mira y mira y yo no entiendo nada. Él me guía durante
minutos y ahora pregunta como si yo supiera algo de todo esto.
―Mira… Como te llames. No tengo ni la menor idea de dónde estamos, ni
qué hago aquí ni mucho menos quién eres. Si tú sabes algo, ¿me podrías
explicar?
―¿Qué comiste antes de dormir?
―¿Y a qué viene esa pregunta?
―Dicen que cuando ingieres alimentos muy pesados, se tienen pesadillas…
―Ah, bueno. Aparte de soñarlo con la capacidad de leerme la mente, el caballero
sabe sobre la alimentación. ¿Dijo pesadilla? Él no es una pesadilla, solo estoy
confundida y no sé a qué se debe todo esto.
―¿Cómo te llamas? ―pregunto obviando sus conjeturas.
Ahora me observa. Otra vez sus ojos me prestan atención pero en ellos se
ve la misma incertidumbre que siento.
―¿No sabes, verdad? ―pregunto nuevamente y él antes de negar, se sienta
en un tronco que hay tirado por ahí.
―¿Recuerdas algo? ―Hoy estoy muy preguntona. Lo digo despacito mientras
me acuclillo a su lado. Pero obtengo otra negativa, entonces concluyo―; Ya veo,
los dos aparecimos en un sueño. ¿Por qué estás tan seguro de que es mi sueño y
no el tuyo?
―Rafaela… ¿Alguna vez dejas de hacer tantas preguntas? ―Se levanta y
vuelve a verse el hombre imponente que se presentó ante mí.
―Sí… Generalmente cuando tengo todo claro. Estoy metida en un sueño… que
supongo es un sueño y no estoy en el cielo. ¡Cómo me haya muerto y no me quieras
decir, te prometo que me vengaré! ¿Eres Dios? ―digo muy seria.
Y llena todo con otra carcajada y aunque no fuera Dios yo lo bautizo
como tal.
―No te rías. Esto es serio. Estoy metida en un sueño, con un hombre que
aparte de llevarme de aquí para allá y reírse de mí no me dice nada… ¡Y no sabe
ni como se llama! ¿Tienes algo interesante que contar mientras espero a que suene
la alarma de mi celular? Anoche me dormí tarde y ya debe ser hora de ir a
trabajar.
―Parece que tú tienes más cosas interesantes que contarme que yo a ti.
―Pero yo ya conozco mi vida y quiero saber de la tuya… o de lo que
recuerdes de ella. ―Me siento frente a él en posición india mientras juego con
un mechón de mi cabello.
―No te puedo decir mucho de mí, pero puedo hablarte de una historia de
amor.
―¿De amor? Vamos, a ver con qué me vas a salir. ―Sonrío.
―¿Por qué? ¿No crees en el amor?
―Sí, claro que creo. ―Me aseguro de que mis palabras suenen convincentes
y las acompaño con una mirada fija a sus ojos―. El problema está en que
confunden amor con dependencia. Pocas personas viven realmente el amor.
―Te puedo asegurar que esta historia que te contaré… es de esos amores
que se encuentran encerrados en los libros… Es la historia que me pedirás que
te repita una y otra vez porque querrás volver a vivir la intensidad con la que
se amaron sus protagonistas hasta que la fatalidad los separó. Incluso, cuando
te cuente cómo se conocieron, al despertar… correrás a escribir todo aquello,
porque querrás asegurarte de retener contigo cada detalle.
―Tú estás loco ―digo en una afirmación.
―¿No me crees? Bueno… No digas que no te lo dije.
Y esa mañana sonó la alarma, y corrí como desesperada a encender el
ordenador, abrí Word y entonces comenzó la magia. Una magia que jamás en mi
vida había experimentado, con la adrenalina recorriéndome las venas y con mis
dedos danzando en el teclado, cual pianista reacciona a la música, así mismo me
sentía yo ese día. No podía parar.
Luego de asegurarle de que estaba loco, él comenzó a contarme pequeñas
partes de cómo se conocieron Leonela y Patricio.
Aquel día cambió mi vida, aquel sueño fue el inicio de una etapa que
jamás creí iniciaría. ¿Escribir? ¿Yo que con suerte leía el periódico y para lo
único que tomaba el lápiz era para anotar los recados de la oficina? Bien, él
tenía razón, tenía la necesidad de llevar conmigo a Leonela y Patricio. Así fue
al principio, pero luego, con el paso de los días, Valentín se volvió parte
importante de esa necesidad.
Los sueños eran seguidos y el hombre misterioso seguía invadiendo mis
noches, donde nos encontrábamos en aquel lugar desconocido, nuestro mundo
paralelo, en el cual cada día nacían nuevos capítulos para la historia.
¿Cómo supe que se llamaba Valentín? Nunca lo supe, lo bauticé así. No
tenía ni la menor idea de cómo se llamaba y yo necesitaba ponerle nombre a su
cara, a sus risas, a sus gestos, a su caballerosidad. Era un ángel. Ahora que lo
analizo, debí ponerle Gabriel. Aun sabiendo que soñaba, me parecía estar en el
paraíso, y es que él hacía de todo para que yo me sintiera entre nubes.
No era solo su físico, que era bastante guapo, sino que era la calidez
de su voz, la forma en la cual me miraba y hasta cómo de vez en cuando se le
escapaban abrazos.
―Te llamaré Valentín.
―¿Valentín? ―preguntó incrédulo.
―Sí, un hombre honesto, caballeroso y sociable. ¿Te puedo hacer una
pregunta?
―Claro, dime.
―¿Los conoces? ¿Quiénes son?
―¿Quiénes? ¿Leonela y Patricio? ―Y otra vez perdió su vista en el
infinito―. No. Es una historia que imaginé.
―Quiero contarte algo… ―susurré con vergüenza. Se detuvo frente a mí y
levantó con delicadeza mi mentón.
―Dime.
―Tenías razón. Estoy escribiendo su historia. ―Y me regaló una sonrisa
maravillosa, extendió sus brazos y me envolvió con ellos.
―Bien, Rafita. ¡Sabía que serías capaz!
―Y te digo… Nunca en mi vida había escrito algo.
Ese día no le quité la sonrisa de encima. Su mundo pareció pintarse de
colores con solo confesarle mi nueva afición. Valentín tenía eso. Confiaba en
mí incluso más que yo misma. Nunca supe qué encontró en mí para deducir que
sería capaz de sacar adelante la historia de aquellos personajes, pero siempre
me dejó en claro que yo era la indicada para mostrarle al mundo la historia.
―Escúchame, Rafaela. Tienes que publicarla en cuanto la termines.
―¿Tú estás loco? ―Caminábamos abrazados, pero me detuve para soltarlo―.
Valentín, eso es algo demasiado mío. ¿Cómo pretendes que publique algo que ni
siquiera sé si está bien escrito? ¡Ya es una locura que te preste oídos!
¿Quieres que me encierren por loca cuando publique y además cuente que un
hombre se mete en mis sueños a contarme historias de amor? ―Largué una
carcajada que me costó la primera discusión con Valentín.
Dos semanas pasaron hasta que se volvió a presentar, ofendido, entre mis
sueños.
―Lo siento ―dije sincera―. Es que tengo miedo. No es fácil para mí
mostrar a personas desconocidas una historia que… no sé si la logré trasmitir
tan bien como tú me la cuentas. ¿Y si no gusta? ¿Y si gusta demasiado?
Aún sin mirarme, me dedicó unas palabras que fueron el puntapié inicial
para emprender un viaje de ida y sin regreso.
―El miedo es la mayor barrera para los sueños. Este es tu sueño,
Rafaela, te lo dije desde el principio. Muchas veces tenemos sueños que no nos
damos cuenta que lo son hasta que se vuelven realidad. Soñar no cuesta nada, y
hacerlo realidad, tampoco. Deberás aprender, porque nada se construye en un
solo día. Ya ves… llevamos meses con la novela y aún no la terminamos. Todo,
absolutamente todo lo que hagas te atemorizará porque es desconocido, pero si
no avanzas, si no arriesgas, jamás sabrás qué te espera del otro lado. ¿Es solo
miedo el que te impide seguir adelante o este no es tu sueño?
―Lo es… ―Mi respuesta fue tímida y mi convicción se vio empañada por la
vergüenza de asumir que por fin tenía un sueño.
Toda mi vida me sentí sin proyectos. Vivía cada día como uno más, me
levantaba y me acostaba pensando en los problemas que debía resolver, pero
jamás había cerrado los ojos con la ilusión en las venas, ni mucho menos los
abría con la adrenalina a mil por tener más material que aportar a mi pequeño
proyecto: Mi propio libro.
Y allí, en ese momento, me di cuenta de que para soñar, solo se necesitaba
un soñador y ese era yo.
Me levanté del sillón y me dirigí a la cocina. Debía comer algo,
cualquier cosa. Abrí el refrigerador y lo volví a cerrar sin sacar ni siquiera
una fruta. Me sentía angustiada. Tenía un par de deudas y aunque la publicación
del libro me trajo dividendos considerables, pensando que gané en dos meses lo
que gano en todo un año... No sería
suficiente. Tampoco digamos que fui Best Seller, pero me ayudó bastante para
cuando papá enfermó. Ahora volvía a cero. No tenía absolutamente nada y
Valentín… él ya no estaba para contarme otra nueva historia.
Y sin motivo alguno, o con mil motivos en realidad, comencé a llorar.
Abrazada a mí misma, apoyé mi cuerpo en la pared de la cocina y caí hasta el
suelo. Me sentía sola, desamparada y con una carga que no sabía si podría
sobrellevar. Mi impulsividad me jugaba malas pasadas siempre, y esta vez,
aunque por fin me sentía libre, tenía una enorme responsabilidad a cuestas.
Pero quedar sin trabajo no parecía afectarme tanto como la ausencia de
Valentín. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había vuelto?
Y allí, entre llanto y llanto, rememoré nuestro último sueño.
―No te imaginas cuánto te quiero, Valentín.
Él me trataba como amigo, con cariño, pero hacía mucho tiempo que yo lo
miraba con otros ojos. Pensé que era una especie de admiración o la famosa
dependencia con la cual confundían el amor. Y lo peor es que nunca lo
descubriría porque él se iría sin poder siquiera probar sus labios.
―Y no sabes cuánto te extrañaré, Rafita.
―¿Extrañarme? ¿Por qué?
―Terminó la historia, Rafa.
Seguía sin encontrarle sentido a su despedida.
―¿Y qué tiene? Podemos seguir siendo amigos. Es más, ¡puedes seguir
contándome historias! ¿Cómo se supone que te voy a contar cómo me fue con la
publicación? ¿No te estarás despidiendo, verdad?
Y me regaló una última carcajada. De lejos se mezcló con el
inconfundible sonido de la alarma que me separaba de él. Lo único que recuerdo
es que le pregunté por el título de la historia, y otras cosas más que quedaban
inconclusas.
―Valentín, no te vayas que voy a despertar.
―Prometo encontrarte.
Y entonces desperté. Lloré una semana, dos, tres, cuatro… Ya ni
recuerdo. Solo sé que el archivo en mi PC seguía sin título y mis noches
seguían sin él.
«Prometo encontrarte». Esa era
la última frase que me había regalado para luego desaparecer. Un mes después de
ese sueño, tecleé el título del libro y sin siquiera revisar el archivo, llegué
y lo envié a cuanta editorial se me ocurrió. Quería finalizar pronto esa etapa.
Me había prometido cumplir mi palabra con Valentín, aunque me hubiese
abandonado, y lo hice. Cuando recibí la respuesta negativa de tres editoriales,
me deprimí y lancé gritos a la casa con la nula seguridad de que llegaran a
oídos de él.
―¡Viste, te lo dije, no valía la pena publicar nada! ―Luego bajaba la
voz y decía para mí―: Quizás nunca debí dejar que terminaras de contarme esa
historia.
Pero entonces, sucedió lo inesperado. Una se interesaba por la historia,
una bastante importante a nivel mundial. ¿Qué hice en cuanto supe? Llorar. ¿Les
dije que soy llorona? Digo… por si no se han dado cuenta. Llorar de felicidad y
desear que Valentín estuviera a mi lado para abrazarlo, eso hice. Pero luego
también lo maldije por dejarme sola, y volvía a llorar por el mismo motivo.
Al fin y al cabo, mi vida estaba vuelta al revés. Recordar a Valentín me
hacía mal. Me había enamorado de un hombre perfecto, pero como todo hombre
perfecto… no existía más que en mi mente. ¿Por qué si era imaginario yo lo sentía
tan real? Lo sentía en la piel cuando me abrazaba, y sentía su ausencia ahora
que él no estaba. Prometo encontrarte fue mi primera y única novela. No escribí
más y sin Valentín no tenía sentido pensar siquiera en otra historia.
¿Qué donde quedaban mis sueños ahora? No tenía la menor idea. No la
tenía hasta que esa noche, antes de dormir, recibí un mail de mi editor.
«Reunión urgente mañana en mi oficina a las tres de la tarde».

Ya me pegue a la historia de Rafia ....ay Valentin no te escondas. ...aparece! <
ResponderEliminarVamos a ver si vuelve a encontrárselo ;)
EliminarUh !!!!!!!!!!!Valentín aparecerá?
ResponderEliminarQue interesante, se que aparecerá Valentin ojala en carne y hueso
ResponderEliminarYa enganchada. Cuando aparecerá Valentin????
ResponderEliminarLo que preguntamos todas: ¿Cuando aparecerá Valentin?????? ¿Cuando llegara el segundo capitulo?????
ResponderEliminarYa enganchadísima!!!!!! ANSIOSA....