viernes, 4 de septiembre de 2015

Capítulo 1: Rafaela













Rafaela



―Rafa, ¿podrías venir a mi oficina?
―Claro, dame un segundo y estoy contigo ―digo en cuanto veo pasar a Marco, mi jefe hace un par de años. No lo soporto, ni él a mí… pero nos debemos respeto. Guardo el archivo en el que estoy trabajando y me dirijo a su oficina―. Permiso, dime.
―Siéntate… ―Señala la incómoda silla frente a su escritorio. Esto me huele mal…
―Rafaela, he recibido comentarios en la oficina; que ya no prestas atención, que estás distraída… Creo que el temita de tu libro te tiene en otro lado, y no aquí con nosotros.
¡Comentarios en la oficina!... Y este bruto se presta para eso. De seguro Ágata está metiendo sus narices en esto. Respiro profundo, escarbo en mi interior para buscar la tranquilidad que no poseo, y antes de lanzar cualquier improperio, estiro mi mano y me bebo de un gran sorbo el agua de mi jefe, quien atónito me mira. ¡Fue un error! ¡Un maldito error contar que estaba escribiendo! Yo y mi gran boca. Ya decía mamá que yo era más bonita con la boca cerradita. ¡Soberana estúpida fui! Respira, Rafa, Respira.
―¿Quién te hizo tal comentario?
―Da igual, pero me preocupa.
―Marco, no da igual… Si estás haciendo una acusación, mínimo debo saber la fuente. Estamos entre adultos y aquí no voy a asesinar a nadie como para que le resguardes la identidad. «Aunque me muera de ganas de hacerlo.»
―No te lo diré, tómalo como una amonestación verbal.
Me levanto, enojadísima, buscando las palabras exactas para despedirme de esta mierda de trabajo que hace tiempo me tiene hasta la coronilla.
―Dos cosas, Marco… No, mejor tres. ―Enumero con mis dedos… Ya estoy como Leonela, mi protagonista… enumerando. ―Uno, un libro no se escribe en la oficina… ¡Ya quisiera yo! Dos, para la próxima que hables conmigo, ponte pantalones. ―Se mira, al parecer a parte de no tener pantalones, es estúpido―. Tres, ¡renuncio!
Uf, qué bien sonó eso. Es como si mi mochila hubiese retirado toda su carga… Me siento tan livianita «Y sin dinero también». Ya, es cierto, no tengo dónde caerme muerta, pero no creo que me cueste mucho encontrar un nuevo trabajo. En uno en el cual no diga ni mu sobre mi doble vida… Aunque no haya escogido a tiempo un seudónimo para escribir, por lo menos mantendría todo en secreto.
Salgo a paso firme, caminando entre las oficinas bajo la mirada de los curiosos de siempre, de esos que no viven sin estar pendiente de la vida del otro. Pero no miro hacia atrás, ya me decidí. Adiós a las sonrisas fingidas por la mañana, adiós a las horas extras, adiós a cubrir turnos a gente que no lo valora. Bienvenida, Rafaela, escritora…

Soy Rafaela, tengo veinticinco años, y se me ocurrió escribir… Sí, ya sé, estoy medio loca, entera de loca a decir verdad, pero si no escribía lo que mi muso me ponían en la cabeza, de seguro que más loca me colocaba.

Todo comenzó así…
Una noche tuve un sueño, y ese sueño consistía en que un hombre me relataba una historia de amor. No, él no era el protagonista, pero cada noche nos encontrábamos en sueños, él me contaba la historia y yo en cuanto despertaba, escribía todo lo que durante la noche me revelaba. ¿Pueden creerlo? Bueno, así fue como nos conocimos, Valentín cada noche me relataba la historia de Leonela y Patricio. Una historia de amor con todas sus letras… ¡Hasta envidia le tenía a esos dos, salvo por tan triste final…! Pero como decía Valentín: «Cada cual tiene una historia de amor destinada… no apures tiempos ni apures los de tus protagonistas». ¡Era un genio!
Tan solo con recordarlo, suspiro. Me tomo unos minutos para intentar saborear un poco más aquellos recuerdos que me hacen tan feliz y luego vuelvo a caminar a paso firme por la Avenida.
No, no tengo coche, así que levanto el dedito para detener un taxi.
―Buenas tardes, señorita, ¿dónde desea que la lleve?
―Avenida Reinald Mills, #0705

Cierro los ojos y comienzo a recordar mi primera cita con Valentín…
La luz me encandila, no me deja distinguir lo que tengo en frente, pero una voz se roba mi atención.
―Hola... Te estaba esperando.
―¿A mí?... No te conozco. ¿Quién eres? ―Sonríe y me quedo sin palabras.
Comienzo a adaptarme a lo que me rodea: prado, rayos de sol y un joven frente a mí que está sentado en la base de un árbol.
―Ven, Rafa... No temas, no te haré daño.
―Sabes mi nombre... ―digo en un leve murmullo, sin acercarme aún.
―Así es... ―Me mira unos segundos y luego con su palma golpea despacio el césped que hay a un costado de él―. Insisto, siéntate.
―¿Dónde estoy? ―miro a todos lados, buscando un lugar que pueda asociar.
―Es tu sueño, tú has elegido el lugar. ―Se encoje de hombros, y me enoja que me tome el pelo. Doy media vuelta, sin saber a dónde ir.
―Hey... No te vayas.
―Me estas tomando el pelo...
Intento avanzar hacia cualquier lado pero él se levanta raudo y me toma el hombro, una vez que se asegura que no escaparé, estrecha su mano derecha para recibir la mía. Su mano es suave, tan suave como inquiero que son sus rubios cabellos que resplandecen con los rayos de sol. Miro sus ojos, son color ámbar, luego me detengo en su vestimenta, totalmente blanca. Instintivamente miro mis ropas… blancas, impolutas como las de él. Llevo un pequeño short y un top. Por un segundo, miro al cielo y pienso que tal vez…
―No, no estamos en el cielo, Rafa. Este es tu sueño.
Luego de dejarme con la boca abierta, ya que por lo visto lo soñé con la capacidad de leerme la mente, nos quedamos en completo silencio. Suelta mi mano y se gira para caminar. Y bueno, le sigo.
Mucho tiempo caminando y en silencio, me aburre. Así que para conversar algo, pregunto:
―Ya que no me dices dónde vamos, quién eres ni nada… ¿Podrías decirme si falta mucho? ―Se detiene un segundo para mirarme y yo, quejumbrosa, digo apuntando a la tierra―: Es que vine con tacones…
Su carcajada deja una pequeña vibración en el aire que me emboba por un rato, hasta que logro escucharlo decir:
―Solo a ti se te podía ocurrir soñar con un lugar como este y venir con esos zapatos.
―Créeme que si hubiese sabido cuánto caminaríamos… me soñaba descalza ―digo empezando a cojear por el intenso dolor. Y entonces, el señor incógnito me toma de tal manera que cuelgo por su espalda.
Me dirige por la hierba. No hay caminos trazados, pero sus pasos me llevan a un lugar totalmente desconocido y que quizás, en un futuro, se convierta en uno de mis favoritos.

―Señorita, hemos llegado.
El chofer del taxi se detiene frente a un edificio. Miro por la ventana y en el tercer piso, una ventana abierta, y una cortina color sandía que se mueve con el viento me dan la bienvenida. ¡Hogar, dulce hogar!
Cancelo la carrera y entro al edificio.
―Buenas tardes, Rafita. ―Él es Sebastián, el atento recepcionista que cada día tiene una sonrisa para mí. Debe tener la edad de mi padre o quizás es que al no tener al mío cerquita, en él veo a un ser protector.
«Lo siento, Seba, hoy no es un buen día para charlar».
Tan solo le entrego una sonrisa que me cuesta esbozar y sigo de largo. No tomo el ascensor, hoy quiero usar las escaleras. Caminar lento, disfrutar cada paso y ojalá que al dar cada uno de ellos, dejar atrás esa amargura que se me instaló desde que me di cuenta de que renunciar había sido el peor de los impulsos de mi vida. Es decir, desde que salí de la oficina.
Abro la puerta de mi departamento y me encuentro con un desorden monumental. No, no me habían entrado a robar. Aunque mi mala suerte me acompaña este día, no puedo atribuirle a mi nube negra el desastre que tengo ante mis ojos. Había sido yo esta mañana. Desperté demasiado tarde y tiré todo por todos lados mientras me maquillaba y vestía para irme a trabajar.
A mi derecha, podía ver mi ordenador aún encendido. Mi vida era un completo desorden y eso se notaba tanto en mis horarios, en cómo organizaba mi departamento y para ponerle la raya a la suma, desde hoy agregaba mi cesantía.
Me dejo caer sobre el sillón que hay en la sala y cierro los ojos. Extraño esos momentos en que todo parecía andar normal. Esos en los que pasaba como una mujer común y corriente, con un trabajo común y corriente y con una vida bastante plana. Y mis pensamientos me llevan otra vez a Valentín. Todo cambió cuando él apareció. Cada minuto de mi vida fue distinto desde aquel día…

Llevo caminado… o mejor dicho colgando del hombro de ese hombre un par de minutos hasta que por fin me baja. Sus manos casi envuelven la totalidad del contorno de mi cintura y me hace tocar el suelo tan delicadamente que pareciera que soy de cristal.
―Listo ―dice y vuelve a sonreír.
―Rafaela, mucho gusto. ―Estrecho mi mano, otra vez.
―Ya nos habíamos presentado.
―Pero aún no sé cómo te llamas.
Mira a un punto fijo hacia la derecha. Traga saliva y su nuez de adán sube y baja con el movimiento… y yo, parece que me pierdo.
―Es bastante solitario acá ―dice al fin―. ¿Corresponde a un terreno familiar?
Me mira. Me mira y mira y yo no entiendo nada. Él me guía durante minutos y ahora pregunta como si yo supiera algo de todo esto.
―Mira… Como te llames. No tengo ni la menor idea de dónde estamos, ni qué hago aquí ni mucho menos quién eres. Si tú sabes algo, ¿me podrías explicar?
―¿Qué comiste antes de dormir?
―¿Y a qué viene esa pregunta?
―Dicen que cuando ingieres alimentos muy pesados, se tienen pesadillas… ―Ah, bueno. Aparte de soñarlo con la capacidad de leerme la mente, el caballero sabe sobre la alimentación. ¿Dijo pesadilla? Él no es una pesadilla, solo estoy confundida y no sé a qué se debe todo esto.
―¿Cómo te llamas? ―pregunto obviando sus conjeturas.
Ahora me observa. Otra vez sus ojos me prestan atención pero en ellos se ve la misma incertidumbre que siento.
―¿No sabes, verdad? ―pregunto nuevamente y él antes de negar, se sienta en un tronco que hay tirado por ahí.
―¿Recuerdas algo? ―Hoy estoy muy preguntona. Lo digo despacito mientras me acuclillo a su lado. Pero obtengo otra negativa, entonces concluyo―; Ya veo, los dos aparecimos en un sueño. ¿Por qué estás tan seguro de que es mi sueño y no el tuyo?
―Rafaela… ¿Alguna vez dejas de hacer tantas preguntas? ―Se levanta y vuelve a verse el hombre imponente que se presentó ante mí.
―Sí… Generalmente cuando tengo todo claro. Estoy metida en un sueño… que supongo es un sueño y no estoy en el cielo. ¡Cómo me haya muerto y no me quieras decir, te prometo que me vengaré! ¿Eres Dios? ―digo muy seria.
Y llena todo con otra carcajada y aunque no fuera Dios yo lo bautizo como tal.
―No te rías. Esto es serio. Estoy metida en un sueño, con un hombre que aparte de llevarme de aquí para allá y reírse de mí no me dice nada… ¡Y no sabe ni como se llama! ¿Tienes algo interesante que contar mientras espero a que suene la alarma de mi celular? Anoche me dormí tarde y ya debe ser hora de ir a trabajar.
―Parece que tú tienes más cosas interesantes que contarme que yo a ti.
―Pero yo ya conozco mi vida y quiero saber de la tuya… o de lo que recuerdes de ella. ―Me siento frente a él en posición india mientras juego con un mechón de mi cabello.
―No te puedo decir mucho de mí, pero puedo hablarte de una historia de amor.
―¿De amor? Vamos, a ver con qué me vas a salir. ―Sonrío.
―¿Por qué? ¿No crees en el amor?
―Sí, claro que creo. ―Me aseguro de que mis palabras suenen convincentes y las acompaño con una mirada fija a sus ojos―. El problema está en que confunden amor con dependencia. Pocas personas viven realmente el amor.
―Te puedo asegurar que esta historia que te contaré… es de esos amores que se encuentran encerrados en los libros… Es la historia que me pedirás que te repita una y otra vez porque querrás volver a vivir la intensidad con la que se amaron sus protagonistas hasta que la fatalidad los separó. Incluso, cuando te cuente cómo se conocieron, al despertar… correrás a escribir todo aquello, porque querrás asegurarte de retener contigo cada detalle.
―Tú estás loco ―digo en una afirmación.
―¿No me crees? Bueno… No digas que no te lo dije.

Y esa mañana sonó la alarma, y corrí como desesperada a encender el ordenador, abrí Word y entonces comenzó la magia. Una magia que jamás en mi vida había experimentado, con la adrenalina recorriéndome las venas y con mis dedos danzando en el teclado, cual pianista reacciona a la música, así mismo me sentía yo ese día. No podía parar.
Luego de asegurarle de que estaba loco, él comenzó a contarme pequeñas partes de cómo se conocieron Leonela y Patricio.
Aquel día cambió mi vida, aquel sueño fue el inicio de una etapa que jamás creí iniciaría. ¿Escribir? ¿Yo que con suerte leía el periódico y para lo único que tomaba el lápiz era para anotar los recados de la oficina? Bien, él tenía razón, tenía la necesidad de llevar conmigo a Leonela y Patricio. Así fue al principio, pero luego, con el paso de los días, Valentín se volvió parte importante de esa necesidad.
Los sueños eran seguidos y el hombre misterioso seguía invadiendo mis noches, donde nos encontrábamos en aquel lugar desconocido, nuestro mundo paralelo, en el cual cada día nacían nuevos capítulos para la historia.
¿Cómo supe que se llamaba Valentín? Nunca lo supe, lo bauticé así. No tenía ni la menor idea de cómo se llamaba y yo necesitaba ponerle nombre a su cara, a sus risas, a sus gestos, a su caballerosidad. Era un ángel. Ahora que lo analizo, debí ponerle Gabriel. Aun sabiendo que soñaba, me parecía estar en el paraíso, y es que él hacía de todo para que yo me sintiera entre nubes.
No era solo su físico, que era bastante guapo, sino que era la calidez de su voz, la forma en la cual me miraba y hasta cómo de vez en cuando se le escapaban abrazos.
―Te llamaré Valentín.
―¿Valentín? ―preguntó incrédulo.
―Sí, un hombre honesto, caballeroso y sociable. ¿Te puedo hacer una pregunta?
―Claro, dime.
―¿Los conoces? ¿Quiénes son?
―¿Quiénes? ¿Leonela y Patricio? ―Y otra vez perdió su vista en el infinito―. No. Es una historia que imaginé.
―Quiero contarte algo… ―susurré con vergüenza. Se detuvo frente a mí y levantó con delicadeza mi mentón.
―Dime.
―Tenías razón. Estoy escribiendo su historia. ―Y me regaló una sonrisa maravillosa, extendió sus brazos y me envolvió con ellos.
―Bien, Rafita. ¡Sabía que serías capaz!
―Y te digo… Nunca en mi vida había escrito algo.

Ese día no le quité la sonrisa de encima. Su mundo pareció pintarse de colores con solo confesarle mi nueva afición. Valentín tenía eso. Confiaba en mí incluso más que yo misma. Nunca supe qué encontró en mí para deducir que sería capaz de sacar adelante la historia de aquellos personajes, pero siempre me dejó en claro que yo era la indicada para mostrarle al mundo la historia.
―Escúchame, Rafaela. Tienes que publicarla en cuanto la termines.
―¿Tú estás loco? ―Caminábamos abrazados, pero me detuve para soltarlo―. Valentín, eso es algo demasiado mío. ¿Cómo pretendes que publique algo que ni siquiera sé si está bien escrito? ¡Ya es una locura que te preste oídos! ¿Quieres que me encierren por loca cuando publique y además cuente que un hombre se mete en mis sueños a contarme historias de amor? ―Largué una carcajada que me costó la primera discusión con Valentín.
Dos semanas pasaron hasta que se volvió a presentar, ofendido, entre mis sueños.
―Lo siento ―dije sincera―. Es que tengo miedo. No es fácil para mí mostrar a personas desconocidas una historia que… no sé si la logré trasmitir tan bien como tú me la cuentas. ¿Y si no gusta? ¿Y si gusta demasiado?
Aún sin mirarme, me dedicó unas palabras que fueron el puntapié inicial para emprender un viaje de ida y sin regreso.
―El miedo es la mayor barrera para los sueños. Este es tu sueño, Rafaela, te lo dije desde el principio. Muchas veces tenemos sueños que no nos damos cuenta que lo son hasta que se vuelven realidad. Soñar no cuesta nada, y hacerlo realidad, tampoco. Deberás aprender, porque nada se construye en un solo día. Ya ves… llevamos meses con la novela y aún no la terminamos. Todo, absolutamente todo lo que hagas te atemorizará porque es desconocido, pero si no avanzas, si no arriesgas, jamás sabrás qué te espera del otro lado. ¿Es solo miedo el que te impide seguir adelante o este no es tu sueño?
―Lo es… ―Mi respuesta fue tímida y mi convicción se vio empañada por la vergüenza de asumir que por fin tenía un sueño.
Toda mi vida me sentí sin proyectos. Vivía cada día como uno más, me levantaba y me acostaba pensando en los problemas que debía resolver, pero jamás había cerrado los ojos con la ilusión en las venas, ni mucho menos los abría con la adrenalina a mil por tener más material que aportar a mi pequeño proyecto: Mi propio libro.
Y allí, en ese momento, me di cuenta de que para soñar, solo se necesitaba un soñador y ese era yo.

Me levanté del sillón y me dirigí a la cocina. Debía comer algo, cualquier cosa. Abrí el refrigerador y lo volví a cerrar sin sacar ni siquiera una fruta. Me sentía angustiada. Tenía un par de deudas y aunque la publicación del libro me trajo dividendos considerables, pensando que gané en dos meses lo que gano en todo un año...  No sería suficiente. Tampoco digamos que fui Best Seller, pero me ayudó bastante para cuando papá enfermó. Ahora volvía a cero. No tenía absolutamente nada y Valentín… él ya no estaba para contarme otra nueva historia.
Y sin motivo alguno, o con mil motivos en realidad, comencé a llorar. Abrazada a mí misma, apoyé mi cuerpo en la pared de la cocina y caí hasta el suelo. Me sentía sola, desamparada y con una carga que no sabía si podría sobrellevar. Mi impulsividad me jugaba malas pasadas siempre, y esta vez, aunque por fin me sentía libre, tenía una enorme responsabilidad a cuestas. Pero quedar sin trabajo no parecía afectarme tanto como la ausencia de Valentín. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había vuelto?
Y allí, entre llanto y llanto, rememoré nuestro último sueño.
―No te imaginas cuánto te quiero, Valentín.
Él me trataba como amigo, con cariño, pero hacía mucho tiempo que yo lo miraba con otros ojos. Pensé que era una especie de admiración o la famosa dependencia con la cual confundían el amor. Y lo peor es que nunca lo descubriría porque él se iría sin poder siquiera probar sus labios.
―Y no sabes cuánto te extrañaré, Rafita.
―¿Extrañarme? ¿Por qué?
―Terminó la historia, Rafa.
Seguía sin encontrarle sentido a su despedida.
―¿Y qué tiene? Podemos seguir siendo amigos. Es más, ¡puedes seguir contándome historias! ¿Cómo se supone que te voy a contar cómo me fue con la publicación? ¿No te estarás despidiendo, verdad?
Y me regaló una última carcajada. De lejos se mezcló con el inconfundible sonido de la alarma que me separaba de él. Lo único que recuerdo es que le pregunté por el título de la historia, y otras cosas más que quedaban inconclusas.
―Valentín, no te vayas que voy a despertar.
―Prometo encontrarte.
Y entonces desperté. Lloré una semana, dos, tres, cuatro… Ya ni recuerdo. Solo sé que el archivo en mi PC seguía sin título y mis noches seguían sin él.
«Prometo encontrarte». Esa era la última frase que me había regalado para luego desaparecer. Un mes después de ese sueño, tecleé el título del libro y sin siquiera revisar el archivo, llegué y lo envié a cuanta editorial se me ocurrió. Quería finalizar pronto esa etapa. Me había prometido cumplir mi palabra con Valentín, aunque me hubiese abandonado, y lo hice. Cuando recibí la respuesta negativa de tres editoriales, me deprimí y lancé gritos a la casa con la nula seguridad de que llegaran a oídos de él.
―¡Viste, te lo dije, no valía la pena publicar nada! ―Luego bajaba la voz y decía para mí―: Quizás nunca debí dejar que terminaras de contarme esa historia.
Pero entonces, sucedió lo inesperado. Una se interesaba por la historia, una bastante importante a nivel mundial. ¿Qué hice en cuanto supe? Llorar. ¿Les dije que soy llorona? Digo… por si no se han dado cuenta. Llorar de felicidad y desear que Valentín estuviera a mi lado para abrazarlo, eso hice. Pero luego también lo maldije por dejarme sola, y volvía a llorar por el mismo motivo.

Al fin y al cabo, mi vida estaba vuelta al revés. Recordar a Valentín me hacía mal. Me había enamorado de un hombre perfecto, pero como todo hombre perfecto… no existía más que en mi mente. ¿Por qué si era imaginario yo lo sentía tan real? Lo sentía en la piel cuando me abrazaba, y sentía su ausencia ahora que él no estaba. Prometo encontrarte fue mi primera y única novela. No escribí más y sin Valentín no tenía sentido pensar siquiera en otra historia.
¿Qué donde quedaban mis sueños ahora? No tenía la menor idea. No la tenía hasta que esa noche, antes de dormir, recibí un mail de mi editor.

«Reunión urgente mañana en mi oficina a las tres de la tarde».


6 comentarios:

  1. Ya me pegue a la historia de Rafia ....ay Valentin no te escondas. ...aparece! <

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  2. Que interesante, se que aparecerá Valentin ojala en carne y hueso

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  3. Ya enganchada. Cuando aparecerá Valentin????

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  4. Lo que preguntamos todas: ¿Cuando aparecerá Valentin?????? ¿Cuando llegara el segundo capitulo?????

    Ya enganchadísima!!!!!! ANSIOSA....

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