martes, 15 de septiembre de 2015

Capítulo 6: La información es ¿poder?




CAPÍTULO 6
La información es ¿poder?



Desde el baño Rafaela podía escuchar los gritos de Valentín.
―¡Leandro, la quiero fuera de México hoy mismo! ¡No quiero verla nunca más en mi vida! ¡Y te advierto, a la cena de esta noche, si va ella, no voy yo! ―Estaba muy molesto, se paseaba de un lado a otro con teléfono en mano mientras sobaba su entrepierna con la mano libre.
Los que eran testigos de la charla que tenía Valento con el Relaciones Públicas de Chile, no podían creer hasta dónde había llegado todo. El escritor siempre se había comportado de forma altanera tanto con los periodistas como con cualquiera que se le pusiera en frente. Sin embargo, fue él mismo quien dio a conocer su nueva conquista y no conforme con eso, había ventilado parte de su intimidad. Era todo muy raro, les servía en bandeja la información, sin que estuvieran expectantes como lo habían hecho siempre.
―¡Te repito, no la quiero ver en la cena de hoy!

Rafaela se miraba al espejo, estaba igual de furiosa. Miró otra vez su tanga y cerró los ojos imaginando la cara de Valentín cuando le vio toda su ropa. ¡Era un intruso!
Pero no se iba a quedar así, claro que no. Y tampoco iba a quedar ella como la mala de la película. Se pellizcó las mejillas, abrió el grifo y procuró dejarse caer en los ojos algunas gotas de agua, para luego salir como alma que se la lleva el viento hacia el salón en donde Valento montaba su numerito. Le quitó el teléfono de las manos y comenzó a hablar ella con Leandro.
―¡Esto es el colmo, Leandro! ―dijo hipando, con un fingido llanto―. Este hombre me denigra delante de todos los periodistas y aquí nadie hace nada.
Valentín ladeó los ojos y se llevó las manos a la cadera mientras sus orificios nasales se contraían y dilataban a gran velocidad.
―Estoy muy humillada, no cuentes conmigo para la cena de esta noche. ¡No voy! ―Leandro le iba a pedir que por favor no asistiera, pero no pudo ni hablar cuando ella ya estaba contestando―. No… no es necesario que me ruegues que vaya, ¡ya está decidido! ―Y cortó.
Siguió suspirando falsamente compungida y salió por una puerta lateral para esquivar a los periodistas, pero no sin antes dar una miradita a Valentín, que parecía asesinarla con la mirada. Le sonrió ganadora y desapareció.
―¡Te equivocaste! En vez de escritora debiste ser actriz ―gritó él, pero ya era demasiado tarde.

Dicen que la información es poder, y Rafaela llegó a su habitación para hacer uso de ese dicho.
―Hay que conocer al enemigo para saber cómo atacarlo. ―Se dijo mientras encendía su computadora portátil.
Esa tarde quiso saber todo de él. No tenía tiempo si quería dar su golpe de gracia. Estaba en ello, cuando sus amigas la llamaron por Skype. Les contó todo lo que había vivido durante las últimas horas desde que Valento Ruminó se cruzó en su vida… real.
―¡Es un degenerado! ―Se espantó Lizzy―. ¡Merecido todo lo que hiciste para defenderte!
―¡No la apoyes! Rafaela, te vas a meter en problemas ―aseguró Alejandra.
―Bueno… ¿ustedes son amigas de quién?
―De ti… por lo mismo no queremos que te ciegues con la idea de vengarte de él. Eres impulsiva y prácticamente esto es lo único que te queda para solventar gastos. No puedes darte el lujo de que ahora te despidan de la editorial.
Alejandra era su conciencia, pero ese día no estaba para prestarle atención. Simplemente movió la cabeza y se excusó diciendo que debía prepararse para la cena de esa noche.
―¿Finalmente vas a ir? ―preguntó Lizzy.
―Algo así… ¡Besos!
―¡Ojo con lo que haces! ―gritó Ale antes de que Rafaela cortara la comunicación y siguiera en la tarea de averiguar las debilidades del impostor.
Sonrió en cuanto encontró lo que necesitaba…

Luego de que Rafaela desapareció de la vista de Valento, intentó calmarse.
―Valento… Yo… ¿Necesitas que te ayude en algo? ―ofreció Carolina.
―Sí… ―Hizo una mueca que no alcanzó a ser sonrisa y luego gritó―: ¡Que todo el mundo desaparezca de mi vista!
Todos dieron un saltito y vieron como Valentín abría la puerta tras la cual estaban los periodistas.
―¡No voy a dar declaraciones! ―advirtió mientras una ola de gente lo invadía con preguntas.
―¿Está todo bien? ―decía una.
―¿Cuánto tiempo llevan juntos? ¿Es su primera discusión? ―insistían otros.
―¿Qué tiene de especial para ser la primera que nos presentas, Valento? ―reclamó una última. Valentín frenó su andar, miró a la reportera y contestó.
―Siempre hay una primera vez para cometer un error… Perfecto no soy, y esta mañana lo han comprobado.
Todo se silenció y tan solo se sintieron los pasos de Valentín camino al ascensor.
Se recostó sobre la pared del receptáculo y se tomó el puente de la nariz, agotado. Se le había salido todo de las manos, no debió rebajarse a las niñerías de Rafaela, puso en juego absolutamente todo por lo que había trabajado ese año. De ser un hombre admirado y perseguido por la prensa, expectantes de su vida, ahora se había convertido en el payaso de la farándula. Un día le había bastado para romper todas las reglas autoimpuestas y derribar su carrera como piezas de dominó.
Tomó su teléfono y envió un mensaje, debía asegurarse cómo iban las ventas de su libro. Subiendo, ¡por lo menos! Si se hubiesen ido a pique, no podría seguir ayudando a Orlando.
Entrando a su habitación, quiso saber de él.
―¡Amigo querido! ―respondió entusiasta el hombre al otro lado del teléfono.
―Hola, Orlando, ¿Cómo te sientes hoy? ―preguntó carente de emoción.
―Mejor, ya sabes cómo es esto… ¡Hey, te vi en televisión! ―exclamó con el mismo entusiasmo de años anteriores… Antes de que todo cambiara entre ellos.
―No mires esas cosas. Sabes cómo es este mundo. ¿Magaly está ahí? ―carraspeó.
―Sí, sí… ¿Quieres hablar con ella?
Valentín suspiró. Si hubiese sido otra persona, le habría gritado que ya bastante se había demorado en comunicarlo con la enfermera. Pero fue paciente, con él y a pesar de todo, lo fue.
―Sí, Orlando… Por favor. ―Cuando la referida atendió a su jefe, él le ordenó―: Magaly, asegúrate de que no vea televisión. Entretenlo con música, sácalo a pasear… cualquier cosa que lo aleje del escándalo en el que estoy metido, por favor.
―Como usted diga, señor Valentín.
Pasaron unos segundos… y el hombre dijo:
―Gracias, Magaly.
Miró su habitación y recordó que sus cosas estaban en la habitación de la mujer que le complicaba la vida. No la quería ver, pero necesitaba recuperar sus cosas.
Una vez que estuvo frente a sitio enemigo, golpeó.
―Pasa, Carolina… ―dijeron desde dentro. No se llamaba Carolina pero tampoco iba a explicarle. Estaba apurado.
―Tápate los ojos si no quieres verme, que yo haré... ―Y quedó con la palabra en la boca.
Rafaela se giró en cuanto escuchó aquella voz y no alcanzó a taparse. Lucía un diminuto conjunto de ropa interior. Estaba completamente expuesta y ninguno de los dos supo cómo reaccionar. Fueron segundos exorbitantes los que estuvieron mirándose.
Valentín siguió su instinto primitivo, posó sus manos en la cintura de ella y la arrastró hasta una pared.
―Qué haces aquí… ―exigió ella, jadeante.
―¡Devuélveme mi maleta! ―Podría haber alargado su mano y la maleta estaba a su alcance, pero era más tentador sentir cómo era la piel de Rafaela.
―Ahí la tienes… ―Apuntó con su mentón, el que temblaba por el roce.
Él  no quería soltarla, pero lo hizo. Tomó la maleta mientras Rafaela lo miraba confundida. Pero él se volvió, con una mano le tomó la cara y con su boca le recorrió los labios. Succionó, disfrutó, saboreó a su antojo y después se apartó con furia, para decirle sobre sus labios:
―Gracias… amorcito. ―Y se fue dando un portazo.
Conmovida y extasiada por lo que acababa de suceder, se quedó petrificada en esa pared.
Valentín quedó igual, ya la había besado antes, pero este beso había sido distinto. ¡Claro que lo había sido! La odiaba más y vestía menos ropa. Esos eran los dos nuevos componentes. Pero aun así, no estaba del todo convencido. ¿Qué hacía esa mujer aparte de ponerlo en ridículo constantemente? No tenía idea… Ni siquiera Antonia había logrado producirle lo que Rafaela había provocado con solo un beso.
Dejó sus conjeturas para después y se dedicó a prepararse para la última cena antes de volver a Chile… Ciro quería una reunión urgente con él y Rafaela. Iría a exponer su renuncia a la editorial o proponer la dimisión de Rafaela. Sería él o ella, juntos imposible.

La escritora caminaba nerviosa por los pasillos del hotel, aún no tenía claro si se atrevería o no a hacer lo que había planeado antes de que Valentín apareciera, pero continuaba transitando y mirando a todos lados como una delincuente a punto de actuar.
Llegó a la cocina, llamando la atención de los presentes.
―¿Necesita algo, señorita? ―preguntó un camarero que arrastraba un carro con platos.
―Disculpe… esto que lleva… ¿Es para la cena de la feria?
―No, esto es para un evento privado. ¿Tiene algún problema con lo que se sirvió en el salón de la cena de cierre de la feria? ―preguntó el atento empleado.
―¿Ya la sirvieron?
―Sí, hace un minuto montamos todo.
―Necesito un favor… ―dijo acariciándose de forma nerviosa sus manos―. El menú contempla camarón… ―intentó.
―No, calamar… fue lo que se nos pidió expresamente. Uno de los asistentes es alérgico al camarón. Ya sabe, cosas de famosos. ―El hombre se acercó y confidenció―: Es ese tal Valento Ruminó. ¡Y tiene un mal genio…!
Rafaela alzó las cejas. Bien… era lo que necesitaba saber.
―Es que ese es el problema. La persona que les dio la información, no les dio la correcta. Él lo que no come es calamar… ―«Ay, señor… Si meto la pata, la meto hasta el fondo», pensó.
―¿Está segura? Si es así debo solucionarlo antes de que ingresen. Ahora deben estar en el brindis oficial.
―Créame, soy su novia. ―Y allí cavó su propia tumba.

Valentín habló con algunos escritores de otras editoriales. La cena contaba solo con prensa acreditada y aunque le preguntaron por la ausencia de Rafaela, él no quiso dar declaraciones.
Sentía que todo volvía a la normalidad, había recuperado la tranquilidad que esa intrusa le había robado y todo volvía a girar a su alrededor, pero muy internamente, extrañaba el huracán que se desataba cada vez que estaban juntos. Recordó más veces de lo que quiso aquel beso. Sus labios habían respondido, eran suaves, dulces y por un momento sintió que su boca estaba vacía si no la besaba. Movió la cabeza para apartar sus absurdos pensamientos, se sentó a la mesa que le habían asignado y esperó a que el resto de los comensales se sentaran para probar la entrada que ya estaba perfectamente servida. Si hubiese estado más atento a lo que comía en vez de volver a caer en el recuerdo de los labios de Rafaela, habría advertido que lo que consumía era un veneno natural para él.
A la tercera cucharada, su garganta pareció cerrarse por completo. El pecho le quemaba por dentro y su nariz se esforzaba por llenarse de aire para que llegara a sus pulmones. El corazón se le disparó y se obligó a toser para quitarse la sensación. No daba resultado, sus compañeros de mesa pensaron que se había trapicado, pero cuando lo vieron tambalear y caer hacia atrás, casi convulsionando, llamaron a un médico.
Desde un rincón, Rafaela era testigo de lo que su impulsiva y descabellada idea de venganza había causado. Se quería morir. Así no debería haber resultado. Había sido una jugarreta que a lo más tendría que haber llenado de ronchas a su adversario, pero se le salió de las manos. ¡Vaya que sí!
Corrió al lugar, pidió que despejaran el área y se aseguró de quitar los botones de los primeros ojales de su camisa para que respirara mejor.
―¡Ay, Dios mío, perdóname! ―susurraba mientras intentaba darle aire con la mano. Nada.
Los paramédicos corrieron a auxiliarlo, pero por su estado decidieron trasladarlo a la clínica más cercana.
Rafaela se levantó con la intención de acompañarlo, pero Carolina no se lo permitió.
―¿Qué hiciste, Rafaela? ―En cuanto la escritora la escuchó, se dio media vuelta y la miró a los ojos. Culpable, aterrada, arrepentida y con ganas de llorar.
Adiós, Valentín. Adiós, México. Adiós, Editorial.



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