viernes, 25 de septiembre de 2015

Capítulo 11: Bandera Blanca





Capítulo 11
Bandera Blanca



Valentín

Rafaela me tiene desesperado. Bien dicen que uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. Ahora que como defensa le dije que no estaba dentro de mis opciones, la muy condenada me provoca no solo con su lengua sino que también con su cuerpo. ¡Y vaya qué cuerpo!
Intento disimular todo lo que puedo lo que ella provoca en mí y en mi pantalón. Difícil, pero lo intento.
―Voy a sacar las maletas del auto, si quieres te adelantas ―le digo para que me dé tiempo a tranquilizarme.
―No te preocupes, te espero. Además se supone que tenemos que entrar juntitos, mi amor. ―Utiliza ese tonito dulce que le da a sus palabras cuando quiere coquetear, luego sonríe y a mí se me para… el corazón.
Suspiro y acomodo con disimulo mi pantalón. Al salir del auto siento cómo ella se aclara la garganta, la miro y me dice señalando la puerta.
―¿Qué pasó con los caballeros de hoy en día? ―Esta mujer se parece a Google, tiene respuestas y preguntas para todo.
Cabreado por lo que se avecina, ya que de seguro seré su chaperón, rodeo el auto y le abro la puerta a la dama. Lo primero que saca con delicadeza es una pierna, luego otra y finalmente, apoyada de mi mano, se levanta para quedar frente a mí.
―Gracias, mi amor.
Me guiña un ojo y con un andar armonioso camina para esperarme a la salida del estacionamiento mientras saco las maletas. Yo llevo una pequeña, Rafaela parece haber traído consigo al departamento completo. Cuando la alcanzo, le pido que arrastre mi maleta y con fuerzas entrelazo sus dedos. Encajamos, puedo sentir que tanto sus manos como las mías sudan por tenernos así, tan cerquita. Busco su mirada pero ella parece más concentrada en el piso. Luego de avanzar unos cuantos pasos, ella murmura:
―Si sigues apretando mi mano como lo estás haciendo, en cualquier momento me la amputas. Tranquilo, macho, no me voy a ir. Sé que no puedes vivir sin mí, pero no me está llegando sangre y se me empiezan a adormecer los dedos.
Recién en ese momento me doy cuenta cuánto la he aferrado a mí. Libero la presión que he ejercido en ella y ella se muestra agradecida.
―Lo siento, no me di cuenta.
No necesitamos avanzar demasiado para ver algunas cámaras y dos personas con micrófonos en la mano. Procedemos según lo acordado, actuar “normal”, como si no estuvieran a nuestro alrededor. Ciro no me hubiese pedido que actuara normal si viera lo imposible que es al tener a Rafaela con un vestido que roza lo indecente.
―Bien, veo que ya estamos todos para montar el show.
Rafaela se acaricia el pelo y me arrastra a la fila para abordar. Una vez que estamos ahí, bien juntos, se inclina para guardar o sacar algo de su maleta. ¡Es mala! ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Miro al techo o le miro el trasero? No alcanzo ni siquiera a hacerme la pregunta porque mis ojos se mandan solos.
―¿Haces mucha bicicleta, Rafa? ―pregunto oteando lo torneados que están sus glúteos.
―No soy de hacer ejercicio. ¿Por qué lo…? ―Se gira y su pregunta queda suspendida en el aire cuando descubre lo que estoy mirando―. ¡Qué sucio eres, Valentín! ¿No habías visto uno igual antes? ¡Uf! Dejan mucho que desear tus expectativas.
―Mmm… Un hombre no tiene memoria pero debo reconocer que tienes…
―¡Cállate! ―exclama entre dientes, y luego… de un momento a otro, la tengo pegada a mí, a mi boca. Esta vez nuestro beso es dulce, tierno pero igual de excitante. Cuando nos separamos, acaricia con cariño mi mejilla y con una sonrisa que no logro descubrir si es sincera o fingida, me dice―: Así te ves mucho mejor, mi amor.
Le sonrío y a riesgo de que me dé una bofetada o, como dice ella, me exprima los huevos, envuelvo su cintura con mi brazo derecho y le doy otro beso que a ambos nos deja temblando. ¡Estamos dando un espectáculo genial! Hoy la guerra es de besos.
La fila avanza y con cariño acomodo sus mechones. No sé si lo hago porque pretendo que las cámaras registren lo tierno que puedo ser con mi pareja, o porque quiero que ella lo sepa. Lo cierto es que me le quedo mirando embelesado y ella, con una risa nerviosa se acerca y besa mi mejilla.
―No te pases, Ruminó, que desde aquí los periodistas ya no ven nada.
―¿No? ¿Y entonces por qué acabas de besarme la mejilla y sonreírme como si fuera el hombre de tus sueños? ―Alzo las cejas y a ella se le cae la sonrisa―. Es una broma.
―Sigamos que nos toca entrar a la Zona de Policía Internacional. ―Toma su maleta y vuelve a su postura distante y a la defensiva.
―Mujeres…
Cuando voy a dar un paso al frente, la persona que está detrás de mí me detiene.
―¿Tú eres el escritor? ¿Podrías sacarte una foto conmigo?
―Sí, claro…
Noto por el rabillo del ojo que Rafaela se aleja sin esperarme y por más que intento deshacerme de la fans para alcanzarla, no lo consigo.
―Lo siento, ya debo irme…
Cuando logro liberarme, no veo a Rafaela por ningún lado. Realizo los últimos trámites y paso directo a la sala en la debemos esperar a que autoricen el embarque. Comienzo a ponerme nervioso, ella no aparece y el reloj sigue acortando los minutos que faltan para el despegue.
Saco mi celular y recién en ese momento me doy cuenta de que no tengo el número de teléfono de Rafa. ¡Increíble! Hubiese sido otra mujer, lo primero que le pedía era el teléfono, pero como con ella comencé con el pie izquierdo… ¿Dónde mierda te metiste, Rafaela?
No tengo que esperar para obtener una respuesta. La princesa hace entrada con un montón de bolsas que no tengo idea cómo va a meter en su cartera. No deberían permitir a las mujeres entrar al Duty Free; ¡compran hasta por las dudas!
―Veo que apareciste ―digo mientras sigo con la mirada sus pasos.
―Sí, compré algunas cositas.
―Algunas cositas… ―repito mirando las tres bolsas que lleva en la mano―. Rafa, dame tu número de celular. No lo he registrado.
Sin mirarla espero atento a su respuesta. Cuando levanto la vista, ya no está. Giro mi cabeza, buscando pistas de ella. Nada, solo gente avanzando para entrar al avión.
***

―Señorita, ¿la mujer que estaba recién acá…? ―La azafata que chequeaba la lista de pasajeros en la mesa de la aerolínea se encogió de hombros.
Valentín ingresó a la manga que lo llevaría hasta el avión. De lejos, una cabellera rubia le confirmó que Rafaela ingresaba antes que él.
―Podrías haberme dicho… ¿No crees?
―Ah, es que pensé que pedirías entrada exclusiva como lo hiciste la vez anterior. Y antes de que me advirtieras que entrarías solo…
―¡Qué tonta! No te hubiera dejado sola, además me olvidé de pedir en primera clase ―contestó mientras analizaba que ni siquiera se había preocupado por eso, que antes era tan importante. Ahora su mente la llenaba Rafaela, qué locura.
―Yo sí o sí voy en la ventana, te advierto.
―Como quieras, mi amor. ―Sonrió irónico a la vez que ella le pasaba las bolsas para que las dejara en el compartimiento que había sobre sus asientos.
Las azafatas comenzaron con las indicaciones en caso de emergencia y Valentín no pudo evitar mirarlas de pies a cabeza. Rafaela notó aquella inspección, y mitad broma y mitad verdad, le dijo:
―Soy una novia celosa.
―¿Sí? Lo bueno es que acá arriba no hay cámaras.
―Yo no estaría tan segura… ―contestó de forma cantarina mientras señaló con la vista a un chico que sostenía una cámara y que los miraba desde algunos asientos más adelante.
―Okey, show en el cielo también… ―Se giró y besó sin permiso a Rafaela.
Ella ya se estaba acostumbrando a esa forma que tenía Valentín a invadirla con una furia desmedida que poco a poco se iba suavizando a la par que sus labios y lengua se rozaban. Ella, amparada en seguir el juego, lo disfrutaba sin reclamos, pero si otra hubiese sido la situación, habría puesto muros a su alrededor. Sabía cuánto la afectaba Valentín y también conocía cuánto sufriría cuando el cuentito de hadas se acabara. Él no era el hombre de sus sueños, a pesar de que ya lo había soñado. Valentín, el real, era un hombre apasionado, extremadamente arrogante pero… por alguna razón, cuando lo besaba, podía sentir la esencia de ese hombre del cual se había enamorado.
El escritor, por su lado, pensaba igual. Rafaela era una mujer explosiva en todos los sentidos. Besaba delicioso, alteraba sus hormonas y quizás, hubiese sido una buena conquista de una sola noche. Pero había algo más en ella, algo que no lograba comprender del todo.
Existen personas que nos hacen sentir como en casa, que emanan una paz aunque sean un terremoto. Bien, Rafaela era eso para Valentín, era una mujer con la que se sentía cómodo, tranquilo, en paz… aunque vivieran enfrentándose. Cuando la miraba, cuando la rozaba al descuido, cuando la tomaba de la mano o besaba como ahora, ella desprendía una sensación agradable, cómoda… incluso podía decir que todo aquello ya lo había sentido antes. ¿Quizás con Antonia? Debía ser con ella porque con ninguna otra mujer se había comprometido tanto. Lástima que…
Se separó de golpe y Rafaela quedó suspendida en el aire unos segundos, confundida. Ambos se acomodaron en silencio en sus asientos. No dijeron nada y para el despegue, ella cerró los ojos.
―No te va a pasar nada.
―Eso no lo sabes… ―respondió ella.
―¿Rafaela le tiene miedo a los aviones? ¡Guau! Pensé que tú no le temías a nada.
―A veces eres muy raro, Valentín ―susurró sin prestar atención a su comentario―. Me tomas como si fuera de tu propiedad, pero luego me sueltas como si yo fuera prohibida.
El avión comenzó a estabilizarse en el aire y ella aún seguía con los ojos cerrados. Valentín la miró atento, ¿cómo responderle a esa afirmación? Nunca se había planteado que él la sintiera prohibida. ¿Qué diferencia había entre ella y sus últimas conquistas? ¡Todo! De partida, Rafaela lo enfrentó como si él fuera un mosquito más al que aplastar. Ahora, por cosas del trabajo, la tenía sentada al lado y jugando a ser novios. Pensaba en ella como nunca o casi nunca había pensado en alguien, y ahora… Ella decía que él la trataba como si fuera prohibida.
―No creo que seas prohibida, pero sí que eres una mujer un poco… diferente a las demás.
Rafa abrió los ojos y se rió. Muchos hombres le habían dicho lo mismo, pero con intención de halagarla. Este no… Valentín le estaba diciendo que era inferior a lo que había probado antes… ¡No había caso con Valentín!
―¡Ah, cierto! Tus expectativas son otras… ―Rafaela deslizó una de sus manos por su cabello y lo miró coqueta―. Prohibida porque no estoy dentro de lo que acostumbras a elegir. ¿Alguna vez alguien se enamoró de ti o siempre terminaste alejándolas por tu carácter?
La pregunta dolió más que cualquier otra cosa que ella hubiese dicho o hecho antes. Se le oscureció la mirada y el rostro terminó por desfigurársele. Sin embargo, contestó:
―No siempre fui así.
―Es decir que sí lograste enamorar a alguien y que te correspondiera… ―concluyó divertida, sin darse cuenta de todo lo que sus palabras perforaban aquella coraza que él había armado alrededor de un tema que aún dolía.
―No quiero seguir hablando. Tengo un poco de sueño. ¿No te molesta si me duermo? ―Cambió de tema, no esperó respuesta y cerró los ojos.
Rafaela no comprendía que ni siquiera le hubiese respondido con alguna de sus ingeniosas o altaneras palabrotas. Simplemente contestó con ambigüedades y evasivas. ¿Valentín sí tenía corazón? Y uno muy dolido al parecer.
Toda su estrategia para seducirlo durante el viaje para que luego rogara por ella, se quedó bajo el avión. Él pareció distante, ceñido en sus propios pensamientos y ni siquiera hubo oportunidad de hablar como personas civilizadas. Nada, absolutamente ningún contacto entre ellos más que estar uno al lado del otro.
No le gustaba ese Valentín. Prefería que le peleara a que la ignorara y, por alguna impulsiva razón, Rafaela al momento de salir, lo pilló desprevenido y le comió la boca a besos. Cuando lograron separarse, él la miró extrañado.
―¿Por qué lo hiciste? ―Por fin obtenía una palabra de Valentín.
―Por los periodistas…
―En esta zona no hay ninguno… ―respondió cansado por el viaje.
―¿Cómo que no? El que venía con nosotros tenía que llevarse material y aparte del beso que me diste antes del despegue, ni siquiera fuiste capaz de mirarme. Simplemente hago mi trabajo ya que tú no haces el tuyo.
Valentín ya lograba comprender el lenguaje corporal de Rafaela. Estaba nerviosa, intentando justificar su actuar con lo primero que se le ocurrió. Era escritora, bien podía inventarse una pequeña respuesta. A propósito, ¿de qué se trataría la historia de Rafaela? No lo averiguaría hasta que un tornado volviera a azotar su carrera.
Rafaela lo tomó de la mano, dirigiéndolo a la salida. Muchas cámaras y micrófonos le daban la bienvenida. Ella sonrió, él la abrazó y besó su coronilla. Luego, vinieron las preguntas.
―¿Es cierto que se reconcilian luego del incidente que llevó a Valento al hospital?
Quien contestó esa pregunta fue Valentín, así lo habían acordado en la editorial.
―Lo del hospital no fue culpa de Rafaela. Quiso ayudarme y se confundió, nada más. Pero estamos bien y a pesar de algunas dificultades, queremos unos días para nosotros.
Flashes, muchos flashes. Otro medio se acercó y le preguntó a ella.
―¿Van a realizar un libro juntos?
Valentín rió para sí mismo. ¿Trabajar con ella? Imposible, jamás estarían de acuerdo. Aquella idea loca terminaría en casamiento o funeral.
―Claro, está dentro de nuestros planes ―respondió Rafa con una enorme sonrisa.
Una vez que ya estaban dentro del auto que los llevaría a su «nidito de amor», ella habló.
―Yo era de las personas que aborrecía a la televisión, a los payasos que la aprovechaban y a toda esa cantidad de gente que se movía como títeres a su alrededor. ―Estaba cruzada de brazos y mirando hacia el exterior―. ¿En qué minuto dejé de lado mis convicciones por el dinero? Me avergüenzo. Le miento a la gente, a quienes leen mis libros. Eso no me gusta de esta nueva etapa.
―No puedo creer que Rafaela San Martín piense en la gente…
―¿Perdón?
―Perdonada…
―El arrogante, el hombre que pasaba a llevar a todo el mundo para que lo miraran como ídolo… Eras tú. Aun no entiendo tus motivos porque ahora, siendo un amor de persona conmigo ante las cámaras, sigues vendiendo más.
―Jamás se me había pasado por la cabeza tener una novia falsa. Ni tú ni yo les mentimos a la gente, ellos creyeron lo que los medios le dijeron.
―Antes. Antes fue así, pero ahora les estamos vendiendo una reconciliación que no existe.
Rafaela lo miró, de verdad preocupada por lo que había sucedido. Y entonces Valentín llegó con una de sus frases, esas que a ella la confundían. Esas frases que mezclaban al Valentín de sus sueños y al de sus mejores pesadillas.
―Hagámoslo realidad, entonces. Hacerlo realidad no nos cuesta nada. Reconciliémonos. ―Le estiró su mano caballerosamente mientras la miraba directamente a los ojos.
Ella lo observó atentamente, desconfiada ante esa bandera blanca que él levantaba primero que ella.
Con cautela guió su mano a la de Valentín y en un gesto genuino, unieron sus manos. Dejarían los enfrentamientos a un lado ―o por lo menos eso pretendían―, y se tomarían ese trabajo en serio.
Dos manos unidas pueden significar muchas cosas. Ayuda, compañía, amor. Pero en ese momento, ninguno de los dos podía comprender qué vendría luego de esa señal tan inocente como dejar de enfrentarse para comenzar a conocerse. Bajar las armas y descubrir lo que había más allá de lo que sus personalidades aparentaban. Mirarse con los ojos del alma y no con los que ven sin comprender lo que observan.



5 comentarios:

  1. Aún tengo mas interrogantes, pero muy burn capitulo!!!!!!!!!

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  2. Grande Vale!!!! todavía no lo leo pero estoy ansiosa....
    Lo termino de leer y te digo si me gusto... lo seguro es que sea así....

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  3. Ahhhhhhhhhh!!!!!!!!! No lo puedo creer... no nos podes dejar asi.... y ahora que hacemos hasta el próximo capítulo?????

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  4. Buenísimo. ...ahora hay dudas en ambos y lo van a intentar.....bien Vale.

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