lunes, 8 de junio de 2015

Capítulo 6: Una sonrisa culpable






Capítulo 6
Una sonrisa culpable



Aún no era medio día cuando el llanto de un bebé la despertó de su sueño. Aún no se acostumbraba a que ellos ya no estaban en su vientre y que ahora podía verlos, tocarlos y escucharlos.
Al abrir sus ojos, encontró algunas flores y globos en la habitación y, al lado de su camilla, dos cunas en las que dormían los pequeños John y Mark.
Se levantó con cautela, y acunó entre sus brazos a Mark quien lloraba desconsolado en busca de comida.
―Hey, comilón, ya estoy aquí… ―susurraba para no despertar al otro gemelo.
Después de que Mark volvió a dormirse, le tocó el turno de reclamar comida a John. Marlen, con el mismo amor, le entregó lo que con tanto ahínco pedía y luego de algunos minutos, lo dejó durmiendo en su cuna.
Consultó la hora en el reloj de pared y se dio cuenta de que estaba atrasada. En media hora le darían el alta y Peter, pasaría a recogerla.
Intentó ducharse de la misma forma que lo hacía antes de que nacieran los bebés, sin embargo debió acortar los tiempos. Sus hijos la requerían y ella aún ni siquiera se terminaba de lavar el cabello.
Suspiró. Muchas cosas cambiarían, su vida desde un tiempo a esta parte había cambiado constantemente. Y estaba agotada.
Se envolvió en una toalla y acarició la barriga de ambos niños.
―Ya estoy aquí… Dejen que mamá se vista.
No dejaron de llorar y Marlen poco a poco se desesperaba. Se vistió con lo primero que encontró e intentó calmar a los gemelos.
Tomaba a John, y quiso a la vez tomar a Mark, pero los brazos parecían no alcanzarle. No quería tomar a uno solo, se sentía mal dejando al otro sufriendo.
―¿Te ayudo? ―Peter se acercó, sacó de sus brazos a John y lo calmó en su regazo.
―Peter… ―Lo miró y sonrió―. Gracias… es que estoy… acostumbrándome.
El pequeño Mark se aferró a su madre y el olor que ella desprendía, lo tranquilizó por completo.
―Vas a necesitar ayuda, Marlen.
―Sí, lo sé… pero es que aún no encuentro a nadie confiable. ―Tomó uno de los bolsos y se lo colgó al hombro. Peter hizo lo mismo y ambos salieron hacia los estacionamientos.
―¿Cómo los llevaremos? ―preguntó asustada al ver que no tenían sillas para auto. Y que ahora no contaba con los brazos de Peter ya que él debía manejar.
―Umm… ―Se pasó la mano por la nuca, intentando buscar la manera―. ¿Tienes sillas de auto en tu casa?
Marlen negó con la cabeza. Se sentía una mala madre, no tenía ni la menor idea de lo que era lo básico que necesitaba un bebé y ella tenía dos, ¿cómo se supone que los protegería?
Peter, quien aún cargaba al pequeño John, se dirigió a la recepción de la clínica. Allí, les facilitaron en préstamo, dos sillas de auto para bebés. No era la primera vez que se veían enfrentados a estos casos y mantenían algunas de emergencia.
―¿Me podría hacer un favor? ―pidió al encargado de entregarle las sillas.
―Dígame, señor.
―¿Podría instalarme las sillas o sostenerme al bebé para hacerlo yo?
―No se preocupe, el auxiliar de mantención se encargará de las sillas. ―Peter respiró aliviado y el hombre sonrió al ver la desesperación del padre. «De seguro es primerizo», pensó―. Señor, ya se acostumbrará, a todos nos pasa cuando somos padres por primera vez.
―Oh… No, no, no… yo no soy… Son los hijos de mis amigos. ―Sonrió para luego caminar acompañado del auxiliar hasta el auto.
Encontró a Marlen contemplando a Mark. La vio tan serena, que hubiese querido no interrumpir, pero ella pareció advertir su presencia y giró para mirarlo, en cuanto lo hizo, sonrió al ver que Peter había encontrado solución.
―Muchas gracias.

Llegar a casa tampoco fue fácil. Debían acomodar a los bebés, pero no había comprado nada.
―Bien… por el momento creo que tendrán que dormir conmigo.
―Si quieres… puedo ir a alguna tienda y… ―intentó Peter.
―Oh, no… No te preocupes. Ya me las arreglaré. Muchas gracias, Peter. No sé qué hubiese hecho yo sola. ―Tomó sus manos y el contacto, a ambos, les pareció… acogedor.
―Quieres… ¿quedarte a almorzar? ―sugirió para agradecerle tantas molestias tomadas.
―Claro. Yo cocino, tú intenta descansar ahora que están durmiendo.
Sí, necesitaba descansar y mucho pero no quería abusar de la voluntad de Peter.
―No, por favor… Ya has hecho bastante por mí.
―En serio no me molesta, Marlen. ―Volvió a estrecharle la mano. Ella se quedó mirando aquella unión y no le pareció correcta.
―Yo… puedo hacerlo. ―Miró los ojos de Peter. ¿Qué era aquello que él quería decir y no se atrevía? Sabía que algo intentaba decir con esa mirada.
―Debes dejar que te ayuden. Déjame hacerlo, por favor.
Ella solo asintió con la cabeza y retrocedió algunos pasos hasta que sus dedos dejaron de rozarse. Giró y corrió escaleras arriba.
Se perdió mirando a sus bebés, su motor. Entonces, quiso que allí estuviera John. Un recuerdo llevó a otro y se encontró reviviendo esa voz que la alentaba durante el parto. ¿Se lo habría imaginado? Había sonado tan real, que deseó, aunque la tildaran de loca, que así hubiese sido. Que alguna fuerza sobrehumana le permitiera contactarse con él cada vez que lo necesitara. Porque lo necesitaría siempre, en la crianza de los niños y en ese momento en el que titubeaba si lo correcto era recibir la ayuda de Peter y todo lo que eso implicaba.

Despertó porque otra vez uno de sus hijos la necesitaba. Le pareció haber cerrado recién los ojos cuando ya debía abrirlos nuevamente.
Los dejó a ambos mudados y bajó para encontrarse a Peter terminando de cocinar.
―¿Cuánto he dormido? ―preguntó asomándose por la cocina.
―Umm… no más de media hora. ¿Cómo están ellos?
―Durmiendo por mamá. ―Sonrió y se sentó en la mesa del desayuno―. Huele bien, ¿qué es?
―Pastas con salsa de champiñones.
Almorzaron de forma relajada. Hablaban fácilmente de cualquier tema y sin que llegaran silencios incómodos. Hablaron de las compras que debía hacer ella y de las cuales haría acompañada de Peter, quien otra vez le ofrecía su ayuda. Hablaron también de que debía contratar una persona a tiempo completo para cuidar a los bebés. De pronto, un comentario respecto a una película que habían visto hace mucho tiempo en uno de esos viajes que mantenían ausente a John, hizo que Marlen estallara en una carcajada.
―Pero te acuerdas que te dije que eso iba a suceder… Es imposible que no te dieras cuenta desde el principio. ―Peter también se unía a la risa fresca de Marlen. Era increíble ver cómo se apretaba la panza mientras reía fuerte, agitaba su cabello y cómo ojos derramaban, por primera vez en mucho tiempo, lágrimas de alegría.
Pero ese instante de gloria no duró mucho ni para ella ni para Peter. Marlen miró al suelo, no quería levantar la vista y encontrarse con la expresión de Peter, que seguramente estaba tan contento como lo estaba ella hacía un par de segundos.
No. No podía reír, no podía reír si él ya no estaba. No podía mostrarse feliz como si la vida no le hubiese quitado lo que tanto amaba. No era justo que ella riera y él haya sufrido tanto. Era una mala madre y una muy mala esposa, porque además, estaba riendo con otro hombre.
―Deja… deja ahí, Peter… Yo me encargo. Muchas gracias por…
Peter no la dejó continuar. Tenía que ayudarla, dejarle ver que estaba equivocando el camino, que ella podía volver a ser feliz, que eso era lo que John hubiese querido.
―¿Por qué eres tan injusta contigo?
―Tú… Tú no tienes idea ―dijo en un murmullo―. Yo no puedo hacer como si nada hubiese pasado.
―Tú tienes que seguir adelante. Tienes que volver a sonreír sin culpas. Los niños merecen ver a su madre feliz. Hace un momento, volviste a reír… Déjame seguir haciéndolo, seguir demostrándote que puedes volver a sonreír, Marlen.
―¿Y quién te dijo a ti que yo quiero hacerlo? John no está aquí, Peter. No verá a sus hijos crecer y yo… Yo tengo que cuidar de ellos como lo hubiese hecho John. Y no tengo que olvidarme de que John…
―…De que John también quería que fueras feliz. Vivió para hacerte feliz, no dejes que ahora que está muerto, no pueda continuar con su objetivo. Tú tienes la decisión en tus manos, tú decides.
―Bien, yo decido que por favor… No me vuelvas a…
―¿Hacer reír? Por Dios, Marlen… Era una tontera que dije y te hizo reír. No te sientas culpable por encontrar algo divertido.
―Me siento culpable por reír sin que él esté aquí acompañando mi risa. Me siento culpable por parecer que estoy olvidando lo triste que debo estar porque él se ha ido.
―Eso no es justo para ti. No es justo que te responsabilices por eso… ―Peter le acarició el hombro y ella siguió hablando sin darle importancia a esa caricia.
―Tampoco era justo que se fuera… No así, no tan pronto… ―Pestañó para dejar caer lágrimas que se habían agolpado en sus ojos. Peter la vio tan frágil que quiso abrazarla, y lo hizo. Ella no se resistió, también necesitaba un abrazo. En silencio, él acarició su cabello y ella cerró los ojos. A medida que Peter se fue separando de su abrazo, fue acercando sus labios a su frente. Se detuvo en el momento exacto en que ella abrió los ojos y le rogó que se fuera.

Durante la semana, Peter volvió a tomar distancia. No quería incomodarla, no quería invadirla porque sabía que si lo hacía, ella se encerraría en sí misma. Entonces, hizo algo que nunca había hecho, le presentó a una de sus amigas. Quizás compartir con otras personas le haría bien.
―Ella es Kim ―le dijo el día que se reunieron para comprar lo necesario para los gemelos.
―Hola, Kim. Mucho gusto. ―Sonrió sincera y luego le susurró a Peter―. Lástima que John no está aquí para ver esto, todo un acontecimiento.
Él solo rio y tomó la mano de su conquista.
―¿Conseguiste niñera? ―preguntó a la vez que veía a los niños durmiendo en sus coches.
―No, aún no. Por cierto, fui a devolver las sillas esta mañana y les compré unas nuevas.
―Genial… ¿No tuviste problemas?
―La verdad, sí, unos cuantos, pero ya aprendí. ―Hizo una pequeña mueca divertida y continuó caminando hacia la entrada del centro comercial.
Compró todo cuanto requerían y la opinión de Kim, quien ya tenía una hija, fue de gran ayuda. Comieron en un lugar cercano y entre conversación y conversación, Kim le ofreció el contacto de una persona que podría ayudarle con la casa y los niños.

Ese día estaba en la planta baja de la casa jugando con sus bebés cuando el timbre sonó. Abrió la puerta y en cuanto la vio, supo que ella era la indicada. No tenía explicación, pero fue una conexión demasiado fuerte como para obviarla. Le tomó la mano y la dejó entrar.
―Adelante, tú debes ser…
―Sara. Mucho gusto. ―La joven le estrechó la mano.
―Asiento por favor… Dime, Sara, ¿cuántos años tienes?
―Veintinueve, pero tengo vasta experiencia en los cuidados de niños y los de una casa.
Marlen le explicó más o menos lo que necesitaba. La quería a tiempo completo pero la casa no poseía otra habitación, por lo que se tuvo que conformar con tenerla ocho horas diarias.
―Bien… ¿cuándo puedes empezar?
Sara sonrió y propuso:
―¿Ahora mismo?
―Si es así… te lo agradecería. ¡Necesito dormir!
―Son muy lindos sus bebés ―comentó observándolos.
―Son igual al padre… Mira… ―Marlen abrió un cajón y buscó entre algunas fotos―. Fíjate.
En una fotografía, salía John de pequeño, y era cierto, los gemelos eran idénticos a él.
―Debe estar muy contento… ―concluyó Sara.
―Sin dudas… ―Marlen cerró sus ojos y lo imaginó orgulloso con los bebés entre sus brazos.
―¿Él…?
Marlen no quería hablar del tema tan pronto pero tampoco podía ocultarle a Sara, quien pasaría gran parte del día con sus hijos y con ella, que John ya no estaba ni estaría.
Le contó brevemente lo sucedido e Sara sintió el dolor en cada palabra que Marlen le revelaba. Finalmente optó por no decir nada, sino que simplemente la abrazó.
―Gracias… ―murmuró Marlen.
―¿Por qué? ―preguntó confundida.
―Porque odio que digan esa cosas que se dicen siempre cuando saben que el otro ha perdido a un ser querido… Ya sabes «lo siento tanto». Cuando en verdad no lo sienten. ―Se encogió de hombros y apretó las manos de Sara―. Gracias.

La relación entre Sara y Marlen se fue haciendo cada vez más estrecha, y el cuidado de los niños pareció menos difícil a la vez que avanzaba el tiempo.
Un día en que uno de los bebés se enfermó e Sara estaba con su día libre, a Marlen no le quedó más remedio que volver a molestar a Peter.
―Lo siento, sé que es tardísimo pero es que…
―¿Le pasó algo a los niños?
―Mark está con fiebre y no deja de llorar. Intenté llamar al pediatra pero no me contesta.
―Buscaré a otro, no es conveniente que lo lleves a un hospital. Se puede contagiar con algo peor.
―Peter… Yo… Perdón por tantas molestias.
―No es nada, Marlen. Tú y los niños son mi prioridad.
Media hora después, un pediatra junto a Peter, entraba en la casa de los Hamilton.
―Muchas gracias por venir. ―Abrió apresurada―. Están arriba.
El médico revisó a ambos niños. Un virus comenzó a afectar a Mark y amenazaba con hacerlo también con John. Ya casi tenían dos meses de nacidos y su sistema inmunológico estaba siendo afectado.
―Peter… dime que están bien ―decía entre lágrimas Marlen, aferrándose a su regazo.
―Sí, tranquila. El doctor sabrá qué hacer.
―Es una infección estomacal viral y debe seguir su curso, sin embargo, de igual forma te dejaré algo para la fiebre.
Luego de una hora, el médico se retiró y los niños pudieron dormir plácidamente. Pero Marlen, no pudo hacerlo y Peter se quedó a hacerle compañía.
―Si quieres irte, por mí no hay problema.
―No quiero irme. Ven acá. ―La abrazó y sentados en el sillón se quedaron en silencio.

A la mañana siguiente, cuando Sara entró a la casa, encontró a Peter y a Marlen abrazados durmiendo en el sillón de la sala. No quiso hacer ruido y subió las escaleras con cuidado para dirigirse a la habitación que ahora ocupaban los gemelos. Estaban despiertos, pero no hacían ruido, se les veía decaídos. Miró la mesita que había cerca de las cunas y encontró una orden médica.
―Pobrecitos… ―susurró y los cobijó.
Bajó despacio por las escaleras y caminó hasta la cocina para preparar el desayuno. En cuanto lo tuvo listo, lo dejó sobre la mesa del café de la sala en la cual dormían Peter y Marlen.
―Hola, Sara. ―La voz de Peter la sobresaltó―. Lo siento, no quise asustarte ―susurró.
―¿Necesita que le sirva el café? ―preguntó con el termo en la mano.
―No, no te preocupes, esperaré a que Marlen despierte.
Sara solo asintió y volvió a subir las escaleras para quedarse con los niños.
Mientras tanto, en la sala, Marlen comenzó a despertar. Abrió los ojos y el olor de Peter se le coló por las fosas nasales. Sintió además el calor de su mano sobre su hombro, y sentirse protegida en brazos ajenos, otra vez la puso alerta, sin embargo, estaba tan agotada, que dejó de luchar.
―Sara nos preparó el desayuno ―dijo a modo de saludo sin soltarla.
―Eso es lo que tan bien huele. ―Miró hacia la mesita y descubrió que el café aún no estaba servido como para oler tan bien―. Deben ser las tostadas.
Se inclinó un poco para tomar una y la mordió con ganas. Pero entonces, al recordar a sus bebés, se levantó de prisa, dejó nuevamente la tostada en la mesa y corrió escaleras arriba.
―Shh… Se han vuelto a dormir. ―Sonrió Sara.
―Gracias. ―Marlen peinó con su mano su cabello y luego mencionó―: Tengo que darles su medicina.
―Ya lo hice, no se preocupe. Aproveche de descansar.
No le quedó más que sonreír agradecida. La ayuda de Sara era increíble.
Se fue a su habitación y se duchó tranquilamente, cuando salió y bajó las escaleras, Peter aún seguía allí y sin probar bocado.
―¿No desayunaste?
―Te estaba esperando.
Se sentó a su lado y comenzó a comer. Sirvió un poco de agua caliente en ambas tazas y compartieron un café.
―¿Qué tal Sara? ―preguntó para sacarle alguna palabra.
―Muy bien, ya viste lo atenta que es. ―Señaló la bandeja―. Y también ya les dio la medicina a los niños. Están tan decaídos ―dijo haciendo una mueca de dolor.
―Van a estar bien. ―Apretó con fuerzas su mano y no apartó la vista de los ojos de Marlen.
―¿Qué tal las cosas con Kim? ―carraspeó y preguntó para que dejara de mirarla así.
―Bien, somos amigos… Ya sabes. ―Guiñó un ojo y ella en realidad, no sabía a qué se refería.
―¿Amigos? Pensé que era alguna…
―Nada formal, Marlen. Lo pasamos bien, punto.
―Nunca has querido comprometerte ―concluyó a la vez que devoraba una tostada.
―Porque aún no encuentro…
―¿A la indicada? ―Malen sonrió―. ¡Vamos! Nunca encuentras a la indicada, nunca conoces a la indicada… Eso es una tontería.
―John era tu indicado. ¿Por qué yo no puedo encontrar a la mía? Quizás algún día ame como John te amó a ti y tal vez encuentre a esa persona que me ame tanto como tú amaste a John.
Marlen se quedó en silencio y suspiró.
―¿Crees que él quisiera que yo…? ―No supo por qué hizo esa pregunta, en realidad se arrepentía de haberla formulado y expresado abiertamente a Peter.
―¿Te vuelvas a enamorar? Él quisiera que fueras feliz, de eso no tengo dudas.
―A veces me siento culpable. ―Se sinceró―. No quisiera que él se decepcionara de mí por olvidar estar triste. Me refiero a que… yo no debería mostrarme contenta.
―¿Por qué no? ―Quiso saber.
―Porque se supone que he perdido algo muy importante en mi vida, ¿cómo reír después de eso?
La entendía, entendía por el proceso que estaba pasando. Era normal sentirse culpable pero en algún minuto tendría que volver a vivir.
―Dejando que suceda, supongo. ―Se encogió de hombros―. Viviendo un día a la vez y si hoy te apetece reír, no seré yo quien te juzgue.
―Yo soy quien lo hace, y a veces puedo ser muy cruel conmigo misma.
―¿Sabes qué podemos hacer? Ofrecerle cada risa a John, es como decirle: «de seguro te estarías riendo, así que riamos.»
―Me gustaría ir a verlo. ―Sentenció sin prestar mucha atención a la solución que Peter le daba. No era así, no tan fácil.
―Cuando quieras vamos.
―No… Quiero ir sola.
―De acuerdo.
Marlen seguía viviendo un proceso en el cual iba quemando etapas. Había pasado desde la desesperación a la tristeza y de la tristeza a la impotencia. Luego, sus hijos llenaron todo, sin embargo, Marlen, como mujer, se sentía culpable. Culpable por reír, por sentir y por plantearse seguir viviendo como si el mundo para ella no se hubiese detenido nunca.




viernes, 29 de mayo de 2015

Capítulo 5: Ya los he visto



Capítulo 5
Ya los he visto



Desde aquella llamada que había vuelto a poner su mundo de cabezas, casi obligándola a comenzar de cero, habían pasado algunos meses. Y no se había acercado a la inmobiliaria. No se sentía capaz en lo absoluto, sin embargo, ya no podía dilatarlo más.
Esa mañana, Marlen despertó un tanto agitada. La barriga le estaba trayendo dificultades. Estaba pronta a cumplir ocho meses, los últimos y más complicados. Necesitaba tranquilidad, y no la tenía. Precisaba comenzar con las compras que había postergado y que ya eran inevitables. El parto podría ser en cualquier momento y ella había congelado su vida; mas no el crecimiento de sus hijos.
―Peter, disculpa que te moleste… pero es que necesito ir a la inmobiliaria ―dijo aferrada al auricular.
Peter durante el último tiempo se había alejado un poco. Marlen se había cerrado demasiado y si antes se veían todos los días, desde que había fallecido John, tan solo compartían dos o tres veces por semana. Marlen intentaba molestarlo lo menos posible, porque era consciente de que su amigo tenía que seguir viviendo, y ella no quería que Peter se sintiera responsable de ella y el embarazo. No era su compromiso, no tenía por qué hacerlo ni sentirse obligado a hacerlo.
―No te preocupes, ¿voy por ti? ―No estaba obligado, pero siempre estaba dispuesto. ¿Qué más le había hecho prometer John?
―Sí… ―susurró aferrada al teléfono. Hubo un silencio, uno largo, hasta que él volvió a hablar.
―Marlen, puedes contar conmigo… para lo que sea y cuando sea.
Otro silencio más. Solo se escuchaban las respiraciones de ambos, hasta que Marlen rompió el incómodo momento con su voz.
―Peter…
―Aquí estoy, aquí he estado siempre, Marlen.
―Gracias.
Y Colgó. Peter quedó unos segundos escuchando el sonido agudo que indicaba que Marlen ya no estaba en línea.

Se estaba terminando de abrigar, costándole un montón abrochar su chaqueta por el embarazo, cuando tocaron el timbre. Al abrir la puerta, se encontró a Peter, sonriendo como siempre.
―Hola. ―Tomó sus llaves, una carpeta y su cartera desde una mesita y luego besó la mejilla de Peter.
―¿Todo bien? ―preguntó él a la vez que le abría la puerta del auto. Marlen solo asintió.
Su concepto de «bien» había variado tanto desde que John no vivía. Bien estaba porque sus bebés lo estaban. Bien estaba porque ahora dormía una hora más. Bien estaba porque la casa, aunque seguía pareciéndole vacía sin John, ya no era un recordatorio doloroso. Bien… bien era una palabra subjetiva, una que casi no recordaba, sin embargo, era un estado al que se aferraba por sus bebés.
―¿Dónde vamos? ―inquirió a la vez que se colocaba el cinturón.
―Inmobiliaria Cortés, creo que no queda muy lejos… ―Marlen abrió el expediente que había descubierto en uno de los cajones de John, en el cual se detallaba solo el contacto de la persona con quien estaba tratando la compra del inmueble y un código.
Había sido todo un misterio, ya que John no quiso involucrarla mucho. Le preguntó de gustos, pero él se hizo cargo de absolutamente todo.
―Sí, queda a unas cuadras de aquí, y debo contactarme con Lorena… ―Intentó descifrar la letra de su esposo. Sonrió, siempre había sido difícil hacerlo. Dejó de mirar el documento y sus ojos solo vieron recuerdos. John, otra vez John… Siempre John.
―¿Me estás escuchando? ―Peter le rozó el hombro y ella se sobresaltó.
―Perdón, me perdí por un momento. ―La voz de Marlen siempre sonaba tan apagada y sin vida. Y sus ojos, sus ojos ya no reflejaban nada. Quizás lo único vivo que quedaba en ella eran esos dos corazones latiendo en su vientre.
―Te decía que conozco el lugar. ―Peter le sonrió, para ver si así lograba algún gesto afable de Marlen. Ella devolvió la mueca, pero no había luz, ella ya no vivía, sobrevivía.
Entraron a la inmobiliaria y una señorita, con una credencial en la cual se indicaba su nombre, los atendió.
―Muy buenos días, ¿en qué puedo ayudarles? ¿Alguna casa o departamento que les interese?
Marlen la miró un instante, incómoda porque creyera que ella y Peter eran…
―Hola, Lorena… Vengo porque con mi esposo compramos una casa. ―La ejecutiva sonrió y los hizo pasar a una oficina que estaba rodeada de maquetas.
―Bueno, ¿cuál es su apellido? ―Miró a Peter y Marlen se volvió a tensar.
―No, no… él no es…
―Hamilton, el apellido de su esposo es Hamilton ―aportó Peter. Al escuchar el apellido, Lorena entristeció la mirada. «Oh, no… no la mires así, por favor», rogó Peter en silencio, quien conocía a Marlen.
Precisamente aquel gesto le había molestado, cerró los ojos, suspiró y clavó nuevamente la mirada en Lorena.
―Yo… ―Marlen abrió la carpeta y se la entregó―. Yo encontré esto, hay un código y su nombre. Hace unos meses me llamaron para avisarme que ya estaba lista la entrega de la casa.
―Deme un segundo. ―Lorena tecleó tan rápido como pudo el código de compra. Y un mapa en el ordenador se movilizó desde Boston hasta Chile―. Así es. Puede hacer uso de ella cuando quiera.
―Perfecto… Los niños están por nacer y necesito más espacio… Deberé contratar una persona que me ayude y… ―Se dio cuenta que estaba pensando en voz alta y decidió callar.
Peter la mirada asombrado. Había vuelto a planificar, a pensar en futuro y no pudo más que sonreír y estrechar su mano con cariño.
―En cuanto usted diga, hago el contacto con la sucursal de Chile y estará habilitada para usted.
Al escuchar el país que Lorena mencionaba, tanto Peter como Marlen se miraron con pavor.
―Tiene que ser un error ―susurró nerviosa―. Yo no conozco ese país…
―Su esposo llamó poco antes de… lo sucedido. Yo misma atendí su llamado y fue quien pidió, por motivos de trabajo, trasladar la compra hasta ese país. Era una sorpresa… ―Marlen frunció el entrecejo. Recordó que aún guardaba en su cartera el documento que abalaba su ascenso. Lo buscó y lo encontró, al abrirlo, descubrió una nota que era casi ilegible.
«La empresa se reserva el derecho a trasladarlo a cualquier zona en la cual ésta posea sede en Latinoamérica.
Lugares posibles: Chile, Argentina, Brasil»
Bajó la carta y el nerviosismo se apoderó de ella.
―Pero yo… Yo no puedo. ―Miró a Peter intentando encontrar respuestas que no existían.
¿Al fin del mundo?
―Si gusta podemos hacer el cambio…
Meditó unos segundos. Tantos que sus pulsaciones se elevaron y lo que prosiguió, quitó toda probabilidad de tomar una decisión respecto al tema.
Agua, mucha agua corría entre sus piernas. Inspiró y soltó cuantas veces pudo, tal y como le habían enseñado, mientras el dolor de las contracciones se hacía insoportable conforme avanzaban los minutos.
―¡Una ambulancia! ―gritó Lorena.
Unos curiosos se acercaron, mientras Peter mantenía su mano aferrada a la de Marlen. Estaba asustada. La ambulancia tardó pocos minutos en llegar y se la llevó hasta la clínica. Allí la esperaba su equipo médico.
Peter se movía inquieto en la sala de espera mientras el médico obstetra daba su evaluación preliminar.
―Ya es el momento, Marlen. Los niños están prontos a nacer.
―Pe… Pero aún no es tiempo. ―Tenía tanto miedo. Allí en su vientre sus hijos estaban protegidos, pero una vez lejos de su interior, ¿podría mantenerlos a salvo?
―Marlen, escúchame. ―Tomó su mano y la miró a los ojos―. Ya están preparados para salir, sé que estás aterrada, pero todo saldrá bien. Confía en mí, pequeña.
Él era un hombre bastante mayor y paternal, besó la frente de su paciente y el gesto fue tan tierno que por minutos creyó estar tratando con una de sus hijas.
Secó con cuidado las lágrimas de la mujer y preguntó:
―¿Quieres que llame a alguien para que entre a la sala de parto? ¿Alguna amiga? ―Marlen negó con la cabeza.
John debería estar ahí, cogiendo de su mano y secando sus lágrimas, pero no estaba. ¡Y eso le hacía enojar tanto! John debería estar preparándose para recibir a sus hijos y cortarles el cordón umbilical, pero no estaba. No vendría, nunca más. Nunca vería cómo ellos nacerían.
Sola, prefería recibirlos sola. Peter era un amigo de la familia, mas no podía dejarlo entrar. Ese momento sagrado solo iba a ser compartido con John, y si ahora él no estaba físicamente, Marlen rogaba para que desde donde quiera que estuviese, permaneciera aferrado a su mano. Que no la dejara sola en ese momento que lo necesitaba tanto.
Peter vio cómo el doctor salía de la habitación en la que preparaban a Marlen y preguntó:
―Doctor… ¿ellos estarán bien?
―Sí, tranquilo. Pronto iniciaremos el trabajo de parto, va a salir bien.
―Gracias.
Quiso preguntar si quizás podría él pasar… ¿Pero qué estaba diciendo? No. Él esperaría hasta que ella decidiera que podía entrar a esa burbuja que muy pronto compondrían Marlen y los niños.
Una hora duró el trabajo de parto hasta que se escuchó el sonido inconfundible del primer llanto de uno de sus hijos. Marlen había estado pujando y ya casi estaba sin fuerzas, sin embargo en cuanto lo escuchó, sus lágrimas se mezclaron con una sonora sonrisa.
―Mi… mi hijo. ―Exclamó contenta, realmente se sentía feliz y por primera vez no se sintió culpable por ello, pues sabía que John también hubiese compartido esa alegría.
―¿Cómo lo llamaremos, Marlen? ―preguntó el doctor mientras se lo pasaba a la enfermera, quien se lo acercó. Ella lo miró unos segundos y entre sollozos entregó el nombre de su padre.
―Mark… él es Mark. ―Besó su coronilla y lo saludó, en cuanto el niño escuchó la voz de su madre, la calma llegó a sus oídos y el silencio se apoderó de la sala―. Mi vida… eres mi vida…
Muy pronto lo alejaron, porque ya comenzaba una nueva contracción. Venía el segundo, pero estaba costando trabajo.
―Vamos, Marlen… un esfuerzo más que tú puedes. ―Eran las palabras del médico, sin embargo, una segunda voz se unió a la petición.
―Vamos, cariño. Una vez más que nuestro John quiere mirarte. Será igual a mí, ya los he visto.
No estaba loca, lo había escuchado muy claro, pero el dolor de una contracción no le permitió seguir analizando lo sucedido. Pujó con todas sus fuerzas y entonces, otro grito retumbó en la habitación. Contagiando también a su hermanito.
―¿Y este bebé se llamará…? ―El médico estaba pronto a cortar el cordón umbilical cuando Marlen, en un sonido suave, pronunció el nombre de su esposo.
―John.
Le pasaron al niño un momento, ella volvió a sonreír de manera nerviosa y lo saludó:
―Hola, John… ―Lo besó y éste se movió en su regazo, buscando calor. Lo alejaron y ella, cansada por el parto, se rindió ante un sueño que la condujo a rememorar lo vivido en el minuto previo al nacimiento de John, uno de sus hijos.
«Será igual a mí, ya los he visto».



sábado, 23 de mayo de 2015

Capítulo 4: La llamada









Capítulo 4
La llamada



El teléfono no dejaba de sonar. Marlen se mantenía aferrada a una caja de chocolates. Sintió impotencia, rabia y desesperación. Ya había entendido, él no volvería.
Se levantó rápidamente y arrasó con todo lo que encontró a su paso. Fotografías, joyas que él le había regalado, todo aquello que le recordara a John.
Pero no era suficiente, en cada rincón había un pedazo de él.
Bajó las escaleras y comenzó a arrancar los globos y el cartel de bienvenida. La fuerza con la cual despegaba todo, la dejó caer al piso, enredada en todo aquello que le recalcaba que él no volvía.
Así estaba cuando la puerta de entrada se abrió.

Peter llevaba llamándola desde la noche anterior. Sabía que no debía dejarla sola, pero respetó su decisión.
Cuando se cansó de llamar, decidió ir a verla. Iba a golpear la puerta, pero unos ruidos dentro de la casa le hicieron reaccionar de otra forma. Sacó la copia de la llave que él manejaba para emergencias y simplemente abrió.
La encontró llorando, tirada en el piso y rodeada de globos y un alegre cartel. Contuvo el aliento. Cerró los ojos y reprimió un suspiro. Se acercó despacio y se acomodó junto a ella en el piso. Marlen no lo miró, siguió llorando, aferrada a la sorpresa que jamás pudo dar.
―Se me parte el alma, Peter… Se me rompe ―dijo entre sollozos.
Y a él también le partía el alma verla así. No dijo nada, simplemente la acercó a su regazo y la abrazó.

Cuando Marlen estuvo más calmada, él le preparó comida. No había comido bien los últimos días y sus bebés en el vientre le reclamaban con pequeñas pataditas.
Peter la observó mientras acariciaba su barriga. Se veía tan plena a pesar del dolor que cargaba. Era como si estuviera envuelta en un halo de esperanza, aunque ella no se diera cuenta.
―¿Cuándo tienes hora con el doctor? ―preguntó sirviéndole un plato de sopa.
Ella lo miró unos segundos, le costó habituarse a lo común, a lo que había dejado inconcluso antes de…
―Se supone que en dos semanas iríamos con… ―Bajó la mirada― …John.
Peter se sentía impotente, no sabía cómo ayudarla, miró hacia el techo y en silencio pidió alguna pista, alguna ayuda divina para acompañar a transitar el nuevo camino que enfrentaría Marlen.
―Yo te acompaño ―aseguró, pero ella negó con su cabeza.
―Gracias, pero prefiero ir sola. ―Volvió a mirarlo―. No te sientas mal, es que…
Miró hacia un costado y encontró otra fotografía de John pegada en el refrigerador de la cocina. Peter siguió su mirada y entonces lo entendió.
―No te preocupes… Si quieres te llevo y te espero fuera…
―Peter… ―Su voz era serena―. Tú no tienes por qué hacerlo… Te agradezco que estés aquí, conmigo… Pero no puedes reducir tu vida, este es mi duelo.
―Nuestro, él era como mi hermano, Marlen. ―Ella solo asintió―. No soy un desconocido ni para ti ni para John, y si estoy aquí es porque quiero.
Ella retuvo las lágrimas y él rodeó la mesa en la cual comían para estar a su lado. Tomó sus manos y mirándola a los ojos, aseguró:
―No te voy a dejar sola. Primero porque quiero hacerlo y segundo porque se lo he prometido a John.
Marlen le agradeció con una tímida sonrisa.
―¿Se lo prometiste? ―preguntó soltándose de sus manos y volviendo a su plato de comida.
―Me hizo prometerlo. Él te amaba, Marlen.
Se sentó nuevamente y la observó jugar con la sopa.
―Eso yo lo sé. ―Movía lentamente la cuchara dentro del plato―. ¿Por qué él, Peter? ¿Por qué ahora?
Peter exhaló profundamente y se frotó nervioso la frente. Él también se lo había preguntado tantas veces y no encontraba respuestas… Quizás aún no era tiempo de encontrarlas. Quizás aún no comprenderían a qué lugar los llevaría esto que ambos estaban viviendo.
Le sostuvo la mirada y Marlen comprendió que él tampoco sabía los motivos que la vida había tenido para arrebatárselo de una forma tan cruel.
Continuaron el almuerzo en silencio y luego Peter se retiró para dejarla descansar.
―¿Estarás bien? ―intentó asegurarse antes de marchar.
―Sí… ―asintió con la cabeza apoyada en el umbral de la casa.
―Chao, campeones. ―Peter apoyó la mano en el vientre de Marlen, acariciándola suavemente con el pulgar.
Marlen dejó de respirar. Peter sintió cómo desde el vientre lo saludaban. Él sonrió y ella lo imitó.
―Cualquier cosa… lo que necesites…
―…te llamaré ―completó antes de cerrar la puerta.
Peter era un buen amigo. Y ella agradecía poder tenerlo cerca, pero no demasiado. No había aceptado que la acompañara al doctor porque eso era una comunión con John. Un lazo indestructible que aún seguía vivo y que ella no iba a profanar. Sus niños… Su única razón de vivir.
Se sentó en el sillón de la sala y se recostó para descansar. Necesitaba dormir, era la única manera de no pensar, de no llorar.

Y llegó el día en que visitó al doctor. Quien le aseguró que el embarazo seguía marchando bien, pero aun así no pudo retener los sollozos por sentirse desamparada, llegó a casa y allí la esperaba Peter.
―¿Por qué no me pediste que te fuera a buscar? ―preguntó ayudándole con algunas compras. Su refrigerador estaba vacío y sus hijos no tenían la culpa de su estado anímico.
―No sabía que iba a pasar al supermercado. En serio, Peter. Tengo pena, mucha. Siento impotencia y por las noches sigo soñando que volverá, pero no es necesario que me trates como una desvalida. Te agradezco que me acompañes… pero necesito estar sola ―suplicó.
―Quieres que… ¿me vaya? ―No fue necesario que contestara, Marlen se lo aseguró con su mirada―. Está bien… Pero no te aísles, por favor.
Ella asintió, besó su mejilla y cerró la puerta tras de sí.
Peter la entendía. No era fácil, y lo que vendría tampoco lo sería. Él quería estar para ella, porque la apreciaba mucho como amiga, pero Marlen no le permitía derribar esa muralla que había levantado desde que John había muerto.

A la mañana siguiente, el teléfono volvió a sonar, esta vez no le pidió a John que contestara, poco a poco comenzaba a asumir la ausencia. Vivía un día a la vez, pero sin olvidarlo. Sin sacarlo de su presente. De vez en cuando le hablaba al aire y su voz hacía eco en la casa. Y otros… prefería seguir pensando que él estaba de viaje.
―¿Aló?
―Buenas tardes, ¿se encuentra el señor John Hamilton?
Dolió. Esa pregunta dolió. Miró hacia todos lados con el teléfono en mano. Sí, se encontraba en su pecho, se encontraba en sus insomnios y se encontraba en su vientre.
―¿Sigue allí? Necesito ubicar al señor… ―La ejecutiva no pudo continuar. Marlen cortó la comunicación.
El teléfono volvió a sonar y no quiso contestar. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo contar que él ya no existía?
Se le revolvió el estómago y corrió al baño.
Las convulsiones y arcadas la hicieron vomitar entre lágrimas, mientras el molesto teléfono sonaba sin cesar.
Dio algunos pasos hasta el lavabo y se miró. Miró lo que le mostraba el espejo y no le gustó. Se notaba el pánico, la soledad y la ausencia de John. ¿Cómo se reconstruiría? ¿Cómo seguiría adelante sin despedazarse con solo escuchar su nombre? No lo sabía, pero lo haría… lo intentaría.
Al salir del baño, volvió a sonar el teléfono y esta vez sí lo atendió. Volvieron a preguntar por él, y ella, con el dolor recorriéndole las venas, le explicó que él no estaba ni volvería.
―¿Es usted su esposa? ―preguntó la ejecutiva, conmovida y arrepentida por su insistencia en llamar.
―Sí… soy yo.
―Le estoy llamando de la inmobiliaria. Sé que no es el momento, pero le comunico que su casa ya está en condiciones de ser ocupada.
Marlen cerró los ojos. El tiempo había sido traicionero. Habían esperado que esa noticia llegara desde que comenzaron a buscar un hogar más amplio para cuando los niños nacieran… Y en ese momento, que él no estaba, todo aparecía. Primero el ascenso, y luego su futuro hogar.
―Yo… necesito unos días ―vaciló intentando comprender.
―No se preocupe. La esperamos en la inmobiliaria cuando usted guste.
Al cortar la llamada, se encontró llena de dudas.
Ahora tenía un nuevo hogar esperando por ella, pero no quería alejarse de la casa que vio por última vez a John.

Continuó los días con la incertidumbre en la cabeza. ¿Qué sentido había en cambiarse de casa? ¿Era una oportunidad para empezar de cero?
Pronto se cumpliría un mes desde que John ya no estaba y la llegada de los niños se aproximaba.
Algunas noches se dedicó a separar la ropa de John. No había querido mover nada, pero por alguna razón la comenzó a apartar.
No hubo prenda que no olfateara y se llevara una lágrima en aquel intento desesperado por rescatar el recuerdo de John. Recuerdo que se volvía difuso a medida que el reloj seguía marcando minutos.
La voz de John la buscaba en el contestador de su móvil, la escuchaba cada noche antes de dormir. Su rostro, lo tenía a diario porque se topaba con su fotografía en cada rincón de la casa… pero el olor… el olor de John, a pesar de tener la botella de su perfume, se esfumaba con el paso del tiempo y luchaba por retenerlo, sin embargo cada vez le costaba más.
John había plantado una bandera inamovible en su vida y ahora… sentía el vacío, aunque el mundo siguiera girando, aunque lo cotidiano la sacara de la burbuja del vacío; al ocultarse el sol, en la intimidad de ese hogar del cual no quería salir, John seguía habitando. Seguía allí perforando de ausencia su corazón. Y ella se aferraba a él aunque doliera.

¿Cómo salir de ahí, si en ese dolor constante estaba lo poco que quedaba de John?


sábado, 16 de mayo de 2015

Capítulo 3: Soledad




Capítulo 3
Soledad


MARLEN

El recorrido desde el cementerio hasta nuestra casa, mi casa, se hizo eterno. Y lo agradecí. No quería llegar.
Me limpiaba las lágrimas tan pronto como aparecían. Tenía la vista perdida y no me di cuenta que ya habíamos llegado hasta que sentí cómo Peter detuvo el motor del auto. Él se mantuvo en silencio, mirándome. Yo no soportaba la forma en la que todo el mundo me miraba.
Y detesté cada palabra que venía acompañada de abrazos que nunca antes había recibido. Yo no quería estar con ellos, yo solo quería estar con John.
Vi a tanta gente que me sonrió pero no podía recordar a ninguno. Compañeros de trabajo, amigos de infancia, familiares que estoy segura mi esposo nunca conoció y otras tantas instituciones de gobierno asociadas a su trabajo.
«Lo siento tanto», «Era tan joven», «Para lo que necesites...»
Eran las tres frases que se repetían una y otra vez. Ahora entiendo que en esos momentos es mejor no decir nada.
El único abrazo sincero que recibí fue el de Peter. Y es que era el único que sabía lo realmente importante que John era para mí. El único que conocía el sonido de su risa, esa que extrañaré tanto. El único que podía comprender cuánto había perdido.
―Hemos llegado. ―Peter tomó mis manos, las cuales removía inquietas aferradas a un pañuelo desechable―. Vamos.
―No ―solicité negando con la cabeza.
Me tomé unos minutos. Y él esperó paciente.
―Vete a tu casa. ―Lo miré por primera vez―. Quiero hacerlo sola.
Noté la preocupación en los ojos de Peter, pero no iba a permitirme decaer. No delante de él. Quería estar sola, en realidad sí quería estar con alguien, pero él ya no estaba.
Suspiré y volví a insistir.
―Sola, Peter.
―No es necesario que lo hagas sola, Marlen. Por ti y por los niños...
―Quiero hacerlo sola, el que me acompañes no lo trae de vuelta. ―Soné dura, en realidad lo fui. Y los ojos de Peter me lo confirmaron cuando vi un atisbo de tristeza. No quería que me trataran como una persona que no podía ni sabía cómo dirigir su vida. Aunque la verdad ni yo tenía la menor idea de cómo iba a construir un nuevo mundo sin John. Y entonces, miré mi vientre.
―Lo sé, Marlen. Solo quiero acompañarte, no quiero que te.... ―Lo interrumpí en el acto.
―No haré nada que atente contra mí o los niños, si es lo que intentas decir ―susurré―. Solo quiero entrar a mi casa, a esa que está tan llena de John, como vacía de él.
Al parecer él había comprendido que necesitaba soledad.
―Está bien... ―Asintió pero estoy segura que le costó decirlo.
Bajé del auto y me quedé esperando a que se marchara, lo vi desaparecer. Cerré los ojos. No me quería dar vuelta, no quería caminar hacia los recuerdos. Pero lo hice, me giré conteniendo las lágrimas.
«Él no debió haber muerto», me repetía una y otra vez mientras recorría el camino que mi esposo no alcanzó a realizar. Y cuando llegué a la puerta, puse las llaves y... ¡Dios, era tan difícil! Giré dos veces mi muñeca y el clic de la cerradura y la posterior apertura de la puerta, fue el indicio de que se avecinaba otro golpe.

No había entrado a casa desde que había salido a comprar para la cena que tendríamos John y yo por su bienvenida. No quise volver, no tenía las fuerzas para enfrentarme a lo que allí encontraría. Dormí dos días en un hotel y me compré algunas ropas, todas negras. Porque no tenía, jamás usaba el negro desde que había conocido a John. «Es deprimente», él decía siempre. Inconscientemente al recordarlo sonreí sin ganas. Tenía razón, era deprimente pero no podría haber llevado puesto ningún otro color, cualquier color demostraría felicidad y yo precisamente la había perdido.
Cuando la puerta se abrió completamente, encontré lo que había dejado hace cinco días.
Globos, muchos y casi desinflados. Un cartel gigante con letras recortadas que decían:
«Bienvenido, mi amor».
Cerré los ojos fuertemente e imaginé su cara al verlo. Ya no volvería a ver su cara. Ni escucharía su voz, ni mis labios iban a volver a sentir los suyos.
Dejé en el piso el bolso que había usado para guardar todas mis cosas personales mientras estuve fuera y caminé temblorosa por el salón.
En cada paso me tropecé con todo lo que guardaba de él. Fotografías, discos preferidos; todo intacto y polvoriento. Todo estaba allí, todo seguía ahí, menos él.
No iba a ser fácil. Aunque lo buscara en cada rincón de la casa, no lo iba a encontrar. Aunque en mi mente reviviera cada recuerdo de lo que fuimos, cada uno de esos pequeños detalles que hoy extrañaba y me dolían, él no volvería.
Llegué hasta la escalera y me apoyé en el muro para sentarme. Acaricié mi barriga y miré todo a mi alrededor.
Allí estaba John. Podía verlo reparar la ampolleta que se quemó hace tres meses. Podía verlo cocinando mientras cantaba y sentir los aromas de lo que estaba preparando. Podía verlo en la sala mirando la televisión concentrado y esquivando mi figura que le reclamaba delante de la pantalla porque había dejado la tapa del inodoro abierta. Lo veía cenando con su copa de vino. Lo veía con el ceño fruncido mientras leía un libro sobre turismo. Lo veía planeando nuestras vacaciones. Lo veía. Lo veía en todos lados. Cerré los ojos, una y otra vez hasta que ya no aguanté más y me eché a llorar.
―Te voy a necesitar tanto, John. Me harás mucha falta. ¿Qué le voy a decir a los niños?
Cuando estuve más calmada, detuve mi mirada en la alianza de matrimonio que llevaba en mi mano. Con un pulgar la acaricié y respiré hondo. La tristeza me oprimía el pecho y las lágrimas, silenciosas, amenazaban por aventarse mejillas abajo.
Deslicé la sortija lentamente y observé lo que llevaba inscrito:
«HQLMNS»
Esas siglas en ese momento tenían más sentido que nunca. «Hasta que la muerte nos separe». La muerte me había arrebatado a John. Y con la partida de él, también se fue parte de mí.
«Y te dejó parte de él», me recordé.
Volví a colocar la unión en su lugar. Seguía unida a él, para siempre y más allá de que él se hubiese convertido en recuerdos.
Ascendí por las escaleras. En el segundo piso había dos habitaciones y un baño. La primera era de invitados y la segunda era nuestra. Quedé en medio de ambas. Inhalé sutilmente hasta que mis piernas respondieron solas y entraron al lugar donde John y yo nos habíamos amado tantas noches.
Estaba igual cómo lo había dejado. Velas que nunca lograron ser encendidas. Una caja de chocolates, las preferidas de John, sobre la cama, y un suéter de él que usaba para dormir, esparcido sobre una silla muy cerca de la puerta.
Acaricié lentamente la prenda de ropa, la tome y me la llevé inconscientemente a la nariz. Su olor había desaparecido hace mucho antes, se mezclaba con mi perfume, pero yo quería encontrar restos de él.
Entonces recordé que en algún cajón había una botella, casi vacía, de su perfume. Doblé el suéter y lo volví a poner en sus sitio, antes de acercarme rápido a uno de los muebles de la habitación. Abrí y cerré compartimientos de forma desesperada.
―¿Dónde está? Sé que está… ―Revolví todo. Tiré ropas, cajitas de joyas y lo encontré.
Me senté en la cama, casi en cámara lenta mientras me aferraba a esa pequeña botella de calvin Klein. Cerré los ojos y me empapé de ese aroma que me aliviaba.
Estaba agotada, cansada y deseando despertar de esa pesadilla.
El mundo se había detenido, para mí por lo menos. Todo iba a ser muy diferente sin John.
Me recosté en la cama con la botella aún aferrada a mis manos y lo último que vi antes de dormirme, fue nuestra fotografía de bodas que me sonreía desde la mesita de luz.
Sentí el teléfono sonar de fondo. Estaba tan dormida que estiré mi mano hacia el costado en el cual dormía John y le pedí entre sueños:
―Contesta tú, mi amor…
Mi mano chocó con la caja de chocolates y supe, que John jamás volvería a dormir a mi lado.




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sábado, 9 de mayo de 2015

Capítulo 2: La vida con John

Capítulo 2
La vida con John


Tres años antes del accidente.

Esa mañana, John se desvió de su ruta habitual para llegar a la pequeña oficina de turismo en la cual trabajaba. No era un gran trabajo, pero le permitía viajar y a él le encantaba.
Estaban haciendo reparaciones en una de las calles de Montréal y tomó Boul St-Laurent, allí se encontraban varios locales en los que podría desayunar.
Y así lo hizo, entró a uno al azar y la vio. Hacía mucho frío y la rubia se cubría con un coqueto gorro de lana color blanco y un abrigo gris.
Iba apurada, se notó al momento de girar y chocar con John. Él sintió cómo un líquido caliente le recorría desde el pecho hasta su entrepierna. Ella se detuvo un instante allí y luego buscó desesperada un montón de servilletas que estaban a disposición en una de las mesas para clientes.
―¡Perdón! ―Y sin pensar mucho lo que hacía, Marlen comenzó a secarle la entrepierna. Cuando sintió que todos la miraban, se detuvo. Retrocedió dos pasos y volvió a repetir―: Perdón.
A John le pareció graciosa. No se molestó, pero cuando bajó la vista y vio el desastre en el cual se había convertido su vestimenta, se lamentó.
―Creo que ya no llego a tiempo a la oficina.
―¿Quieres que te lleve? En serio, puedo hacerlo. Ando en auto y… ―A Marlen se le atropellaban las palabras.
―Tranquila, no pasa nada. Tú también debes estar atrasada, por eso… ―John los señaló a ambos, aludiendo al incidente.
―¡Oh! Sí, es cierto. Es que dejé mal estacionado mi auto. ―Sonrió, mirando hacia fuera y cruzando los dedos para que no viniera ningún oficial de policía.
John continuó secándose y ella se removía inquieta.
―Entonces… ¿Quieres que te lleve? ―insistió.
John la miró unos segundos. Era linda, divertida y quizá podría conseguir una cita.
―Te lo agradecería. Soy John. ―Estiró su mano y Marlen con timidez se la estrechó. Ella era delicada y él era fuerte.
―Y yo soy Marlen. Vamos… ¿te acerco a tu casa para cambiarte?
―No, tengo en la oficina algo para estos casos.
―¿Te pasa seguido? ―preguntó aliviada.
―Primera vez que alguien me derrama el café encima. Las otras veces, soy yo quien lo hace. ―Y John volvió a sonreír.
Marlen lo encontraba atractivo, no podía negarlo. Ojos oscuros, un poco más alto que ella y probablemente algunos años mayor también.

Lo que inició como algo del momento; una cita cualquiera luego de un incidente, terminó siendo un noviazgo de dos años. Años en los que se amaron con la intensidad que solo se alcanza cuando se entrega el alma. Con ese amor que no se gasta y con las ilusiones de un «para siempre».
El más difícil obstáculo que superaban, eran los viajes permanentes al extranjero que realizaba John por su trabajo. Y no porque desconfiaran del otro, sino porque se extrañaban a rabiar y un poco de miedo también se hacía presente.
Marlen no tenía familia: sus padres habían muerto y era hija única. Además, tampoco tenía buenas amigas. Contaba solo con John y la aterraba perderlo. Le temía a los aviones y más si John viajaba en uno de ellos.
Peter, amigo del alma de John, muy pronto la acogió como una amiga más. Y era costumbre que cenaran los tres cada sábado.
Cuando John no estaba, Peter la acompañaba para que no se sintiera tan sola. Sabía del miedo que le causaba que su novio estuviera tan lejos de ella por tantos días.
En el momento en el que decidieron dar un paso más y casarse, Peter también estuvo presente. Eran una familia, así se denominaban. Pues John tampoco tenía familia y Peter había sido su gran compañero de vida antes de Marlen.
―Ya es hora de que tú también te cases ―recomendó John luego de hacer el brindis.
―Olvídenlo. Yo no sirvo para estar casado. ―Bromeaba con un copa en la mano y mirando de reojo a la pareja.
Realmente estaba feliz por ellos. Se les veía tan enamorados.
Desde que habían comenzado a salir, John parecía más alegre y estaba seguro que Marlen se sentía igual. Solo había que mirar el brillo de sus ojos para comprender que se pertenecían.
Se alejó un poco para conversar con una chica bastante atractiva y desde lejos observó cómo John besaba la frente de Marlen, quien cerraba los ojos, entregada a aquel gesto tierno y protector.
―Ella te gusta ―aseguró la mujer que notaba cómo devoraba con la mirada a la novia.
―La quiero mucho y soy muy feliz que ambos hoy se sigan demostrando cuánto se quieren. ―Y era sincero. La mirada que les dedicaba era de anhelo, pues deseaba algún día poder amar a una mujer tanto como John amaba a Marlen.

Los meses posteriores a la boda, fueron un caos. El trabajo de John se hacía cada vez más demandante, lo que constantemente lo tenía lejos de casa.
―John, ¿no has pensado en cambiar de trabajo? ―sugirió Peter, cuando éste le contó su nuevo itinerario de viajes.
―Sí, pero está difícil. Marlen cuando se entere se querrá morir.
―Te entenderá… Pero se pondrá triste.
Tal como presagió Peter, Marlen lo entendió, pero su mirada perdió cierto brillo. Sería mucho tiempo sin verlo y eso le dolía en lo más profundo.
Sin embargo, la vida los bendijo. Semanas antes de que John iniciara un viaje a Londres, el doctor les anunció que serían padres.
―Es maravilloso… ―John susurraba ante el examen que comprobaba que sería padre. Al no escuchar la reacción de Marlen, preguntó―: ¿Mi amor?
―Un hijo…
Comenzó a asumir la noticia y poco a poco comprendió que llegaba una personita a acompañarla. Sería difícil el embarazo lejos de John, pero sin duda tener un pedacito de él desarrollándose en su interior, la hacía sentir mucho mejor.
Se miraron, sonrieron y se besaron felices. John le acariciaba las manos y se tentaba en acariciar el vientre de su amada esposa.
―¡Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero! ―le gritaba contento. La tomaba entre sus brazos, la hacía girar en el aire y la besaba emocionado.
Marlen no pudo retener la emoción y dejó caer un par de lágrimas.
―¿Cómo lo llamaremos o la llamaremos? ―preguntó ella entusiasmada.
―¿Marlen? ¿John? ¿Peter? ―sugirió entre risas―. No lo sé, esperemos a saber el sexo.

―¡Vamos a hacer padres, Peter! ―Marlen se abalanzó a su amigo que los esperaba con la cena lista.
La noticia envolvió de magia la casa de los Hamilton. Tanto John como Peter se desvivían por complacer a Marlen y todo comenzó a girar en torno al embarazo.
―¿Qué harás con tu trabajo, John? ―preguntó Peter una vez que Marlen se había dormido.
―No lo sé. La llevaré conmigo el próximo viaje. No quiero dejarla sola recién embarazada.
―Me parece bien… ella te necesitará más que nunca.
John se quedó pensativo. Y eso a Peter no le gustaba.
―¿Qué te preocupa?
―No puedo renunciar a mi trabajo. Ahora lo necesito más que nunca. Pero también sé que me expongo a riesgos y si antes temía por quién cuidaría de Marlen si me llegaba a ocurrir algo, ahora con un bebé en camino, necesito tener la seguridad de que no estarán solos.
―Ten esa seguridad, John. Yo no la voy a dejar sola. También es mi amiga.
―Prométeme que no la abandonarás. Si me ocurre algo, debes estar para ella y mi hijo ―solicitó serio.
―No es necesario que me hagas prometer algo que con mucho gusto haré, y ¡deja de hablar esas cosas! No va a sucederte nada malo.

Unas semanas después, Peter despedía a la pareja que se iba a Londres.
John extremaba en cuidados y atenciones para su esposa, pero Marlen se dejaba mimar.
Caminaban por las tardes tomados de la mano y durante el día, John trabaja y ella lo acompañaba en silencio como si fuese su asistente. Tenían a cargo a varios grupos de turistas a los cuales guiaban por diferentes lugares.
Al regreso de aquel viaje, en un control rutinario del embarazo, el doctor descubrió que en el vientre de Marlen, había dos corazones latiendo. La felicidad casi los hacía estallar. Les vibraba la piel y el pecho ya no resistía tantas palpitaciones.
―Son dos. John, seremos padres de gemelos. ―Marlen tenía un poco de miedo, pero disfrutaba de estar rodeada de tanto amor por su esposo y su amigo.
―Vamos a tener que cambiarnos de casa. La nuestra es muy pequeña.
Y ese mismo día comenzaron a buscar un lugar acogedor y tranquilo para cuando los gemelos llegaran.
Tenía tan solo cuatro meses y ya la panza se destacaba.
―Estás preciosa.
John se deleitaba mirando cómo crecían sus bebés. Y lamentaba realizar viajes a tanta distancia y por demasiados días. La llamaba a diario y en su maleta siempre guardaba una copia de la ecografía y una fotografía de Marlen. Ambas, las veía hasta que se dormía en el hotel de turno.

Cuando se enteraron que serían niños, John lloró. Se imaginaba con ellos corriendo tras un balón, o realizando carreras de autos frente a un video juego. Entendía que había nacido para cuidar de ellos y no quería separarse más.
Odiaba esa parte de su vida y por lo mismo habló con sus jefes para solicitar un ascenso que le permitiera establecerse en alguna oficina de la empresa sin necesidad de viajar. Lo evaluarían y se lo informarían dentro de dos meses, pero antes, debía hacer un viaje a Boston.
Realizó el viaje, el ascenso llegó, pero no sobrevivió para dedicarse tanto como quería al embarazo y a su amada Marlen. Solo le quedaba esperar a que otro cumpliera con su rol. Y esperaba que Marlen no se cerrara a esa posibilidad. Irse de su lado era duro, pero más duro era saber cuánta tristeza causaría su partida.
En aquella camilla había emprendido un viaje, el último y sin regreso.



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sábado, 2 de mayo de 2015

Capítulo 1: Adiós, John






Capítulo 1

Adiós, John



Marlen, había sufrido dos pérdidas en su vida. Su padre y su madre.
Lo había superado, sin embargo... nada la había preparado para perder a su esposo.

Allí estaba él, sufriendo sobre una camilla de hospital. Rodeado de máquinas y con el insoportable sonido de ellas.
Decidió entrar a la habitación, como ya venía haciendo desde hace dos días. Y cada vez que entraba, la sensación era la misma.
No podía aguantar las ganas de llorar. No lograba caminar sin tambalearse y lamentarse por todo lo que había ocurrido.
Cada vez que caminaba hacia esa camilla en donde estaba el cuerpo casi inerte de John, sus lágrimas recorrían sus mejillas a la par que las imágenes volvían a su cabeza. 

Boston, 72 horas antes.

John había tomado un vuelo directo hasta Canadá. Allí lo esperaban su esposa y los niños. Estaba contento, por fin le podría contar que lo habían ascendido y así, celebrar juntos como acostumbraban a hacer.
En cuanto bajó del avión, retiró las maletas y caminó hasta la zona de taxis privados.
Estaba tan entusiasmado, no veía a su familia desde hace dos meses y ya moría por saber cuánto habían crecido sus gemelos.
El taxi siguió la ruta normal. La misma que hacía cada vez que viajaba... Sin embargo, esa vez algo fue distinto. Algo hizo que se desviaran del camino. Algo se atravesó a tan solo una calle de llegar a destino.

Marlen volvía del supermercado. Estaba dispuesta a preparar la mejor cena de bienvenida para su esposo. Le hubiera encantado ser ella quien lo recogiera, pero por su estado, se le hacía imposible manejar.
Peter, se ofreció a llevarla hasta el mismísimo supermercado, pero ella decidió caminar las pocas cuadras que la separaban de él.
Venía de vuelta, cargando las bolsas, cuando escuchó un estruendo que la asustó. Dejó caer lo que cargaba y con el corazón palpitando en la garganta, se acercó hasta los autos que habían colisionado.
Comenzó a respirar con dificultad cuando sus ojos se detuvieron en el cuerpo atrapado de su esposo.
Allí estaba él y ella no podía ayudarlo. De la incertidumbre pasó a la desesperación y comenzó a gritar.
En minutos, que parecieron eternos, bomberos y personal de salud, comenzaron a realizar su labor.
Marlen solo pudo marcar con su celular el teléfono de Peter, amigo de John.
―Peter... por... por favor ven.
Dejó caer también su celular, intentaba acercarse hasta el lugar donde su esposo estaba inconsciente, pero no la dejaron pasar.
―Es mi esposo, por favor... por favor... ―rogaba, pero sus súplicas se desvanecían con las voces de otras personas que daban indicaciones para salvar la vida del atrapado.
Miró hacia un lado; el taxista había salido expulsado y yacía en el piso. Luego quiso ver qué suerte había corrido el ocupante del otro coche: los del servicio médico legal, ya habían cubierto el cuerpo.

Peter, no sabía si ir al supermercado o a la casa de los Hamilton. Su mejor amigo ya debía de haber llegado, probablemente allí estaba.
¿Qué pudo haber ocurrido para que la voz de Marlen sonara tan desesperada?
En pocos minutos estaba entrando a la Avenida que lo dirigía a su destino.
Un par de carros de bomberos llamaron su atención, unas ambulancias pedía acceso por el costado derecho y a medida que avanzaba, más crecía su incertidumbre.
Estacionó en cuanto vio a Marlen arrodillada en el piso, bajó del auto y corrió hasta ella.
―Marlen... ¿Qué ocurrió? ―preguntó acuclillándose a su lado.
Ella no respondió, estaba en shock y asustada.
Peter siguió la mirada de su amiga y entonces se dio cuenta de lo que ocurría. John, su gran amigo, corría serio peligro.
Los sucesos fueron pasando de forma automática por delante de sus ojos.
Dos horas demoraron en sacarlo, entablillarlo y subirlo a una ambulancia.
Marlen ni siquiera podía entender todo lo que estaba ocurriendo. Lloraba y lloraba sin parar. Pocas veces había sentido el dolor recorriéndole las venas. Tenía tanto miedo de perderlo.
Era su amor, su vida, su todo.
Peter, la acompañó hasta el hospital. La aferró a él y no la soltó.
―Tranquila, todo estará bien ―le repetía una y otra vez, pero ella no se lo creía.
Las siguientes horas, fueron aún peores.
Los doctores ya habían acertado en el diagnóstico de tetraplejia, lo que la hacía sentir culpable. "Ya no podrá jugar al fútbol con los niños", "ya no podrá moverse nunca más". 
Estaba consciente que solo podrían seguir comunicándose mediante la mirada, ya que también había perdido el habla.
Deseó poder cerrar los ojos y desaparecer. No se sentía capaz de soportar tanto. Quería estar ahí para él, quería volver a sentir sus abrazos, poder siquiera escuchar su voz... no podría seguir viéndolo así.
Él, que siempre había sido tan activo, ahora no podría moverse de su cama. John no se merecía seguir viviendo así. 
Luego de un par de horas, la dejaron pasar. Él estaba dormido.
Suspiró una y mil veces antes de tomar su mano.
―John, cariño... ―susurró―. Todo estará bien, todo estará bien.
Acercó una de sus manos a su cabello. Lo acarició y luego delineó sus cejas.
―Llegaste más guapo de Boston. Encontraron en tu maleta un certificado de ascenso. ¡Te felicito, mi amor! ―¡Qué estúpida se sentía! Como si John pudiese volver a trabajar.
Intentó enlazar sus dedos en una de las manos de su esposo, en aquella que él llevaba la alianza de matrimonio. Estaba tan fría e inerte.
Cerró los ojos, y allí parada a su lado, dejó caer más lágrimas. De pronto vio su prominente panza y sin pensarlo, dirigió la mano de John con la suya hasta donde sus pequeños se refugiaban.
―Vas a ver lo hermosos que serán. Serán igual a ti ―hablaba. Necesitaba hablar porque el sonido de las máquinas la aterraba.

Luego de recordar todo lo ocurrido, tocó las rodillas de su esposo, esas que ya no volverían a moverse.
Caminó lento, recorrió con sus ojos todo su cuerpo hasta llegar a la boca de John. Apoyó los labios sobre ella y él hizo un movimiento casi imperceptible con su labio inferior.
En segundos, Marlen buscó sus ojos y allí estaba. Llorando al igual que ella.
―Tranquilo, mi amor. Tranquilo... ―Sonrió―. Vas a estar bien.
Él movió desesperadamente sus ojos, intentando comprender en dónde estaba. Su esposa intentó explicar...
―Tuviste un accidente. Descansa, mi amor.. no te preocupes.
¿Cómo podía entregarle tranquilidad si ella estaba aterrada?
Él cerró los ojos y ella le limpió sus lágrimas.
―Mi vida... descansa, por favor. No llores. ―Pero su voz se ahogaba en el dolor y ella también lloraba. Comenzó a besar una de sus mejillas y luego lo besó de forma tierna, sabiendo que él ya no podría responder ninguno de sus besos.
De pronto, y sin explicación alguna, el control de signos vitales, le avisaba que el corazón de su esposo, había dejado de latir.
John se había ido en el momento exacto en que sus labios se rozaron y ella ni siquiera pudo retenerlo. Simplemente se fue.
―¡No! No mi amor, no... Por favor... no te vayas.
Los gritos, alteraron a Peter que permanecía afuera.
Y cuando entró, encontró a Marlen aferrada al cuerpo sin vida de John.
Su primera reacción fue golpear un muro; una, dos, tres veces.
En dos días había perdido a su mejor amigo. En dos días había visto cómo el alma de Marlen se despedazaba y él no podía hacer nada.
Las enfermeras entraron y él reaccionó. Se acercó para alejar a su amiga, pero fue imposible.
―¡Suéltame! ¡Déjenme con él! ―imploraba acongojada y de rodillas a las afueras de la habitación, en donde las maniobras por revivir a su esposo, no funcionaban.


John había muerto a sus 29 años, dejando a una esposa embarazada de gemelos. La vida feliz que habían tenido hasta ese fatídico día, se desmoronó por completo y Marlen, debería aprender a levantarse.



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